martes, 11 de diciembre de 2012

re-la-re, re-sol#-re, re-sol-re


Letra de una sencilla canción que escribí en el pasado y que ahora veo como algo anecdótico, algo para el recuerdo. Es lo mejor para todos si quiero avanzar y quiero que mi entorno también prospere.
No me arrepiento de nada, pues todo esto me ha ayudado a comprenderme mejor, a ser más honesta y a valorar las prioridades de mi vida en estos momentos. Y puede que a partir de ahora me centre en otros aspectos que no sean la continua novela rosa en la que se ha convertido mi presente. Prioridades: cultivarme un poco más, tener mayor pensamiento crítico, responsabilizarme algo más de mi futuro.

En la madriguera

Cascarón de lágrimas,
 suspiro de carbón,

a aquel conejo blanco
 le dolía su tiempo.


Él se apresuraba
a una cita con el amor.

Y ella por un capricho
le siguió.


Y en la madriguera se hundió.


Y aunque le dolerá,
el cielo tendrá que esperar.

No regresará,
cuestión del azar (sin turno y sin un as).


Cada paso que ella da
el eco lo consumirá.

No hay nada que reprochar,
 no hay nada que demandar.


Mientras el jamás miraba atrás,
 ella observaba su caminar.

Tesoro, ella quiere entender tu corazón.

Mera excentricidad
el circo que ella hizo desplegar.

Tesoro, el masoquismo estalla en su expresión.

Y en la madriguera se perdió.


Y aunque le dolerá,
el cielo tendrá que esperar.

No regresará,
cuestión del azar (sin turno y sin un as)


Forastera sin razón, 

punto muerto de valor,
golondrinas sin rumbo.

Mirada extraña de desdén,
conformidad en un vaivén,
cuando esas manos se enlazaron
para no volverse a ver. 


Tramando ese inocente plan,
de usarse, pero hacerlo mal;
con la torpeza de un violín
que fue convertido en serrín. 


Y el amargor de aquel licor
en conjunto a esa infusión,
que recicló diez frustraciones
cuando entró en ebullición.


Y aquel cerebro en formol
que ella misma generó,
donde un solo pensamiento
 libra cualquier otra acción.


martes, 4 de diciembre de 2012

El amor más allá del Alzheimer

Este corto me conmovió. Ver que hay personas capaces de amar a pesar de las enfermedades, a pesar de que la persona poco a poco va deteriorándose...
Según Erich Fromm, el amor incondicional es una de las cosas que más anhela el ser humano. También hablaba de que el amor más incondicional que existe es el de una madre por su hijo, pero he visto muchos casos en los que ni esto se da.
 Posiblemente el amor que siente este hombre por su mujer se nutra de recuerdos. Pero también de la necesidad de esta mujer y, cómo no, de esos pequeños gestos mínimos de gratitud.
Pe&Fu Memorias de un corazón from Once Upon a Time on Vimeo.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada.
 Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.


Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


Este relato me hizo pensar: Limpiando toda ironía,  la intencionalidad del autor (como ya se ha visto) es dar a entender que es preferible una chica que exija una vida con intensidad y significado, que sepa descifrar lo que esconden las palabras, las miradas, las acciones; aunque ello implique que sea más difícil mantener una relación e incluso conseguirla por parte del chico. Pues de la otra manera, existiría un desinterés y aplanamiento existencial no solo por parte de la chica que no lee, sino por parte del chico mismo, que con cierta arrogancia, mueve los hilos de los acontecimientos de una historia que ya escribió antes de dar el primer beso.

Pero, centrándonos en el papel que interpreta en el relato, la persona considera que lo máximo que puede aspirar es a tener una chica conformista y ciega a las señales, pues es cómodo, seguro y alcanzable.

Él pone dos opciones: la chica que lee y la chica que no lee, con su perspectiva particular de cómo es cada una. Pero yo doy otra opción: la chica que actúa como la chica que no lee pero que se da cuenta de lo que está pasando, no tanto como la chica que lee como con el autor del relato. Eso sí que debe ser duro: esa chica que con su falda perfectamente planchada, su perfume cuidadosamente bien situado y su sonrisa complaciente, espera a que un chico la manipule y le venda sucedáneos de cariño, mientras ella ve como arquea las cejas, posiblemente pensando en lo fácil que ha sido todo, el gran poder que tiene en sus manos. Esa chica que se da cuenta de cómo los dedos de él pasan por su espalda valorando una mercancía de reserva, sintiéndose ella una lata de conservas: alimento para el cuerpo desprovisto de  creatividad y entusiasmo; un recurso por precariedad.

Es duro ver a una chica que por inconsciencia, se ha conformado con lo que le han dado, siendo su vida un conjunto de sucesos esperables carentes de sentimiento auténtico, pero más duro es ver a una chica que sabe que vive un bosque de árboles de cartón, asimilando que no podrá respirar aire puro. Porque al menos el autor puede hacer y deshacer: él tiene las riendas y el conocimiento de lo acontecido. Pero en este caso, ella ni eso: bajando la cabeza, debe fingir que no se está enterando de nada o, simplemente, lo acepta. Está a la espera, con los puños apretados y la mirada paciente.
La inconsciencia es dura a ojos externos y a padecimiento interno indescifrable a la corta y a la larga. La consciencia no revelada o resignada es dura y además, embota, apelmaza y con el tiempo, produce un ataque de tos que vete a saber cómo acabará.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Asentir.


La ausencia de esos ojos...que nunca se perdieron, pues jamás estuvieron presentes.
La mente tartamudea, los segundos caricaturizan un triste vals.
Y mientras el cielo se apaga, sobre la sal se tapan heridas, que todos saben que resurgirán a la luz del amanecer.
Y tirar sangre al río resulta la opción más sensata. Pero también puede vagar lejos de miradas y sí de entrañas, mientras se coge la dosis exacta de belladona; medicina y veneno cantando una dulce nana con la luz apagada.
Dejar de ser columna sin rostro, pilar sin suelo. Dejar de ser parte de, para empezar a ser templo. Ser águila y volar lejos. Dónde por fin empiece a sonar un bolero y que una sombra y mi índice dibujen en la arena "nuestro".

martes, 30 de octubre de 2012

Hopefuland

Bienvenidos a Hopefuland, una urbanización donde hay hermosas casas blancas de teja, cada una con un acogedor jardincito abierto. Todos los vecinos se conocen entre ellos. y con un gesto de sus cabezas, expresan saludos y deseos. No hay barbacoas comunitarias en este lugar, pero sí hay carne en el asador. Aunque pocos son capaces de dar la vuelta a su parte, hasta que el olor a quemado acabará en el futuro siendo cenizas.
Vidas entrecruzadas, como las líneas de una pista de hielo. En el que, sin saberlo, cada uno sabe bien como se siente el otro. Rayones superpuestos en un folio en el que, borrar un trazo inconexo implicaría deshacerse de siete inocentes.
Cuando llega el anochecer, todos pasean a sus mascotas, mermada excusa que se destapa por esos pedacitos de papel que aparecen en una mano estrechada. Mensajes que nacieron arrugados, crecieron mojados y morirán del mismo modo que vinieron.
Y mientras los cables de teléfono chisporrotean entre vivienda y vivienda, los niños ríen por esos silencios incómodos en las calles a las 12 del mediodía, inconscientes de que lo que se entre lee en esas puertas cerradas no es resentimiento: es amor impotente.

lunes, 8 de octubre de 2012

Conduzco, conducida y simplemente conducir.

Aprender es maravillarse, que lo planificado se rompa; que tus esquemas se desbaraten como un ovillo de lana tras el fisgoneo de un gato; teniendo que reconstruirlos de forma diferente a la inicial, donde la creatividad y el juego también lo enriquezcan. Muchas veces son las emociones las que hacen que tu inquietud se mueva. Pero sobre todo, la apertura al medio es importante. Olvidarse, aunque sea por unos instantes, de tu identidad, de esa palabra que te define y todo lo que hay detrás; de tus ideas conscientemente preconcebidas. Lo que nos hace cambiar son esas sorpresas que vienen muchas veces de fuera, que remueven nuestro fuego interno y que nos van mutando, casi sin darnos cuenta a veces. Cuando estamos tan agarrados a nosotros mismos, intentando siempre aportar sin escuchar las novedades de nuestro exterior, no hay cambios.

Sé de personas que, cuando escuchan palabras diferentes a las que tienen ellos mismos, levantan una ceja y cierran su mente; calificándolo todo como "raro", "envidiable", "diferente", tapiando sus pupilas. He visto personas que hablan de la inexistencia de un animal, mientras 10 de ellos se contonean a su alrededor.

Estoy atascada en una época determinada. Llegó un momento en el que dejé de aprender grandes cosas, quedándome con parcialidades que raspan un poco la madera vieja, dejando un suave serrín y una forma en el tronco totalmente indeterminada, pero no muy perceptible. En el que asistía a las clases para hacer acto de presencia, pero que los conocimientos pasaban por mi cerebro como el soplo de un niño a una duna. En el que las reflexiones mías iban en círculo, repitiéndose continuamente de forma obsesiva y sin resolución.

Algunos dicen que es debido a la edad, a que a partir de unos años, no hacemos grandes cambios, sino simplemente son aplicaciones extra que hacemos a una infraestructura ya forjada. Pero yo creo que hay alguna razón más aparte de todo eso. Había algo que me impedía avanzar.
Buscaba además personas que me dieran la razón. Que asintieran con los párpados, mientras su cuello se acercaba ligeramente para estar más cerca del sonido de mis palabras. Orgullo vacío por mi parte. Un juego  en el que a la larga no había vencedores, solo vencidos.

Sin embargo, de la noche a la mañana, me veo sin la posibilidad de aportar cosas nuevas. Y es como si sintiera que esos pensamientos que en su momento sabían a paraíso, ahora son pura fruta podrida. Que reproduzco algo que me teletransportó al éxtasis del entendimiento en el pasado, pero que ahora solo son sorbos de una bebida que me provocará indigestión en cuanto termine la cena.


Han pasado por mi vida últimamente una multitud de personas con unas vidas y unas experiencias muy diferentes a las mías. Una forma de ver la vida que jamás se me había pasado por la cabeza. Y, en vez de alejarme con la excusa de "están a otro nivel" o martirizarme con comparaciones constantes, como si la situación de cada individuo fuera inamovible; lo único que deseo ahora es sentir y adentrarme en su forma particular de ver las cosas, pues algunas de esas ideas me atraen de sobremanera y mi ignorancia solo es el punto de partida para un camino arqueológico apasionante.

Sin embargo, me veo en la imposibilidad de devolverles el favor. De repente, nada de lo que hago parece verdaderamente importante, al menos para mí. Lo de los demás me parece puro relieve y lo mío, tabla rasa. Soy una maniática de la equidad, los que me conocen, lo saben.

¿Y si por un momento paso de la equidad, del tú y el yo y, como principio del descubrimiento básico, disfruto fascinándome por un mundo más grande y más complejo del imaginado, dejando que mi actitud vuele y me sorprenda tanto como esos acontecimientos, pensamientos o conductas con los que me cruzo?

Puede que dicha propia actitud constituya un aprendizaje que se nutre de sí mismo. Dejar de controlar y milimetrizar el tributo verbal personal. Imagino que es como el humor: la mejor manera de expresar un comentario ingenioso es sentir y apetecer decirlo porque en ese mismo presente verdaderamente lo es para ti.

Otra cosa que me asusta es de acabar siendo un calco de otra persona, por rechazar todo lo que soy. Pero...el interior siempre se impone, en cuanto la pregunta "¿Qué siento?" y después "¿Qué pienso?" (siempre por ese orden) salen del cajón. Una persona me dijo que esa era una brújula muy buena para ir avanzando en muchos aspectos. No agarrarse a esos términos, pero comparar y recurrir a ellos de vez en cuando. Así transformas y te transformas. ¿Sentido común, dices?

martes, 2 de octubre de 2012

Arrepentirse no es suficiente

Haciendo daño a las personas que más ha querido en su vida, pues el dolor de desencantarlas era mayor que el valor de decir una verdad incómoda. Y por miedo a una palabra equivocada, provocó mil lágrimas derramadas.

Hablo de esa chica que sueña con un príncipe azul. Me refiero a esa chica que ata bien fuerte su corsé...y por la noche necesita quitárselo y gritar en la torre más alta del castillo que sus entrañas están siendo abrasadas.

Se puso una venda en sus ojos el mismo día que puso una de seda al resto de personas que quería por encima de sí misma. Y acabó provocando odio a terceros, que sin entenderlo o quizás entendiéndolo demasiado, señalaron su espalda pero acartonaron su sonrisa; quizás imitando el gesto que ella misma ejercitó en algún momento.

Encerrándose en su habitación, se abalanzó a un peluche de su cama, ese de ojos inertes; que sin tener una gota de sangre en sus venas, proporciona una suavidad compensatoria, de esas que hacen llorar lágrimas sin sabor, sin olor.

Un día, se quitó sus zapatos de tacón y descalza buscó varias águilas. Su intención: mandar mensajes a todos aquellos a los que había atravesado el pecho, para otorgarles una medicina que ella misma se esforzó en crear. Pero un agujero hecho siempre tiene cicatriz, pérdida de sangre y en muchas ocasiones, una muerte sin retorno. Pudo ver a través de muros de cristal insoldable a personas que construían su paraíso. Y sonrío aliviada. Vio personas con mirada serena pero con una palma que advertía distancia. Y ella asintió.

Entonces...empezó a nevar. Y ya no sabía hacia dónde mirar. Estaba rodeada de muros de cristal. Y allá hacia dónde caminara, siempre se golpeaba con alguno. Sólo había un camino sin impedimento: uno que le llevaba a un lugar en dónde no se veía nada, más que niebla. Pero tendría que caminar hacia allí. Confiando en algo más que en sus sentidos: En el juicio y asertividad de sí misma. Y rezar para no volver a equivocarse. No en ese sentido.

Sus pisadas quedaron marcadas por mil lunas, aunque tempestades nórdicas se abalanzaron sobre ellas. Si sigues su rastro oirás tarde o temprano un cántico: una canción que habla de tiempos mejores, de margaritas que crecen en el hielo y de nubes que se pierden en la inmensidad del arco iris. Es la manera que tiene de seguir adelante. Su combustible para seguir caminando. Hacia esa niebla que no termina...pero que se va disipando tan pronto la zona turbulenta se cruza con las puntas de sus pies.