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sábado, 5 de enero de 2013

Marco translúcido


-¿Por qué me has traído a esta exposición?
-¿No te ha gustado?
-La temática me ha parecido fea.
-La realidad no siempre es bonita.
-Pero estamos hablando de cuadros, no de realidad.
-Un cuadro puede ser una expresión de una realidad.
-Yo voy a ver cosas bonitas. Para cosas feas, las de mi vida cercana. ¿De qué me sirve conocer esa realidad?
-¿Y de qué sirve no conocerla?
-Uno es más feliz.
-A lo mejor....se puede luchar para cambiar las cosas. A partir de la conciencia, se puede poner en marcha un plan de cambio.
-¿Qué plan de cambio ni que nada? La misma cantinela la dicen todos. Y al final se topan con la realidad: no pueden hacer nada. El poder lo tienen unos pocos y poco podemos hacer contra eso.
-Con esa actitud, está claro que nada se puede hacer. Y muchos la tienen. Pero si tuvieras esperanza y herramientas de cambio, se podrían hacer cosas. Desde elegir en cierta medida quién gobierna hasta plantearnos el sistema de gobierno.
-Pero a ver ¿A mí que me importa la temática del cuadro? Es un problema de otras personas que no me tocan.
-Te tocarán. Vivimos en el mismo planeta. Aunque sea indirectamente.
-Pues, si no fuese por esos cuadros...no caigo en esa realidad. Y me despreocupo.
-Ains...
-¿Sabes lo que creo? Que el autor pone esos cuadros para dárselas de caritativo y que la gente diga “¡oh, qué considerado es con los problemas que hay en el mundo!”. Pero seguro que esas cosas le importan una mierda. Lo hace para ganarse a la gente.
-Bueno, se han dado casos en los que eso es cierto. Recuerdo el caso de un reportero que grabó a una persona en agonía con la excusa de llevar al público una realidad vigente, grabándola hasta morir. Pero se le dio la vuelta a la tortilla: si tan concienciado estaba con el sufrimiento ¿No debería haber ayudado a esa persona en lugar de grabarla a sangre fría?
-Lo que yo te digo. Se las dan de guays.
-No siempre es así. Es cierto que a veces hay un carácter demagógico o con pretensiones. Sin embargo, puedes sonsacar las intenciones y quedarte con lo que te interesa. De algo sirve la información selectiva.
-De la misma manera que puedes descartar lo que no te interesa.
-Sí, eso es.
-Pues eso.
-...

martes, 30 de octubre de 2012

Hopefuland

Bienvenidos a Hopefuland, una urbanización donde hay hermosas casas blancas de teja, cada una con un acogedor jardincito abierto. Todos los vecinos se conocen entre ellos. y con un gesto de sus cabezas, expresan saludos y deseos. No hay barbacoas comunitarias en este lugar, pero sí hay carne en el asador. Aunque pocos son capaces de dar la vuelta a su parte, hasta que el olor a quemado acabará en el futuro siendo cenizas.
Vidas entrecruzadas, como las líneas de una pista de hielo. En el que, sin saberlo, cada uno sabe bien como se siente el otro. Rayones superpuestos en un folio en el que, borrar un trazo inconexo implicaría deshacerse de siete inocentes.
Cuando llega el anochecer, todos pasean a sus mascotas, mermada excusa que se destapa por esos pedacitos de papel que aparecen en una mano estrechada. Mensajes que nacieron arrugados, crecieron mojados y morirán del mismo modo que vinieron.
Y mientras los cables de teléfono chisporrotean entre vivienda y vivienda, los niños ríen por esos silencios incómodos en las calles a las 12 del mediodía, inconscientes de que lo que se entre lee en esas puertas cerradas no es resentimiento: es amor impotente.

martes, 2 de octubre de 2012

Arrepentirse no es suficiente

Haciendo daño a las personas que más ha querido en su vida, pues el dolor de desencantarlas era mayor que el valor de decir una verdad incómoda. Y por miedo a una palabra equivocada, provocó mil lágrimas derramadas.

Hablo de esa chica que sueña con un príncipe azul. Me refiero a esa chica que ata bien fuerte su corsé...y por la noche necesita quitárselo y gritar en la torre más alta del castillo que sus entrañas están siendo abrasadas.

Se puso una venda en sus ojos el mismo día que puso una de seda al resto de personas que quería por encima de sí misma. Y acabó provocando odio a terceros, que sin entenderlo o quizás entendiéndolo demasiado, señalaron su espalda pero acartonaron su sonrisa; quizás imitando el gesto que ella misma ejercitó en algún momento.

Encerrándose en su habitación, se abalanzó a un peluche de su cama, ese de ojos inertes; que sin tener una gota de sangre en sus venas, proporciona una suavidad compensatoria, de esas que hacen llorar lágrimas sin sabor, sin olor.

Un día, se quitó sus zapatos de tacón y descalza buscó varias águilas. Su intención: mandar mensajes a todos aquellos a los que había atravesado el pecho, para otorgarles una medicina que ella misma se esforzó en crear. Pero un agujero hecho siempre tiene cicatriz, pérdida de sangre y en muchas ocasiones, una muerte sin retorno. Pudo ver a través de muros de cristal insoldable a personas que construían su paraíso. Y sonrío aliviada. Vio personas con mirada serena pero con una palma que advertía distancia. Y ella asintió.

Entonces...empezó a nevar. Y ya no sabía hacia dónde mirar. Estaba rodeada de muros de cristal. Y allá hacia dónde caminara, siempre se golpeaba con alguno. Sólo había un camino sin impedimento: uno que le llevaba a un lugar en dónde no se veía nada, más que niebla. Pero tendría que caminar hacia allí. Confiando en algo más que en sus sentidos: En el juicio y asertividad de sí misma. Y rezar para no volver a equivocarse. No en ese sentido.

Sus pisadas quedaron marcadas por mil lunas, aunque tempestades nórdicas se abalanzaron sobre ellas. Si sigues su rastro oirás tarde o temprano un cántico: una canción que habla de tiempos mejores, de margaritas que crecen en el hielo y de nubes que se pierden en la inmensidad del arco iris. Es la manera que tiene de seguir adelante. Su combustible para seguir caminando. Hacia esa niebla que no termina...pero que se va disipando tan pronto la zona turbulenta se cruza con las puntas de sus pies.

martes, 21 de agosto de 2012

Cloro, sol y presencia (Primera parte)


Tenía 23 años y se llamaba Noelia. Aprendió a escribir y a leer y después sus manos jamás volvieron a posarse en un lápiz. Pasaba todo el día en el Parque Acuático de su adinerado padre. Éste comprobó cuando su hija tenía 7 primaveras que tenía un don especial: allá dónde estuviera, contagiaba de alegría a los visitantes. Esas personas que pudieron mezclar el frescor del agua con las risas de la pequeña, siempre regresaban.

Su presencia generaba leyenda: pocas no habían sido las personas que se preocuparon por el bienestar de la pequeña y quisieron llevársela de allí. Pero el dinero calla al más charlatán y es capaz incluso de emborronar el código moral más resistente. Creo recordar que al final pusieron como excusa una extraña enfermedad de la que no he oído en ningún otro contexto.

Las cámaras la vigilaban en todo momento; más de una vez algunos habían intentado raptarla o simplemente curiosear sobre su vida. En una ocasión, ya adolescente, dicen que un periodista intentó seducirla para crear un buen reportaje. Todo quedó en papel mojado: fue arrestado y la condena fue dura.

Lo curioso del caso es que su padre la mantenía al margen de todo mal: Su hija debía permanecer en esa burbuja de entretenimiento sin conocer los peligros: ya se encargarían sus protectores a la sombra de frenar cualquier posible escándalo. Para protegerla aún más, lanzaban numerosos rumores sobre su apariencia de forma contradictoria: llegué a oír desde que tenía un cabello dorado hasta que su piel era negra como el carbón y tenía descendencia africana. Después de todo, su madre también era otra mujer sin rostro, que falleció tan pronto dio a luz.

Después de observar pacientemente descubrí de quién se trataba, quién estaba allí siempre; desde que abrían el parque hasta su cierre. Y fui hipnotizado por su embrujo. Es más: no sólo repetí una vez sino que lo que empezó con una visita mensual, se convirtió con el tiempo en una por semana. Podía estar solo una hora, pero si la veía, ya tenía bastante.

La tradición había durado años, desde que tenía unos 10. Crecimos juntos, pero separados por la distancia invisible de poder hablar, ya fuera por mi timidez o por su indiferencia. Cuando pude tener coche, ya no tuve que soportar los comentarios jocosos de mis padres, por mi insistencia por volver al parque acuático, aún cuando era invierno.

¿Qué cómo era ya? Pues, su pelo no era brillante como el de las musas de los cuadros renacentistas; tampoco sus ojos eran los típicos de un ángel. Su piel curtida al sol, su pelo estropeado por los hombros y sus ojos azabaches ligeramente enrojecidos le daban una apariencia de lo más humana. Pero su sonrisa...los que presumen de haber conocido personalmente la enigmática sonrisa de La Mona Lisa en el museo son unos pobres ignorantes al no haber conocido el desprendimiento emocional de la chiquilla, que pasado el tiempo, ya no fue tan chiquilla.

Lo que si notaba era algo llamativo pero comprensible a la vez: solía estar sola. No frecuentaba la compañía de otros de una forma muy prolongada. Era muy hiperactiva y saltaba de atracción a atracción, como si fuese la primera vez que pisara ese lugar; era una gacela sin aparente dueño, un colibrí persiguiendo una gota de rocío.

Siempre quise hablar con ella pero sabía que era imposible. El destino y por supuesto su voluntad hizo que fuera viable: ella lo decidió.

Transcurría el mes de agosto y la afluencia de visitantes se había incrementado incluso más que en julio. Como era mi costumbre, volvía al parque: me relajaba ver el optimismo de aquella zona recreativa y de paso, podía echar un vistazo, a ver si la veía. Me preocupaba de que lo mío se estuviese convirtiendo en una obsesión. Pero ya no lo hacía solo por ella: era el ambiente que se respiraba, el ver ese montón de desconocidos olvidarse por un momento de sus problemas para poder experimentar tanto un poco de adrenalina como de una dosis de relax. O eso era lo que me repetía, para acallar mi inseguridad a la hora de valorar mis actos.

Entonces ella se me acercó. Pensé que se trataba de un espejismo. Permanecía recostado en la tumbona que daba a una gran piscina. La silueta dibujada mientras el sol cuidaba su espalda hacía que me resultara muy difícil ver la expresión de su rostro.

Se agachó y se puso a mi altura, mientras yo me incorporaba con cierta perplejidad.

-Eres...¡Eres tú!
Qué parquedad de palabras me salen cuando el nerviosismo se apodera de mí.
Su cándida mirada hizo que mi tensión desapareciera de golpe.
Y fue entonces cuando pude visionar levemente el alcance de sus pensamientos...y jamás podré olvidarlo.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA.

sábado, 18 de agosto de 2012

El porqué

El grito desesperado de Janet sobresaltó a todo el local. La joven temblaba e histéricamente miraba hacia el suelo, agarrándose el pelo como si estuviera a punto de arrancárselo de un momento a otro. De pronto, salió corriendo a la calle, dónde no pudo aguantar más y vomitó de manera convulsiva en la acera.

Sus amigos hicieron un amago de ir apresuradamente hacia la puerta para  comprobar que le ocurría, pero Albert se adelantó:
-¿Estás bien?
Janet no contestó.
-¿Te encuentras bien?-insistió.
-No más preguntas.
-¿Disculpa?
-¡No más preguntas!
Janet se puso a llorar, no de forma escandalosa, sino con un ligero gemido, como cuando un gato ha sido abandonado de la camada y empieza a tener hambre.
-Juzgo. Lo juzgo todo. Las pocas cosas que deseo en seguida las pongo en duda. Ya no sé lo que me gusta y lo que no. No entiendo esos términos. No me preguntes si la última película que ví me gustó porque se me hace imposible. Estoy tan obsesionada intentando descomponer cada término para ver si lo entiendo y comprobando todo a ver si mi pensamiento es lo suficientemente lúcido como para poder analizarlo que algo como mis preferencias personales se quedan en un concepto vacío sin respuesta. Ya no siento. Sólo soy alguien en busca de formulaciones éticas.
-¿La ética tiene formulación?
-Tengo tanto miedo. Estoy cansada de intentar definir quién soy. Me siento incapaz dejarme llevar. Sólo puedo definirme como terrible.
-No eres terrible.
-¡No lo sabes! Estoy tan confundida que últimamente he hecho un  montón de cosas horribles por dejarme llevar. Digo lo que la gente creo que quiere que diga. Y no sé si están bien o mal. Veo los acontecimientos como meras escenas y estoy tan pendiente de comprender los detalles con comprobaciones que no soy capaz de sacar un juicio global al respecto. La simple idea de intentarlo hace que piense que no lo voy a lograr. Por lo tanto hace que últimamente mi vida sea de lo más caótica y que haga cosas contradictorias, generando una actitud que hace un par de años habría sido impensable para mí. Analizo cada detalle, por meramente automático que sea para muchos y siempre intento sentir lo que se supone que debería sentir en un momento determinado, generando una actitud robótica y artificiosa. Mi vida es pura tensión constante y de lo único que pienso cuando una emoción auténtica cruza mi mente, es de escapar.
-Pero...¿De qué tienes miedo?
-Hubo una época que creía en Dios. Hasta que llegó un momento que me costó seguir creyendo en él. Hubo una época en la que creía que mis padres y en general los adultos velaban por mí y que sabían más que yo, por lo que me relajé. Pero ahora soy adulta. Soy una adulta con una mente solitaria con un grupo de adultos solitarios y abandonados, que creen no obstante tener un sentimiento de colectividad ilusorio. Mi cerebro está solo. Si alguna vez le pasa algo, no podrán ayudarme. La interpretación de la realidad depende de mí en todo momento. Todo lo que es llamado "entendimiento" es mi mente. ¿Y si falla? ¿Quién va a ayudarme? Estoy sola. Nací sola. Moriré sola. Y sé que estoy mezclando otra vez "realidad" con "interpretación" siendo dos caras de la misma moneda, al hablar de un concepto tal como la soledad ¿Ves lo que te digo? Esto es una locura. A veces solo desearía que alguien me protegiera, que alguien me jurara que todo va a salir bien. No puedo soportar tanta alerta. Ya no puedo juzgarme más. Ya no puedo estar tan pendiente de la mente de los demás hacia mi persona. Estoy cansada de estar obsesionada con mi propio proceso metacognitivo. Estoy muy cansada, muy cansada...- Janet lloró esta vez más desesperadamente.
-Confía en mí.
Janet frenó en seco.
-¿Cómo?
-Confía en mí. No puedo prometerte grandes cosas. Pero solo te diré una cosa: Yo jamás te voy a juzgar.
-¡Todos juzgan, todos juzgan, todos juzgan!-Janet movía de un lado a otro la cabeza-tu interpretación de la realidad genera un procedimiento crítico. Por mucho que busques la objetividad, la objetividad no existe, salvo aquella que tiene una validación compuesta por un grupo grande de personas. Y tampoco sé si esto que estoy pensando es correcto, porque yo dudo de cada idea que cruza mi mente y...
-¡Eh, escúchame! Haré todo lo posible, todo lo que esté en mi mano para no juzgarte nunca.-Albert acercó su cara a la de ella y la miró penetrantemente a los ojos mientras agarraba sus hombros.
-¿Por...por qué harías eso?- a Janet le temblaba el mentón, conteniendo otro torrente de lágrimas próximo.
-Porque...porque te quiero.

martes, 5 de junio de 2012

Rodeando el laberinto.


Jorge era un hombre ciego que vivía en un humilde barrio y que, como cada día, daba su paseo matinal. No obstante, la dirección de hoy era diferente a la de otros días: se había enterado, por su hermano mayor Matías, que había una mesa redonda sobre un tema muy interesante. No le había dicho que tema en concreto era. Pero aseguró que la temática era para gente muy intelectual y “conocedora de mundo”. Se mofó de Jorge, diciendo que una mente tan carente de miras (odioso el juego de palabras por cierto) sería incapaz de enterarse ni de una palabra de ese encuentro de opiniones.

Él sabía como llegar al Centro Cultural El Duque, pues se conocía cada posición de los setos y farolas de su entorno cercano y, con ayuda de su bastón y unas meras aproximaciones mentales, no tuvo dificultad alguna.
Una vez en la sala principal, intentó con el bastón buscar la 2ª puerta a la derecha. Había ya asistido un par de veces a ese centro, pero no se acordaba mucho y no le apetecía pegar un par de gritos para que alguien le diera las ceñas necesarias para situarse.

Sus cálculos no fueron los esperados: se tropezó con una mesa. Al tacto se dio cuenta de que encima de ella había algo: auriculares. Varios cascos auriculares inhalámbricos. De fondo podía oír unos murmullos. ¡Realmente no iba tan desencaminado! Simplemente se había desviado un poco hacia la izquierda. Volvió a tocar los aparatos. Curioseando cogió unos y se los puso en los oídos. Le pareció escuchar más claro y alto los murmullos que habían a través de la puerta. ¡Claro! Eran auriculares para no perder detalle de lo que se dijese en la mesa redonda. Cogió unos sin dudarlo.

Abrió la pesada doble puerta y se introdujo discretamente. No le fue difícil encontrar asiento próximo; posiblemente muchos hubiesen preferido ver en un plano más cercano a los asistentes, pero para él eso no era un problema. Le sorprendió que varias personas estaban hablando a la vez. Era difícil de entender. De repente, uno de los presentes levantó la voz por encima del resto:

-¡Voy a decir cosas rimbombantes! ¡Voy a emplear palabras raras que hagan al público enmudecer! Escuchadme, escuchadme. ¡Existo! ¡Existo, miradme, miradme!

Después, su voz se perdió entre la suciedad auditiva permanente.

Jorge frunció el ceño ¿Qué se supone que era todo esto? La voz de una señora fue la que ahora se hizo oír:

-Levanto la cabeza, asiento lentamente mientras escudriño la mirada para darme una porte de entendimiento. Así, así, muy bien. Que parezca que lo estoy escuchando. Me toco el pelo sensualmente para ver si le distraigo un poco. Pestañeo doble por mi parte...¡ajá! Veo reacción en su cara.-la voz de la mujer fue bajando en intensidad hasta perderse entre las demás voces de nuevo.

Jorge no salía de su asombro. Pero estaba deseoso de oír la siguiente voz por encima del resto, cosa que no tardó mucho en presenciar:

-Tengo razón. ¡Vaya que si la tengo! Joder, esto es la puta realidad. La gente es una inconsciente ¿Cómo no se puede dar cuenta de esto? Me dan unas ganas de prenderle fuego a todos esos idiotas que se atreven a llevarme la contraria. ¡Inconscientes, que lo son! A Dios doy gracias por otorgarme esta lucidez que me caracteriza.

El ciego se rascó la cabeza. Pero a su vez sintió un poco de orgullo y amor propio al estar entendiendo lo que se decía. ¿O quizás tenia otro sentido oculto, metafórico o en clave? Puede que las jergas bohemias habían llegado a unos límites de pura incomprensión para él. Siguió prestando atención:

-Tengo miedo a errar con lo que pienso. ¿Cómo debería responder? ¿Y si me vuelvo tonto de golpe? Tengo que demostrarme a mí mismo que mi mente funciona con cordura. Pero, Dios, es tan agobiante esto. Debería centrarme en lo que estoy hablando y no en el proceso de lo que debo pensar para poder hablar. No lo soporto. Me siento tan solo, tan bicho raro. ¿Y si me centrara en ese pensamiento de sentirme bicho raro para una conversación posterior que me hiciese sentirme más acorde mente-palabras? Pero claro, esto que acabo de pensar es un pensamiento que ha tenido un proceso de...¡¡Aaaaaah, por Dios!!

Ahora estaba claro que eso no era una mesa redonda sino una obra de teatro. Tenía que serlo. Pero no había nexo entre los participantes. Parecía como si no se escucharan entre ellos. ¡Qué poca delicadeza! Otra voz sobresalió:

-¿Cómo era esa canción que oí en la radio al venir? Esto...¡Sí, coño! Que lo tenía en la punta de la lengua. Joder, con el plasta ese hablando ahora no me acuerdo. Era algo así como “sorry but I love you, baby...”¡Diablos, no no era así! ¿Por qué la mayoría de las canciones ochenteras y noventeras tienen un “baby” de por medio?

A pesar de lo entendible, el desorden era evidente y el caos interpersonal empezaba a atosigarle. Jorge desisitió de seguir allí y salió de la sala como pudo. Se quitó los cascos y los depositó en la zona dónde estaba situada la mesa. Notó un golpe secó. Tanteó. Había botado los cascos al suelo: la mesa ya no estaba. Volvió a tantear para reencontrar los auriculares. Los cascos...tampoco se encontraban ya.




domingo, 1 de abril de 2012

Difracción


Cuando tenía 10 años, me perdí en el monte ese que puedes divisar desde la azotea de tu casa, el de los pinares secos. Recuerdo que corrí entre los árboles por mero aburrimiento y cuando me di la vuelta, ya no veía a mis padres y tampoco recordaba el camino de regreso. Por no ver, no veía ni el sendero por el que se supone que tendrían que pisar mis pies. En vez de quedarme quieto y esperar a que me encontraran, seguí caminando lo que se supone que había caminado, con la esperanza de ver algo conocido. A pesar de que la situación podía ser algo tensa, yo extrañamente permanecía muy tranquilo.

Después de estar perdido durante un par de horas, encontré a una joven que contemplaba algo entre la hierba. Ella era pálida como la nieve y el Sol se reflejaba en su piel de manera que parecía que tenía luz propia. Permanecía agachada, como ausente. Sin esperármelo, de pronto se levanta y me mira, con sus ojos azules como el hielo y una sonrisa tan cálida como esa melodía de piano que suena cada mañana desde la casa de tus vecinos.
-¿No es maravillosa?
-¿El qué?
Señaló entre la maleza. Había un montón de hierbajos.
-No veo nada.
-Flor....
Así lo dijo. Sin un artículo que lo apoyara, sin una descripción que lo sustentara. Ahora ya la veía: era la flor más raquítica que había visto: muy debilucha y fea, con unos pétalos oscurecidos, aún no se había abierto siquiera. Y no pintaba bien que fuera a mejorar cuando lo hiciera. En cambio, a mi alrededor habían muchas hermosas flores abiertas, mucho más vistosas y grandes. Esas sí que valían la pena.
Yo tenía la manía de ser a esa edad muy bruto, sobretodo cuando no entendía algo, haciéndome el enterado para que se atisbara mi coherencia a la hora de formular argumentos:
-¡Bah, esa cosa es feísima! ¿No ves la cantidad de flores que hay en comparación? Yo que tú, hasta la arrancaba: está poniendo feo el paisaje.
De repente, su sonrisa se apagó. Una vela apagada. Me miró fijamente, con una pena que pesaba el alma. Y de sus ojos brotó sangre.
Lloraba y a su vez sus ojos comenzaron a condenar. Creo que la había ofendido. ¡Pobre de mí! ¡Esa tipa estaba loca!
La primera gota de sangre que cayó de sus ojos formó un fuego inflamable y sobrenatural. La hierba empezó a prender y a extenderse con una velocidad abismal. Sus ojos, totalmente blancos ahora, sin una pupila que definiera hacia qué miraba, seguían expulsando ese líquido mártir carmesí. Y cuando la cosa no podía ponerse peor, comenzó a girar sobre sí misma. Más rápido. Más rápido. Más. 
Mientras giraba, gotas de sangre eran expulsadas como si de un aspersor se tratara. Gota que tocaba, gota que incendiaba. Y el cielo, el cielo que era azul claro...se tiñó del color de las llamas.
 Los pájaros de los alrededores, en vez de huir, comenzaron en bandadas a formar un círculo a su alrededor envolviéndola en esta danza cíclica infernal. 
Ahora las lágrimas brotaban de mis ojos, saladas y transparentes.
-¿Por qué haces esto?- chillé asustado.
Entonces, paró en seco. Y las llamas pararon su movimiento en seco también, como si el tiempo se detuviera.
-Dijiste que la arrancara.
-La flor, no yo.
Ella ladeo la cabeza a modo de incomprensión. Todos los pájaros que había a su alrededor se posaron en los árboles cercanos y giraron también su cabeza, con sus picos dirigidos a mí. Cientos de pájaros juzgándome. Miré a la asquerosa flor. Esa maldita, fea, miserable... ¿Qué le estaba brotando del centro de ese raquítico capullo sin abrir? ¡Lágrimas! Lágrimas cristalinas. Hoy era un día de lloros. Esa tipa lloraba, yo lloraba, la flor lloraba....Sin embargo, y no sé por qué pude llegar a tal determinación, lo supe:
-Yo soy esa flor.

No sé si quiero volver a ese monte. No es por temor a volver a encontrarme a la mujer, ni por el fuego que quedó en el recuerdo de mis padres como un producto de mi desbordante imaginación infantil. Es la flor: Algo me impide volver para descubrir en qué se ha convertido una vez que se ha abierto. Si es que...si es que ha llegado a abrirse alguna vez.
Probablemente no me creas. Pero te diré una cosa: hubo un tiempo que el cielo era azul. No me mires así. Es verdad. Puede que tú recuerdes siempre el cielo de ese color anaranjado perpetuo. No te culpo: todos lo recuerdan así. Pero te puedo asegurar que hubo un tiempo en que era diferente. 
 

jueves, 23 de junio de 2011

Base color carne.

Rizos dorados, piel cómo la seda, ojos azul aguamarina y labios color cereza. Una belleza idealizada, múltitudinariamente teorizada, cómo salida de un ingenuo cuento.  Hay que tener mucha destreza para que un aspecto tan forzado resulte a primera vista tan aparentemente natural. Y es que la ley de la impresión está tallada en piedra en las normas de vida de Juliette.

"Una mala primera impresión implicará que los demás ni siquiera se esfuercen en querer conocerte".

Así pues, Juliette dedica cuerpo y alma en sacar brillo a sus atributos y generar nuevos. Pues, por muy preciado que pueda ser su temperamento, los demás ni se molestarán en indagar, si no les llama la atención la persona a primeras.

Juliette no se cansa de repetir "hay millones y millones de personas en el mundo. Vivimos en un mundo consumista y competitivo. ¿Qué tienes tú que ofrecer que no ofrezcan muchos otros?"

Aparte de su imagen,bien conservada y simétrica hasta el más mínimo detalle, Juliette modifica su personalidad en función de los gustos de la persona.

"Una vez la has conquistado con la vista, conquístala con su ego".

Así pues, a ella no le importa hacer pensar que la otra persona es la más especial del mundo. Todos caen. Pues en un mundo tan consumista y competitivo, no hay nada más preciado que que te descubran ¿Verdad Juliette?

Una vez pasada la primera y la segunda fase, poco a poco Juliette va dando a conocer sus gustos. A llamado la atención su imagen. El otro ha quedado enorgullecido egocéntricamente. Ahora, ya hay luz verde. Pero poco a poco ¿eh? La honestidad en pequeñas dosis, pues puede ser peligrosa. Sobre todo para la garganta que emite el sonido de la confesión.

Pero hay un arma más fuerte que todo esto. Un rumor. ¿Qué te voy a contar, eh, Juliette? Pues aquella triste noche alguien ha ido contando cosas sobre ti. Quién sabe que cosas. No es fácil que de repente, de quedar embriagados por tu belleza te miren con desdén, sin conocerte siquiera. ¿Dónde han quedado ahora tus eclécticas margaritas?

Intentas abrir la boca para defender tu posición en el mundo. Pero nadie quiere escucharte. Nadie. Porque no hay nada que se pueda hacer contra una mala impresión.

¡Tantos años construyendo ese bonito castillo para evitar una fatalidad ahora presente! ¡Tanto tiempo y sufrimiento en construir el maniquí hueco en el que te has convertido, triste bailarina sin público!

Corazón gélido cómo el tuyo hay pocos, por ahí dicen. Sobre todo cuando te encontraron con la cara arañada por tus uñas y un bote de píldoras vacío en tu mano. Por tu boquita corría un hilo de vómito. Por esa boquita de color cereza.
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Gente, recordad que la invitación para series.ly sigue en pie: Si queréis una, tenéis que contestar a la pregunta que os planteo en este post.
Saludos desde el más acá.

viernes, 22 de abril de 2011

Shattered

Noche despejada. Las estrellas formaban hermosos caminos, hilos de lana gruesa plateada. Parpadeantes algunas. La luna se había escondido, pero lo observaba todo desde su propia sombra.
La pálida joven seguía sentada en la húmeda hierba. Mirada al cielo. Notó que alguien se sentó a su lado.
-Has venido.
El joven de pelo revuelto permanecía callado e inexpresivo, quizás algo intrigado. Ella ni siquiera giró la cabeza para saludarlo. Permanecieron un rato en silencio. Él la imitó, mirando al firmamento.
-Es una hermosa noche.-dijo él para romper el hielo.
-Si
Una ráfaga de viento hizo mover la alta hierba. Se oía el lejano susurro de los árboles.
-¿Sabes? Aún estoy esperando.
-Esperando -aunque era una pregunta, él lo dijo afirmando.
- Sí. A qué alguien descubra mi pequeña luciérnaga.
-¿Hm?
-Todos tenemos una pequeña luciérnaga en nuestro interior. Nacemos con ella. Es un ser divino. Juguetón. Pequeño pero tan poderoso que podría mover mareas. -ella seguía mirando a las estrellas, su sonrisa fue brotando, sus ojos iban adquiriendo un hermoso brillo- Cuando una persona descubre la luciérnaga de la otra y viceversa, es cuando dos personas están destinadas a estar juntas. O, simplemente, lo que les une es tan fuerte que podrían mover las estrellas con un sólo rozamiento de sus dedos. Y es curioso. Porque cuanto más te centras en esa pequeña, más aumenta, hasta que lo invade todo.
Ella giró su cara y lo miró por primera vez esa noche. Normalmente era incapaz de mantener la mirada más de dos segundos seguidos. Esta vez, no rehuyó. A él no le costaba nada mantener firme su posición, sus ojos, su seguridad.
-¿Sueles mostrar tu pequeña luciérnaga? - su tono de voz hacia ella tendía a ser cómo la de un hermano mayor hacia una niñita.
-¿Mostrarla? ¿A qué te refieres?
-Actuar concorde a ella.
-Pero es que no se puede expresar con una acción. Ni siquiera con una mirada. No hay cámara de vídeo o fotos que puedan apresarla. Así es cómo la mayoría cree conocer a los demás. Dos acciones y forman un cuadro. Plano. Mate. Desechable. No.- su rostro se arruga levemente para luego volver a aflojarlo.- La luciérnaga no ha sido vista por estas personas, pues trasciende las tres dimensiones. Sólo los ojos privilegiados podrán verla. Es estar esa persona cerca...y la persona capta su luciérnaga....a la vez que la otra también capta la luciérnaga ajena. Ahí es cuando se establece la unión, la fusión, un poder inimaginable. No obstante, hay un problema...
-...
-A veces, uno puede captar la luciérnaga de la otra persona. Pero no siempre es recíproco.
-Ya.
Una ráfaga hace que el pelo color ébano se le meta en los ojos a la joven. Ella lo aparta suavemente:
-¿Sabes? Capto tantas luciérnagas....pero siento que nadie es capaz de captar mi luz. Tengo miedo que un día...se acabe muriendo...de soledad.
Él se muerde el labio:
-¿Cómo estás tan segura de que has captado la luciérnaga de alguien? Puede que te estés engañando. Puede que lo que sientas por esa aparente luciérnaga en realidad es lo que sentirías por la verdadera luciérnaga que estás buscando.
-Pero es que...yo no la busco. Esa luciérnaga me encuentra a mí.
-O incluso puede que realmente percibas en esas personas la luz de tu propia luciérnaga, a la que tú misma has abandonado. O también...
-¿¡Te quieres callar de una vez!?
Él dio un respingo, sobresaltado. La tranquilidad de la joven se había apagado de golpe, cómo una vela. De un salto se había puesto en pie y lo miraba fijamente. En sus ojos asomaban pesadas lágrimas.
-¡Aunque esté equivocada, te ruego que no intentes matar este milagro que ahora estoy viendo! ¡No lo intentes! Porque aunque no sea recíproco, me siento la persona más afortunada con el simple hecho de poder vislumbrar la belleza de la luz que hay en ti.
Él abrió mucho los ojos. Su boca se entreabrió ligeramente. Bajó la mirada. Posiblemente una parte de él había sospechado este acontecimiento, pero había desechado la posibilidad a toda costa. No sabía si se sentía incómodo por no corresponderla o tenía miedo por amarla y no controlar la situación. Pero lo cierto es que, de repente, su rítmico y estable corazón comenzó a entrar en un bucle de locura.


martes, 19 de abril de 2011

Papel higiénico.



Periodista 1: Bienvenidos a Documentales Sociales, el lugar dónde desvelamos los entresijos de las costumbres culturales de nuestro entorno. Hoy les ofrecemos una subcultura que está arrasando en la juventud. La semana pasada hablamos de la subcultura emo. Hace dos semanas, de la subcultura mod. Hoy hablamos de la subcultura paja. Les pasamos con nuestra corresponsal Mariela. Mariela, cuando quieras.

Periodista 2: ¡Muy buenas tardes, Valeria!
Los pajas son denominados jóvenes que quedan para masturbarse en grupo. De tal manera que este acto lo han caracterizado cómo un distintivo propio.
La filosofía es simple: consideran el acto sexual entre dos cómo una manera de dependencia y se han negado el placer de hacerlo juntos, optando, eso sí, por la masturbación: una manera independiente de placer, que puede ser compartida con personas con su mismo pensamiento. Lo practican mujeres y hombres en proporciones similares. Heterosexuales, homosexuales, transexuales...todos son aceptados.
Es curioso ver a un grupo de pajas masturbándose uno al lado del otro, sin tocarse lo más mínimo entre ellos.
La vestimenta de los mismos también tiene una tipología: suelen ir con pantalones cortos y camisa corta, cubriendo parte de los brazos y las piernas con papel higiénico. Algunos usan vendas, para más comodidad y resistencia.


Paja femenina (20 años): Es algo liberador. El placer está en tus manos y no tenemos que rendir cuentas a nadie. Lo practicamos abiertamente y podemos aprender mucho de nosotros mismos. A veces usamos juguetes. Pero lo más auténtico es usar nuestro propio cuerpo cómo herramienta.

Paja masculino (17 años): Cuando estamos en el descanso de las clases, nos reunimos todo el grupo a hacernos pajas. Es un estilo de vida, una forma de pensar.

Periodista 2: A su vez, están desarrollando un estilo de música propio. E incluso músicos que apoyan el movimiento, van creando un estilo.

Vocalista: Hola, soy el vocalista del grupo Manos Grandes. Decir que sentimos muchas veces que nosotros estamos haciendo historia. Nuestra música es una mezcla de electrónica y toques de Blues. Queremos una música rítmica, acompasada, cómo los latidos del corazón a un ritmo frenético, que a la vez excite a la persona.


Periodista 2: Pero claro, no todos lo ven con buenos ojos.


Novia de paja (19 años): Es un horror. Me he quedado a dos velas. ¡Ya no tenemos vida sexual conjunta! Prefiere masturbarse a hacer el amor conmigo. Dice que es para no coger dependencia... Indignante.


Novio de paja (17 años): Si yo no tengo problema alguno con que mi novio se masturbe. Pero es que las cosas no tienen que ser blancas o negras, joder.


Periodista 2: A su vez han reclamado un día mundial. Están luchando para que el 2 de mayo sea el día Internacional del Movimiento Paja. Fue ese día cuando tres personas se masturbaron en la puerta de su instituto, a la hora de la salida. Fueron expulsados por ello.

Paja masculino (18 años): Fueron unos genios. El principio de la revolución.

Periodista 2: El problema que han tenido muchos es que no se contentan con quedar para masturbarse. Suelen hacerlo en sitios públicos y a veces, en lugares con alto contenido restrictivo para estas prácticas. Iglesias, ayuntamientos, colegios, hospitales...cualquier sitio es válido para ello.

Madre (39 años): A mí me enfada profundamente que esos individuos se pongan a toquetearse mientras los niños salen del colegio. Lo hacen para provocar.

Kiosquero (62 años): Pues a mí no me parece mal. Es una época, están reivindicando su derecho a la masturbación. Es la adolescencia, en dónde hay una tendencia a que se revelen con lo establecido. Cuando tengan 10 años más, seguro que se aburren y se lo toman con más calma.

Chica (25 años): El problema es que no lo hacen por el placer de masturbarse. Al principio puede que fuera así, no sé. Pero ahora lo hacen cómo una manera de llamar la atención. Han politizado un acto natural.

Paja femenino (21 años): Es un grito a nuestros derechos. Nosotros disfrutamos y damos luz a los ciegos.

Párroco (58 años): Son almas perdidas, definitivamente. Cuando cometen esos actos, no puedo evitar santiguarme. El mundo cada vez está peor.

Periodista 2: Esta práctica se está extendiendo cómo la espuma. Y claro, algunas empresas se están viendo afectadas por ello. Por ejemplo, las empresas de preservativos.

Director de una empresa de preservativos: Nuestras ventas bajaron en picado el pasado año. Cada vez son menos las personas que usan métodos anticonceptivos. Estamos pensando en sacar una gama de guantes con relieve y lubricación para optar por una masturbación más placentera. Hipoalérgicos, por supuesto.

Periodista 2: ¿Consecuencias a largo plazo de este movimiento cultural? Eso ya lo veremos. Devolvemos la conexión.

Periodista 1: Muchas gracias Mariela.
Pues bueno, eso es todo por hoy. Gracias por acompañarnos y les esperamos la semana que viene, con la subcultura mostacera: una cultura en la que han hecho de la mostaza su pasión. Nos oirán aquí: en Radio Majareta: la radio para perder la chaveta.
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Bueno aquí un relato que se me ocurrió sobre la marcha, bastante raro, absurdo y sin ninguna intencionalidad más que la de dejar volar mi imaginación. No persigo defender ninguna idea, ni sorprender, ni tampoco pretendo decir nada a nadie. Sólo imaginar. :P

sábado, 26 de febrero de 2011

Sodio

-¿Estás llorando?
-No lloro.
-¿Y esas lágrimas qué son?
-No son lágrimas. Me sudan los ojos. Por lo tanto no lloro.
-Osea...que las lágrimas es el sudor de los ojos. Interesante...
-No lo entiendes. Cuando hay lágrimas hay emociones intensas. El individuo de al lado gira la cabeza en busca de explicación, si no la hay. El sudor es diferente. La gente observa el sudor con repulsión a veces. La gente se seca el sudor con naturalidad. La gente mira de reojo el sudor, pero no siente severa preocupación, ni sonríe por ello. Me sudan los ojos.
-¿Sabes qué?
-¿Qué?
-Que espero nunca sudar por los ojos. Prefiero llorar. Es más: A partir de ahora mi cuerpo entero va a llorar, no a sudar.
-No tiene sentido. El sudor no ha sido generado por emociones ni sensaciones de ningún tipo.
-Tengo calor y sudo. Tengo miedo y sudo. ¿Cómo que no hay sensaciones ni emociones de ningún tipo? ¡Mi cuerpo tiene derecho a llorar si yo así lo decido!
-¿Para qué?
-Porque tal cómo lo has dicho, las emociones están más valoradas. Y si algo cómo mi sudor va a ser trasladado a la altura del betún, prefiero que llore, para que al menos halla algo de respeto en este líquido repudiado por todos.
-Ahora...estás llorando por los ojos.
-Lloro por todo ese sudor que no pudo ser venerado cómo lágrimas. Y tú ¿Por qué sigues sudando por los ojos con más fuerza?
-No existe motivo para que sude.
-Sí que lo hay. Siempre lo hay.
-¿Y por qué te fijas en mi sudor de ojos?
-Porque me importas.
-En tal caso...puede que no esté sudando. Puede que esté llorando. Pero sólo lloraré para ti. ¿Me has entendido?
-Te he entendido. Sólo llorarás para mí.
-Sí.
-Sí.

jueves, 24 de febrero de 2011

Cazatesoros

Principios del Siglo XVIII, zona costera, verano.

-Una pregunta ¿por qué todos los mapas legendarios tienen un tono amarillento? ¿No hay ningún mapa que tenga una calidad reciente?

- Si fuese reciente su creación, no se llamaría “mapa legendario”.

-....

-...Aunque este lo hice yo hace pocos meses.

-¿¡Qué!?

-Creía que así despertaría más tu interés. Muy logrado ¿verdad?

-¡¡Pero que coño estás diciendo!! ¡Me prometiste un tesoro!

-Y es cierto. Tendrás un tesoro. Es sólo que necesitaba a un marinero que me acompañara en mi aventura. Y digamos que había que “decorar” un poco los datos para que fueran más atractivos a la vista. Un vendedor de ultramarinos viejo cómo yo cuenta muchas historias, tiene muchos conocidos, pero, cuando se presenta una ocasión cómo esta, todo el mundo le da la espalda. Tienen su vida hecha, sus familias les atan a la costa y su necesidad de aventura se ha apagado.

-¿Y me viste con tan poca falta de motivación en la vida cómo para persuadirme?

-No. El anuncio lo puse para todo el mundo. Tú lo elegiste. Tú te has delatado solito.

-Esto es indignante.

-¿No me has oído, jovencito? Tendrás tu tesoro.

-Pero el mapa es una farsa ¡Lo has hecho tú, seguro!

-Premio. Pero créeme, hay un tesoro.

El joven marinero refunfuñó y maldijo por lo bajo, pero siguió al anciano, que iba cargado con un par de palas y una sonrisa. Su ímpetu y energía podrán haber dejado asombrado a cualquiera, teniendo en cuenta la escuálida complexión que poseía.

Sólo habían navegado hasta un islote cercano a la costa. Pero para el marinerito había sido toda una azaña, pues su superior jamás lo sacaba a alta mar: permanecía limpiando los barcos cuando embarcaban y ayudando a cargar la mercancía de importación-exportación, así que lo de “marinero” era un decir, pues lo de “mar” casi que sobraba. A pesar de tener un padre conocido cómo Gran Capitán, el hecho de marearse a la más mínima era toda una deshonra.

Dejando una muy desgastado bote atrás, se adentraron entre la maleza. Fue entonces cuando el jovencito se dio cuenta.

-Espera....¿No es en este islote dónde enterraron a más de una docena de muertos, hace ya bastantes años?

-De repente tus dotes de geografía se avispan. Te felicito por ello.

La maquinaria mental de chaval, al igual que su ritmo de voz, se aceleró:

-¡Vamos a profanar tumbas! ¡Iremos derechos al Infierno! Madre tenía razón: esto no era una buena idea.

-¿Aún siguiendo los consejos de la que te parió? ¡El día que dejes de hacerlo, te saldrá al menos algo de pelusa en esa cara deslavada que tienes!

Pararon en seco. Habían llegado. Ni lápidas, ni un cartel ni nada. Pura intuición que aquí estuvieran un grupo de cadáveres en fase parcial o total de descomposición. ¿Era sugestión o el joven Martin podía oler cierto tufillo mortecino?

Cómo de un perro a punto de marcar el territorio, el viejo dio rodeos entre cada pequeño sector de la zona hasta que se paró en una parte concreta de la parcela, dónde empezaban a crecer algunos tímidos hierbajos.

-Aquí.

Contrariado, Martin comenzó a cavar. Comenzó y continuó. Porque la cosa estaba más onda de lo que había imaginado. Algo duro paro la pala. ¿Buena señal?

Un ataúd ¿Cómo no?

-Es...el tesoro.- los ojos del vendedor se abrieron tanto que Martin temió que alguno saliera disparado de la cuenca de un momento a otro.

El  ataúd fue abierto. El chico se quedó sin respiración.

La joven más bella jamás vista se encontraba allí. Su tez era tan pálida y suave que sería la envidia de la porcelana, si esta tuviera conciencia. Sus cabellos eran negro ébano, y era tan sedoso...Vestía con un hermoso camisón rosa pálido. Su expresión era serena, aunque seria. No olía a muerte. Olía a jazmines. Cómo esos que su madre traía los domingos del mercado y depositaba en un jarrón en el salón. Los jazmines duraban sólo unos días, antes de que perdieran sus pétalos. Pero aquella joven no había perdido ni uno ¿O sí?

Estaba tan fascinado el joven que tardó en darse cuenta que el anciano se estaba quitando la ropa....¡Un momento! ¡¡¡Se estaba quitando la ropa!!!

-¡¡¿Pero que haces, pedazo de animal?!!-bramó escandalizado- ¿Vas a practicar la necrofilia con esta hermo....ehmmmm....con esta señorita? ¡Debería darte vergüenza, viejo!

Sebastián lo miró con ojos llorosos y una amplia sonrisa:

-Si me disculpas...desearía un poco de intimidad. Será cuestión de un momento.

Horrorizado a más no poder, el joven salió corriendo, sintiéndose embaucado por un viejo verde que ultrajaba el respeto por la muerte, con acciones tan grotescas cómo esas. Pues ahí se quedaba el anciano, él volvía a su casa. Sólo de visualizar esa encorvada y arrugada figura...

Fue entonces cuando oyó a lo lejos:

-¡Martin! ¡Martin! ¡Ya puedes venir!

-¡Ni lo sueñes, viejo vicioso!-chilló-¡Lo que acabas de hacer tardaré años en borrarlo de mi mente! ¡Felicidades, viejo!

-Te prometo que todo tiene una explicación. Ven y si aún cuando vengas no estás satisfecho, te dejaré irte sin problemas.

Eso de “satisfecho” le revolvía un poco el estómago, pero dejando a un lado su adolescente mente sucia, caminó con gran pesadez hacia el punto en el que se encontraba su compañero de aventuras.

Asombrosamente, el viejo ya se había vuelto a vestir (¡qué rapidez, aunque un tanto que mejor!) y Martin le dedicó una mirada de desconfianza.

-Observa el milagro.- Sebastián señaló a la mujer, cuya postura había cambiado ligeramente, pero mantenía su belleza habitual, en un estado inmóvil.

Entonces lo vio: los labios de esa hermosa figura se movieron suavemente, hasta alcanzar una dulce sonrisa. ¡No podía ser! No sabía que le daba más miedo: que una difunta estuviera moviéndose o el motivo por el que se había movido ¿Qué clase de artillería pesada había usado el viejo?

Segundos después, el proceso fue muy rápido: la joven empezó a descomponerse a una velocidad insólita. Su cara, su pelo, su cuerpo: Estaba presenciando una parte del ciclo de la vida y estaba a punto de darle un patatús del susto. Finalmente, quedó reducida a un montón de polvo.

Martin quería decir algo. Quería preguntar muchas cosas. Pero sus palabras quedaban atascadas en la garganta, por lo que le era imposible pronunciar lo más mínimo. El anciano depositó una mano en el hombro del chico y con una tierna sonrisa le dijo:

-Mi futura esposa murió de una extraña enfermedad hará ya 45 años. Ella tenía mucho miedo a los hombres no quería que ninguno la tocase. Sólo después de conocerme y de pasar largos años juntos, me dijo que quería unirse a mí. Realmente no hice nada. Simplemente no la presioné.

Martin escuchaba en silencio, sin dejar de mirar a los ojos del anciano.

-Ella deseaba experimentar esa sensación que nunca había sentido, que algún hombre llegase a tocarla, a rozarla y sentir a alguien dentro de ella. Nos comprometimos y empezamos los preparativos de la boda. Pero lo máximo que pude hacer fue cogerle la mano. Antes de morir. Fue muy precipitado. Al parecer estaba enferma desde hacía tiempo. No me lo había dicho. Cuando me enteré, estaba a punto de dar su último suspiro. En aquel entonces viajaba bastante, buscando nueva mercancía para mi tienda. ¡Tonto de mí! Antes de morir, me dijo: “ de lo único que lamento en esta vida es de no haberme unido a ti”.

-Puede que lo hubiese dicho en sentido figurativo-interrumpió Martin- ya sabes, a nivel de matrimonio.

-Quizás. Pero este saco de huesos que te está hablando piensa que la unión física también es importante. Somos animales, Martin. Somos animales. Algún día descubrirán que verdaderamente lo somos. No tengo un cura para unirnos en matrimonio. Ningún párroco permitiría la unión de una difunta que no termina de descansar en paz y un pobre anciano que ha perdido la ilusión por casi todo. Fue la única manera que se me ocurrió.

-Parece que funcionó.

-Sí. Y ahora viene tu tesoro. Pues el mío ya casi lo he recibido.

-¿Mi tesoro?

Sebastián le entregó un sobre bastante grueso.

-Jovenzuelo....gracias.

Sebastián sacó un puñal y antes de que Martin pudiese impedirlo, el vendedor de ultramarinos, el señor de los sueños ya cumplidos; se lo clavó a la altura del cuello, en una zona dónde la muerte estaba asegurada.

Martin corrió a socorrerlo, pero Sebastián lo paró con un gesto.

-¡No! Déjame....déjame morir. Prosigue tu camino. Si sales ahora, llegarás al pueblo antes del anochecer.

Martin bajó la cabeza. Estaba en estado de shock. Dio la vuelta y empezó a alejarse lentamente, sin saber a ciencia cierta si estaba haciendo lo correcto. Mientras caminaba abrió el sobre. Dejó de caminar. Dentro habían unos papeles de certificación: Sebastián cedía la pertenencia de la tienda de ultramarinos a Martin.
 Cuadro: El bote (Jorge Duarte Diaz)

martes, 8 de febrero de 2011

Repetidamente inacabada.

En el Corte Inglés había un concurso de cartas de amor con un límite de palabras, dónde permitían cartas ficticias. Me puse en marcha. La hice demasiado larga y la fui acortando. Tres veces. Seguía siendo aún muy larga. XD. Iba a acortarla aún más, pero, con lo dejada que soy, se me pasó la fecha. Así pues, la escribo aquí, que diablos. No encontré la versión más larga. Escribo la versión simplificada, la última que hice.
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No estoy completa. Un ser me ha arrebatado mi sangre, sin ni siquiera proponérselo. La conciencia es un duende ínfimo, que no cabe en este sin razón. Es tu mirada. Esa hecha de marfil, que todo lo absorbe y todo lo impregna. Tan profunda y melancólica, tan llena de recovecos internos, esperando que alguien tenga la osadía de explorarlos.
¿Recuerdas mi cuarto? Es nuestro rincón. Cierro la puerta y, cómo si fuer un pecado que hay que consumir en pequeñas dosis, me abstraigo en tu naturaleza primera y última, al menos, la que mi percepción da crédito.
Cuando te necesito, estás ahí para proporcionarme algo de consuelo. Para sentir algo de calor interno, pues mi pecho es frío cómo el hielo, aunque lo tapo con embusteras sonrisas, para que nadie sospeche esta transgresión.
Lloro. Lloro porque jamás podremos estar verdaderamente juntos. Nunca sabrás que existo. Tan cerca pero tan lejos...
Aplaco mi resignación con brazos ajenos, que no me hacen producir el más mínimo suspiro. Me da miedo presentir que estoy destinada a esta tónica el resto de mis días: A no sentir nada por nadie, sólo por ti. La melodía de tu violín expresa muy bien la tesitura en la que me encuentro: fina, aguda, compleja, llena de subidas y bajadas armónicas. Es una bomba de relojería para mi respiración. Si al menos pudiera sentir la presión de tus dedos de la misma forma que armoniosamente tocas ese instrumento...
Es inútil. Somos de mundos diferentes: yo del mundo de los creadores, tú de los creados. Fuiste dibujado por una mano que sabía lo que hacía, pero no el alcance de las consecuencias. Un ingenuo y cándido impulso de tinta.
Personaje de ficción. Insultante. Pues ahora eres lo único real que tengo.
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No sé si lo habéis notado, pero soy una persona que se ha sentido muy atraída por los amores imposibles. Algunos relatos míos así lo demuestran. Si me siento cómoda escribiendo esta temática, no veo razón alguna para no darme el gusto de vez en cuando.
En mi infancia, el hecho de tener una pareja se me hacía algo inalcanzable. Era una persona algo solitaria. Tenía sólo 10 años, pero para mí era cómo tener 40. Soñaba con príncipes azules, de esos que leía en cuentos y veía en series de televisión. Un día, que ahora mismo juega al escondite, pues no recuerdo la fecha exacta; decidí ir por el camino de la acción, y no de la autocompadecencia. Paradógicamente hablando, el camino de la acción me hizo aislarme todavía más durante un tiempo, pues quería estar a la altura de la vida. Descubrí que el mundo no empieza en los pedestales; supe que incluso encuentras tesoros bajo tierra. Fui cogiendo el tranquillo a la mecánica de esta vida. He de decir que la existencia social se compone a veces de algunos engranajes en dónde sólo la llave de reafirmación es capaz de apretar algunas tuercas. Eso y saber valorar los detalles sin juicio previo.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Portal de Belén de las Navidades Presentes.

Un hombre currante en el sector de artesanía maderera llamado José y una joven parada llamada María, tienen un bebé en una casa de okupas, en la calle Belén, de un pueblo de Madrid (peso del niño: 3,400 Kgs). En la casa, el matrimonio y el pequeño están acompañados de un hombre que habla por los codos hasta la saciedad (pesado cómo mula) y una mujer a la que su marido le puso los cuernos repetidamente, antes de que ella optara por el divorcio (cuernos cómo buey). Los presentadores del programa "callejeros", con el equipo de cámaras, aparecen al momento (cómo pastores con su ganado).
Ante la fama recibida y el estrellato que supone el evento, posteriormente les visitan tres magos, famosos en todo el lugar, apodados "Reyes Magos"  (con su chistera y su varita mágica, por supuesto). Van acompañados de tres camellos, siempre aprovechando para ver si tienen suerte y pueden vender su mercancía, de dudosa legalidad en muchos países.
El primero, Melchor,  es veterano en la profesión y se mantiene reacio a jubilarse. El segundo, Gaspar, entró en el negocio por manga, gracias a los contactos de su padre. El tercero, Baltasar, es un inmigrante sin papeles, a pesar de vivir ya en la zona desde hace 15 años. Sigue luchando por su legalidad.
Dejando a un lado los típicos trucos de cartas, optan por trucos menos convencionales:  Generan la aparición de un Rólex de oro, unas barritas de incienso del Tíbet y mirra (qué estaba de oferta cuando lo adquirieron). La audiencia y glamour que supone este evento se hace notar. No obstante, María confiesa a los magos que ya podrían haber hecho aparecer pañales o similar. Y es que ninguno de los tres Reyes Magos sabe lo que supone tener que cuidar a un niño pequeño. Bueno, al menos podrá vender el Rólex, por mucho que José se empeñe en que con ese reloj sería la envidia de sus amigos.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Evaporada

Estaba lloviendo. Ni siquiera tenía paraguas y los mechones de su pelo revuelto caían por su rostro. Podría esperar a que parara. Al menos de esta manera, no sería todo tan absurdamente dramático, cómo sacado de un novela rosa. No. Ahora o nunca.
La luz encendida. Sólo esperaba que su presencia no fuera percibida.
Aún no había escrito nada en la carta. Fue algo que necesitó en el momento. La sensación de un nudo en la garganta que la asfixiaba era algo ya intolerable.
Cada paso era un sufrimiento. Una llaga que rozaba. Ya estaba casi en la puerta. Se sentó en el escalón de la entrada. Cogió el bolígrafo y el papel. Estaba arrugado, húmedo. Un papel cuadriculado, de cuaderno escolar. Mediocre. Cómo aquella noche. La mano le temblaba:

“Supe desde el primer momento que te vi que nunca estarías a mi lado. Eras demasiado bueno para mí. No puedo escuchar ninguna melodía, pues rompo a llorar. Mira lo que me has hecho. Antes vivía en un estado de vacío cerebral y emocional. Era una ignorancia atrevida pero al que le sacaba beneficio utilitario. Pero tú: maldito seas tú. Tú has hecho que descubra que puedo sentir los sentimientos más hermosos jamás imaginados. Y el sufrimiento más horrible al no poder tener la felicidad a mi lado. Verla cómo en un escaparate. Soy esa huérfana que mendiga pan en una esquina. Espero que estés satisfecho.
No sé que me cautivó de ti. Tu mirada penetrantre no creo que sea el motivo. Demasiado simple. Esa seguridad que posees, tampoco. La seguridad siempre me ha atemorizado. ¿Qué es lo que tienes que hace que hasta una sopa de letras se confabule contra mí para generar tu nombre? Sólo sé que cuando te veo, mi corazón grita. Puede que, cómo dijo aquel filósofo “deseamos lo que no poseemos”. Me gustaría creer que, si te consiguiera, no se vería todo tan hermoso. De verdad que sí. Entonces ¿Por qué no me lo creo?

Me temo que jamás volveré a enamorarme cómo lo he hecho contigo. Nunca he rozado tus labios. Nunca te he dicho “te quiero”. Y ahora, ni siquiera por escrito te lo diré, pues el sentido implícito supone ya de por sí un esfuerzo sobrenatural. Yo...”


Arrugó la cara. Una gran cantidad de lágrimas resbalaron por su rostro. Verdaderamente el dolor era insoportable. Arrugó el papel con fuerza. Esperó unos segundos, aguantando de nuevo el peso de la agonía, mordiéndose el labio inferior. Alisó el papel. Estaba gran parte escrito. Sólo faltaba un huequito en blanco. Rompió el papel dejando sólo ese cachito de papel sin escribir en sus manos. Miró hacia el cielo, cómo pidiendo fuerzas:

“Felicidades en tu boda”.

Firmó, con esas características iniciales diminutas, cómo la presencia que tenía en el mundo. Lo puso debajo de la puerta. El resto del papel lo guardó en el bolsillo. Sus sentimientos no tuvieron ni siquiera la oportunidad de salir del cascarón. Se alejó con el mismo paso abatido con el que había llegado.

jueves, 19 de agosto de 2010

Contra la gravedad


Me llamo Elisa y he tratado de intentar suicidarme 10 veces. No hay que confundir el intento de suicidio con el intento de intento de suicidio. Son diferentes. El primero consiste en intentar matarse. El segundo es intentar estar cerca de la muerte, pero sin llegar a nada.
EL intento de intento de suicidio es un arte. Un proceder meticuloso que exige numerosa información para no pasarse. La idea es estar lo más cerca de la muerte sin llegar a ella. Cuanto más cerca, mejor. Pero si tocas la línea del Inframundo, has perdido. Es muy similar a jugar al tejo de mesa.
Quiero estar dónde nadie más ha estado, tocar con las yemas de mis dedos algo que nadie ha tocado.
Supongo que el comienzo de toda esta obsesión surgió de una de las preguntas más universales que existen: ¿Existe Dios?
La clase de Religión en el colegio da lugar a un sin fin de debates al respecto. Te empiezas a preguntar qué es verdad y qué no, intentando concretar que hay de cierto y que hay de falso en todo lo que te dicen y por qué hay algún “por qué” que no tiene respuesta. La incertidumbre me acompañó durante un largo tiempo. Teniendo en cuenta que estaba en un colegio de monjas y curas, las jaquecas mentales eran más persistentes.
Cuando tenía 12 años, murió una chica de mi clase de una enfermedad que ningún profesor tuvo el valor de revelar el nombre. Hicieron un funeral, quizá por compromiso, quizá con conciencia de causa; y el tema se zanjó. No se volvió a hablar de esa alegre niña de trenzas que estuvo con nosotros tantos años en el aula. Cómo si nunca hubiese existido. ¿De que tenían miedo? Me daba la sensación de que dudaban de lo que ellos mismos defendían.
Mi madre es católica acérrima. Pero tiene tanto miedo a vivir que no pude evitar añadir a mi lista de incongruencias su marchita existencia, relacionándola con la religión.
Entonces ¿Qué existe? ¿La vida es una mierda, es un milagro, que coño se supone que es? ¿Mi existencia sirve para algo o soy una casualidad? Admitámoslo: estaba decepcionada.
El 21 de octubre del año en el que tenía 16 años fue un día demasiado intenso a nivel espiritual. O al menos yo lo considero como el principio de algo grande en ese sentido.
Me había fugado de la misa escolar. No era la primera vez, ni tampoco fue la última. Pero ese día pasó algo. Me atropellaron. Fue un coche rojo. No recuerdo el modelo. Fue tan rápido que ni me acuerdo. Pero si recuerdo lo que sentí después. Paz.
Se acabaron las preguntas. Se acabó la incertidumbre. Allí no existía nada. Sólo dicha. Y silencio. Mucho silencio. Era feliz. Había encontrado el paraíso.
Desperté en un hospital. Según me dijo la enfermera, estuve en coma durante 3 días. Extraño. A mí me parecieron 2 minutos. O quizás menos. Fue maravilloso.
Tuve la certeza de que había pisado la eternidad. Que había estado en un sitio dónde nadie había estado para contarlo después en vida. No había un señor con barbas blancas, no había un montón de angelitos enseñando su pomposo culito blanco con alas de paloma. Era más simple. Me había convertido en una investigadora.
Y puede que sea eso. Todo lo hago en pro de la investigación. De la investigación y de la dicha. Porque daría lo que fuera por volver a sentir lo que sentí. Y, tengo la sensación de que, si estoy incluso más cerca todavía de la muerte pero sin morir, podré hacer dos cosas:
1) Experimentar cosas nuevas.
2) Poder contar mis experiencias al mundo.
Cada intento de intento de suicidio que he hecho ha sido cuidadosamente planeado y redactado posteriormente en un cuaderno que llevo conmigo a todas partes. Es mi biblia. La biblia más cercana al mundo científico que existe. Y yo soy su autora.
Las maneras en las que he intentado matarme han sido múltiples. Pero las más efectivas a nivel de control, son las pastillas.
Sé calcular cuales son las dosis exactas para crear un estado de casi muerte si llegar a ello, cuales son aquellas que causan menos dolor en el intento y cuál es la dosis aumentativa que debo seguir, en caso de tolerancia. Reconozco que, alguna vez, he tenido que hacer uso del ensayo error. Eso lo hace más peligroso. Pero también emocionante, que demonios.
Mi madre está bastante preocupada, para que negarlo. Y mis profesores. Es pura ignorancia. O incluso envidia. Ellos no serían capaces de hacer lo que yo hago. Además, viven una mentira, en la que piensan que el juzgar sigue presente en el otro mundo. Mi valor no lo tiene todo el mundo. Y eso me hace sentirme poderosa ¿Soy mala persona por sentirme bien teniendo el poder? A la mierda.
Con esas tres palabras se lo dije al cura cuando me dijo que quitarme la vida era obra del diablo: A la mierda. Él no tiene ni puta idea de lo que es el paraíso ni de mi superación personal. A él jamás le dejaré leer mi cuaderno, como siga en ese plan.
Quiero ser la persona viva que más cerca ha estado de la dicha infinita después de la muerte.
El otro día, un médico amigo de mi hermano me dijo que realmente esa dicha es imaginaria de las endorfinas que segrega nuestro cerebro para afrontar el dolor y que, sí muriera, eso no existiría. No habría nada de nada. Que es similar a tomarse una droga. ¡Ya, claro! Él no sabe la cantidad de mierdas que me he metido. Es una de las consecuencias inevitables de experimentar: tienes que poner tu cuerpo al límite, de cualquier manera. Para ver también si existen muchos tipos de paraísos, dependiendo de la manera en la que casi acabas con tu vida.
La pena es que de la decena de veces que he hecho las “prácticas experimentales”, sólo dos veces he conseguido estar en ese estado. El mismo estado, con la misma intensidad, no un sucedáneo barato. La segunda vez que pude acceder, vi algo extra, me acerqué aún más. ¡Vi una figura! ¡Pero fue muy rápido, joder! ¿Qué demonios sería eso?
He de seguir investigando. Sin dar un paso en falso. Sería mortal. Je,je,je. ¿Juego de palabras demasiado simple? Esa es la idea.

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Este relato ficticio se me ocurrió un día que estaba viendo un capítulo de A dos metros bajo tierra. No tiene nada que ver con el caso de Elisa; pero el hecho de ver a una familia trabajar en una funeraria, tan cerca de la muerte, es el combustible perfecto para despertar la imaginación en esta temática que, incluso hoy en día, muchos catalogan de tabú. He de pulirlo un poco, pues hay partes que faltan por profundizar. Próximamente lo retocaré, haciendo una versión más visceral del mismo.

miércoles, 14 de julio de 2010

Vagando


Solsticio de verano ¿Qué me traes a este lado de la pradera? Yo no camino porque vaya a algún lugar. Yo camino porque me llevan, vete a saber dónde, ya lo he olvidado. Primero fui a una casa de acogida. Después fui a ver un hogar abandonado. Luego otro. Luego otro más. Pero ya no las suelo llamar "casas". Son paredes con techo. Una casa implica que tenga un raciocinio y significado sobre lo que implica ese habitáculo. Mi mente está en blanco para tales asociaciones. Es algo oscuro. De oscuridad parcial a oscuridad parcial. Tan simple como eso.

A veces, por un momento, me atrevo a preguntarme a donde voy. Es solo un momento, como si fuera una chispa relampagueante. Y luego vuelvo a mi letargia habitual. Sí, no podría haberlo expresado mejor: letargia. Me cogen de la mano y me guían a mi destino. No tengo que hacer nada.

Las caras que pasan por mi vida se me antojan de sombras, imperceptibles. Demasiado ruidosas para mi gusto eso sí. Desearía a veces que se sumieran en el silencio total, para que la presencia que implican para mí fuera congruente con el sonido que desprenden. Pobres figuras rotas.
A veces, veo una pared y tengo una irresistible tentación de golpearme contra ella. Para ver si puedo salir de este estado de perpetua ceguera. Pero, me pesa tanto el cuerpo, que el hecho de realizar tal acción supone un esfuerzo que no estoy dispuesta a hacer.

Así se debe sentir alguien en el vientre materno ¿no? Dónde existe todo pero a la vez no existe nada. Donde podría moverme o no pero ¿Cambiaría eso algo? O quizás no. Quizás implica también una unión de un hogar, dónde uno se siente seguro. Entonces ni eso. No es que ansíe un hogar. En absoluto. Ni remotamente. Es que ni me lo planteo. Ya no. Hace tiempo que he dejado de plantearme cosas. Sólo vuelvo a la realidad cuando levanto la vista y el sol casi me ciega con sus rayos. Es entonces cuando me doy cuenta, de que hay algo más grande que yo, más grande que una casa, más grande que un pueblo (u otro, u otro, o Dios sabe cuantos pueblos más, en los que yo ya he estado). Cuando pienso que hay algo más grande que todo eso, que es tan influyente pero a la vez, está tan lejos, es cuando siento por primera vez respeto. Y eso, es sentir algo. Por fin.

martes, 8 de junio de 2010

Deseo

AVISO: Este relato contiene erotismo.
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-Penétrame. penétrame hasta el fondo, con toda tu furia.
-Esto no está bien, amor ¿Crees que deberíamos hacerlo?
-Ya calla. Te lo ruego. te necesito como una fuente necesita de un impulso para no ser un mero charco sin movimiento. ¿me quieres?
-Ya sabes que yo estoy a tus órdenes.
-No quiero que me digas eso, incauto. Quiero que tengas libre albedrío
-....
-te lo ruego
-Sabes que tienes el poder. Deséalo. Créalo. Constrúyelo.
-Allá voy.
Cleare cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir la luz resplandecía. Unos ojos verdes lo miraban con fascinación.
-¿Eres tú?
-Soy yo.
- Tal como lo necesito.
- Tal como lo necesito yo a ti.
-Dios mío, estoy tan ansiosa. Tengo tanta sed de ti.
-Dios, Cleare. te deseo con una lujuria que podría matar por conseguirla.
-Penétrame, amor mío. Hazme tuya.
Cleare sintió como la asilla del sujetador se deslizaba suavemente por su hombro. Respiró profundamente. Las ganas de hacer el amor, de fundirse con él, eran cada vez mayores. El hecho de que para poder llegar a su deseosa meta tuviese que ir desojándose como una margarita, hacía que su respiración y corazón se aceleran más. Por fin. Cuanto lo había deseado.
El botoncito del pantalón se abrió con un susurro. Los dedos de Cleare jugueteaban en él, de manera insinuante. Él la miraba con la mirada de una fiera salvaje a punto de devorar su manjar más preciado.
Los pantalones fueron bajándose, de manera lenta pero nunca pausada. El aire que entraba en su garganta era cada vez más fuerte. El vínculo completo estaba próximo. Dios mío ¡Qué alegría rebozaba en su interior!
Él la fue penetrando poco a poco, con la jugosidad y fuerza de la misma naturaleza. Ella levantó el cuello con una respiración larga. Su pelo suelto ocupaba toda la almohada. Se sentía llena de una manera indescriptible. Él estaba allí. Sus hermosos rizos se le antojaban juguetones, a punto de empezar la iniciación del gran rito.
Empezó a moverse, de manera acompasada. Era como un oleaje cada vez más intenso. Los senos de Cleare estaban cada vez más en punta. Agarró con fuerza la manta . ¿era posible tanto placer?
Empezó a gemir. Sentía una tensión en las sienes, un mareo. Empezó a gritar, con ansias de más. No contenía su voz, Estaba siendo liberada, como un pájaro después de meses de encarcelamiento. Miró a su hombre. Nunca había visto a un hombre gemir de esa manera. Normalmente los hombres intentan guardar la compostura. Pero, en este caso, la boca de él permanecía abierta, sus ojos se cerraban con fuerza. Estaba entrando en un éxtasis sobrehumano.
-Agárrame con fuerza. ¡Aprétame! ¡Quiero sentirte en toda su plenitud! -chillo Cleare.
Él aceleró el ritmo, agarró las nalgas de Cleare y las apretó firmemente.
-Dios mío, amor, eres mi salvadora. Eres mi musa. Dios mío, me voy...
-No, aguanta, déjame gozar de este paraíso.- Cleare le abrazó con fuerza mientras él jadeaba y sudaba.
-te deseo, te....
-No hables y siente- le interrumpió, gimiendo aún más fuerte.
¿Qué más daba el tiempo, el lugar, los problemas? Ahora todo era sentir. La pasión desbordante iba escalando y aumentando como un cohete que viaja a la luna, como un asteroide que viaja por la galaxia a gran velocidad. Que más daba....
La puerta sonó, de golpe. Todo el clímax, se evaporó de golpe, como un globo.
Era la compañera de piso de Cleare. Cleare miró indignada la puerta. Observó su mano derecha. En ella podía ver el vibrador que tanta ayuda le había proporcionado para mantener cerca, aunque fuera en su imaginación a su dulce amor, que estaba estudiando a miles de kilómetros de donde ella se encontraba.
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Nunca había escrito un relato erótico. Esto tampoco se puede considerar un relato propiamente dicho (aunque lo haya puesto en la categoría, dudo que haya hecho lo adecuado). Es una primera toma de contacto, un experimento. ^^U

viernes, 26 de marzo de 2010

Besos de abedul

-No salgas hasta que no dé tres toques en la puerta ¿Me has entendido? Ni cuatro ni dos ¡Tres!

Asiento obediente ante mi hermano mayor. Cierro la puerta con llave y me escondo
debajo de la cama. Un hilo de luz se observa por debajo de la puerta, interrumpido por una sombra, seguramente los pies de mi hermano. Al poco tiempo esa sombra desaparece.

¿Qué está pasando? ¿Por qué tengo que esconderme? Probablemente ha vuelto el Coco.

En el recreo, me dijo una niña que el coco no existe. ¡Pero ella se equivoca! Si existe. En mi casa pasa muy a menudo. Seguro que es porque mi hermano se va tarde a la cama. Ya lo dice mamá: “los niños que no duermen temprano, les ataca el Coco”.

El Coco siempre viene por la noche. Rompe cosas. Le encanta romper cosas. Y mamá llora mucho cuando viene el Coco. El Coco sabe hablar. Y le grita cosas feas a mamá. Es una voz grave, da miedo. ¿Porque Marcus no duerme a su hora? ¿No ve cuanto daño está haciendo el Coco?

Una vez le dije a mi hermano que si durmiera antes, ese monstruo feo no vendría a molestarnos. Se enfadó mucho y dijo “Tú no entiendes nada de lo que está pasando”. Se puso tan furioso que me dió miedo y me eché a llorar. Él se sorprendió, vino hacia mí y me dijo: “Perdona. Tienes razón. Sí. Es el Coco. Pero un día lo mataré ¿Me oyes? Un día mataré a esa mala bestia”.

¿Cómo se mata a un monstruo? El príncipe de la bella durmiente mató a la bruja con una espada. Pero aquí no tenemos espadas. ¿Vale cualquier espada? Lo más parecido a una espada son los cuchillos de la cocina. Pero mamá dice que salvo para comer, no se pueden coger los cuchillos. A no ser que Marcus se coma el coco ¿A que sabe un coco? A lo mejor tendríamos comida para muuuucho tiempo. Porque si se come a tantos niños, debe estar muy gordito.

-¡No lo hagas hijo! ¡¡NO LO HAGAS!!

Tengo miedo. Pensaré en un lugar feliz. En la canción que me canta mami cuando estoy triste ¿Cómo era?

-¡Te vas a enterar, mocoso!

¡No me acuerdo! ¡No me acuerdo de la canción! Me acuerdo la letra.. Pero no me acuerdo la música.

-¡¡Aaaahhhhh!!

No puedo, no me acuerdo, no me acuerdo, no me acuerdo.

-¡Eres un monstruo asesino!

No escuches los gritos, no escuches nada. Era era...¡Ah sí!
Un trenecito,
surcando los cielos,
volando, volando,
cuando sopla el viento.
Cuando estés triste
llama al “Chucuchu”,
y vendrá a consolarte
con besos de abedul.
Ya no se oye nada. Silencio. Pero no voy a salir. No hasta los tres golpes.

…

-¿Mamá? ¿Marcus?

miércoles, 17 de marzo de 2010

Platónico


-...Doctor, soy una persona despreciable...

-Samuel, ya hemos hablado sobre esos sentimientos de autoreproche.

-Sí, si, ya, ya. De acuerdo. Déjeme hablar primero y juzgue después.

-Muy bien. Continúe.

-Todo viene a raíz de lo mismo: Llevo semanas soñando con una hermosa actriz. Le juro que sé que no está bien. Pero no lo puedo evitar. Y los episodios se repiten sobre todo desde que me enteré que tiene un twitter. Me paso las 24 horas horas del día pendiente de que actualice su estado. Cuando lo hace, enseguida estoy pensando en decir algo brillante, algo que pueda salir de la multitud. Tiene muchos fans ¿Sabe? Fans masculinos. Y también femeninos. Todos la adoran. Y eso que es una actriz del cine independiente, nada que ver con lo comercial. Pero, no obstante, todos están ahí, sabiendo de su existencia. Debo sobresalir. Solo de esa manera puede que sus lindos ojos verdes se posen, aunque sea por un segundo, en mí.

Samuel hace una pausa y echa una visual a los libros que el doctor tiene en su estante. Viejos, roídos pero, no obstante, ordenados de manera temática. Lo viejo no impide la organización.

-En los sueños, tengo un encuentro casual con ella y aprovecho para declararme. ¡Y me acepta! ¿Se lo puede creer? ¡A pesar de la distancia que nos separa, me acepta! Por supuesto, aparezco en los periódicos: "Famosa diva se enamora de simple profesor de primaria". Pero a mí eso no me importa ¡Qué me va a importar! Estoy con ella. La amo. Ella me ama. Sólo por eso, ya soy el hombre más afortunado del mundo.

-Entiendo.

-No, no lo entiende. Hace poco empecé a ir a una academia a aprender italiano. Verá doctor, yo sé español e inglés. Pero apenas sé italiano. Cuando me metí en la academia, al principio, me dije a mí mismo que era para ampliar horizontes. Pero, reconozcámoslo: es para mantener un tanto más cerca el sueño de poder tener una relación con ella.

-Pero me acaba de decir que intenta comentarle cosas de manera muy selectiva para llamar la atención...

-Hoy en día, con un buen traductor online y un diccionario para corroborar, todo es posible.

-Ya. ¿Y su mujer?

-Yo la quiero doctor. La quiero muchísimo. Y también a mis dos hijos. ¿No entiende que esto no lo hago de manera predemeditada?

-Lo sé, lo sé. Lo que quiero decir es ¿Aparecen en sus sueños?

-A veces. Sobre todo mi mujer. Pero ella me da permiso para la relación. Fíjese como son las fantasías: los astros se alinean para dar paso a mi deseo. Infantilmente hermoso ¿no cree?

-Y lo que pasó hoy...

-Fue en la cafetería, con mi notebook. Entré en su twitter como cada mañana. Y allí estaba el último mensaje que ella había escrito: Presto mi sposerò. Sono molto emozionato. Que quiere decir algo así como Dentro de poco me caso. Estoy muy emocionada. Cuando leí esto, mi mundo se rompió. Y entonces no pude evitarlo: cogí mi taza de café y la rompí contra el suelo. Cuando la camarera me preguntó si había algún problema, le solté tal cantidad de insultos que se echó a llorar. Ahora lo pienso y me avergüenzo. Pero en aquel momento estaba desquiciado. Mi vida se había acabado.

-Quizás las sesiones deberían ser más continuadas, en lugar de una vez cada dos meses.

- No lo sé, doctor. Verdaderamente. No lo sé.