jueves, 21 de octubre de 2010

"Innovación"


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sábado, 9 de octubre de 2010

Personalidad desadaptativa.

Los trastornos de la personalidad se caracterizan por patrones de percepción, reacción y relación que son relativamente fijos y socialmente desadaptados. Hoy he hecho un pequeño test para saber mis tendencias en trastornos de personalidad. Por supuesto son pequeñas directrices, nada demasiado concreto; sólo orientativo. Hice este test hace unos años, no por las vías expuestas aquí, sino por un trabajo de una asignatura (Psicología de la Personalidad), asignatura que me gustó bastante, aunque el profesorado que nos tocó ese año tuviese una organización global algo caótico.

Haciendo el test me salieron estos resultados.

Trastorno----- Grado

Paranoide -----BAJO

Esquizoide----- MODERADO

Esquizotipico----- BAJO

Histrionico----- BAJO

Antisocial -----BAJO

Narcisista -----MODERADO

Limite -----MODERADO

Obsesivo -----BAJO

Dependiente -----BAJO

Evitador -----ALTO
Test de transtorno de personalidad



A continuación paso a redactar en qué consiste cada trastorno, un poco por encima.

Trastorno de personalidad paranoide

Las personas con personalidad paranoide proyectan su propio conflicto y hostilidad hacia los otros. En general son frías y distantes. Encuentran intenciones hostiles y malévolas detrás de actos triviales, inocentes o incluso positivos y reaccionan con suspicacia a los cambios.

Frecuentemente, las suspicacias conducen a conductas agresivas o al rechazo por parte de los demás (justificando asi sus sentimientos originales). Los que tienen trastorno de personalidad paranoide a menudo intentan acciones legales contra otros, sobre todo si se sienten indignados y con razón. No son capaces de ver su propio papel dentro del conflicto. Aunque suelen trabajar en relativo aislamiento, pueden ser eficientes y concienzudos. A veces las personas que ya se sienten marginadas a causa de un defecto o una minusvalía (como sordera) son más prospensos a desarrollar una personalidad paranoide.

Trastorno de personalidad esquizoide

Las personas con trastorno de personalidad esquizoide son introvertidas, ausentes y solitarias. Parecen frías y distantes. Con frecuencia están absortas en sus propios pensamientos y sentimientos y temen la aproximación y la intimidad con otras personas. Sienten pocas reacciones emocionales, sintiendo indiferencia tanto a la crítica cómo a los halagos, a la vez que teniendo poco apetito sexual. Poco habladoras, sueñan despiertas y prefieren la especulación teórica a la acción. La fantasía es un modo frecuente de enfrentarse a la realidad.

Trastorno de personalidad esquizotípica

Las personas con una personalidad esquizotípica, igual que aquellas con trastorno de personalidad esquizoide, se encuentran emocional y socialmente aisladas. Tambien desarrollan pensamientos, percepciones y comunicaciones extrañas, a la vez que suelen vestirse de una manera nada peculiar. Aunque estas rarezas son parecidas a las de personas con esquizofrenia, y aunque la personalidad esquizotípica se encuentra a veces en la gente con esquizofrenia antes de que la desarrollen, la mayor parte de los adultos con personalidad esquizotípica no desarrolla esquizofrenia. Algunas personas muestran signos de pensamiento mágico (la idea de que una acción particular puede controlar algo que no tiene ninguna relación con esto). En su lenguaje suelen divagar bastante, usando un pensamiento exageradamente elaborado, artificioso y algo estereotipado.

Trastorno de personalidad histriónica

Las personas con personalidad histriónica o histérica buscan llamar la atención y se comportan de modo teatral. Su modo de ser tiene como resultado el establecer relaciones personales con facilidad pero de modo superficial. Las emociones a menudo son exageradas, infantiles e ideadas para provocar simpatía o atención de los otros. Las personas con personalidad histriónica son proclives a los comportamientos sexualmente provocativos o a sexualizar las relaciones que no son sexuales. Pueden no querer realmente una relación sexual; más bien, sus comportamientos seductores frecuentemente encubren un deseo de dependencia y protección. Algunas personas de personalidad histriónica también son hipocondríacas y exageran sus problemas físicos para llamar la atencion.

Trastorno de personalidad narcisista

Las personas de personalidad narcisista tienen un sentido de superioridad y una creencia exagerada en su propia importancia. La persona con este tipo de trastorno de personalidad puede ser exageradamente sensible a los fracasos, a la derrota o a la crítica y, cuando se la enfrenta a un fracaso para comprobar la alta opinión de sí mismos, se ponen fácilmente rabiosos o deprimidos. Como creen que son superiores a los demás, esperan ser admirados y, con frecuencia, sospechan que los envidian. Sienten que merecen que sus necesidades sean satisfechas sin demora y por eso explotan a otros, cuyas necesidades son consideradas menos importantes. Su comportamiento es a menudo ofensivo para otros, que les encuentran arrogantes o mezquinos.

Trastorno de personalidad antisocial

Las personas con personalidad antisocial, la mayor parte de las cuales son hombres, muestran insensibilidad por los derechos y sentimientos ajenos. Explotan a otros para obtener beneficios.

Característicamente, tales personas expresan sus conflictos de un modo impulsivo e irresponsable. Toleran mal la frustración y, a veces, son hostiles o violentos. A pesar de los problemas o el daño que causen a otros por su comportamiento antisocial, no sienten remordimientos o culpabilidad. Al contrario, racionalizan cínicamente su comportamiento o culpan a otros. Sus relaciones están llenas de deshonestidad y de engaño. La frustración o el castigo raramente modifican su conducta. Las personas con personalidad antisocial tienen tendencia al alcoholismo, a la toxicomanía, a las desviaciones sexuales, a la promiscuidad y a ser encarceladas. Son propensas a fracasar en el trabajo y a trasladarse de un sitio para otro. Con frecuencia tienen una historia familiar de comportamiento antisocial o abuso. Tienen una esperanza de vida inferior a la media, pero entre los supervivientes, esta situación tiende a disminuir o a estabilizarse con la edad.

Trastorno de personalidad límite

Las personas con una personalidad límite, mayormente mujeres, son inestables en la percepción de su propia imagen, en su humor, en su comportamiento y en sus relaciones personales (a menudo tormentosas e intensas).La personalidad límite se hace evidente al principio de la edad adulta pero disminuye con la edad.

Estas personas han sido a menudo privadas de los cuidados necesarios durante la niñez. Consecuentemente se sienten vacías, furiosas y merecedoras de cuidados.Cuando las personas con una trastorno de personalidad límite se sienten cuidadas, se muestran solitarias y desvalidas, frecuentemente necesitando ayuda por su depresión, el abuso de sustancias tóxicas, las alteraciones del apetito y el maltrato recibido en el pasado. Sin embargo, cuando temen el abandono de la persona que las cuida, su humor cambia de modo radical. Con frecuencia muestran una cólera inapropiada e intensa, acompañada por cambios extremos en su visión del mundo, de sí mismas y de otras (cambiando del negro al blanco, del amor al odio o viceversa pero nunca a una posición neutra). Si se sienten abandonadas y solas pueden llegar a preguntarse si realmente existen (esto es, no se sienten reales). Pueden devenir desesperadamente impulsivas, implicándose en una promiscuidad o en un abuso de sustancias tóxicas. A veces pierden de tal modo el contacto con la realidad que tienen episodios breves de pensamiento psicótico, paranoia y alucinaciones.

Estas personas son vistas a menudo por los médicos de atención primaria; tienden a visitar con frecuencia al médico por crisis repetidas o quejas difusas pero no cumplen con las recomendaciones del tratamiento. Este trastorno es también el más frecuentemente tratado por los psiquiatras, porque las personas que lo presentan buscan incesantemente a alguien.

Trastorno de personalidad evitadora

La gente con una personalidad evitadora es muy sensible al rechazo y teme comenzar relaciones o alguna cosa nueva por la posibilidad de rechazo o de decepción. Estas personas tienen un fuerte deseo de recibir afecto y de ser aceptadas. Sufren mucho por su aislamiento y su falta de habilidad para relacionarse cómodamente con los demas. Al contrario de aquellas con una personalidad límite, las personas con un trastorno de personalidad evitadora no responden con cólera al rechazo; en lugar de eso, se presentan tímidas y retraídas. El trastorno de personalidad evitadora se parece mucho a la fobia social.

Trastorno de personalidad dependiente

Las personas con una personalidaddependiente transfieren las decisiones importantes y las responsabilidades a los demas y permiten que las necesidades de aquellos de quienes dependen se antepongan a sus necesidades propias. No tienen confianza en sí mismas y manifiestan una intensa inseguridad. A menudo se quejan de que no pueden tomar decisiones y de que no saben qué hacer o cómo hacerlo. no les gusta expresar opiniones, aunque las tengan, porque temen ofender a la gente que necesitan. Las personas con otros trastornos de personalidad frecuentemente presentan aspectos de la personalidad dependiente, pero estos signos quedan generalmente encubiertos por la predominancia del otro trastorno de personalidad. Algunos adultos con enfermedades cronicas desarrollan personalidades dependientes.

Trastorno de personalidad obsesivo compulsiva

Las personas de personalidad obsesivo compulsiva son formales, confiables, ordenadas y metódicas pero a menudo no se adaptan a los cambios. Son cautos y analizan todos los aspectos de un problema, lo que dificulta tomar decisiones. Aunque estos signos están de acuerdo con los estándares culturales de occidente, los individuos con un trastorno de personalidad obsesivo compulsiva toman sus responsabilidades con tanta seriedad que no soportan los errores y prestan tanta atención a los detalles que no completan sus tareas. En consecuencia, estas personas pueden entretenerse en los medios para realizar una tarea y olvidar su objetivo. Sus responsabilidades les crean ansiedad y raramente encuentran satisfacción en sus logros.

Estas personas son frecuentemente grandes personalidades, en especial en las ciencias y otros campos intelectuales en donde el orden y la atención a los detalles es fundamental. Sin embargo, pueden sentirse desligadas de sus sentimientos e incómodas con sus relaciones u otras situaciones que no controlan, con lo impredecible o cuando deben confiar en otros.

Para tener una respuesta más fiable, debería hacer un test sobre un trastorno de personalidad específico, teniendo en cuenta muchos aspectos determinados. A su vez, el DSM IV propone una serie de características a tener en cuenta para diagnosticar de manera eficaz un trastorno de personalidad (usando un sistema categorial, lo que tiene sus contras, pero eso ya es otra historia, que hablaré en otro momento). Pulsa aquí para tener un poco más de información.

No obstante, autoanalizar un trastorno de personalidad no resulta fácil, por no decir que los resultados son sesgados: una persona externa puede dar una información más fiable, siempre y cuando cuente con el material y la experiencia para ello. Cuando hablamos de personalidad desadaptativa, tenemos en cuenta una media de la población determinada, así cómo las consecuencias inevitables de que unos determinados atributos de la persona interactúen con esa media. Por lo tanto, partir de la normativa cultural de un sitio se hace impresindible a la hora de tomar un veredicto. Quién sabe, puede que lo que consideramos persona "sana" en términos de personalidad en el momento presente, se convierta en persona insana en el futuro.

martes, 5 de octubre de 2010

Efervescencia


No es muy común que la gente me vea echando humo por las orejas. Y digo esto porque, salvo excepciones, suelo tener bastante templanza. Pero, cómo a todo el mundo hay cosas que me sacan verdaderamente de quicio. Y hace poco pude presenciar una de esas.
El sábado pasado fui con mi novio a ver dos actos: el primero fue un concierto en el Tanque de Santa Cruz de música electro-mística (género que he bautizado por mi cuenta y riesgo), siendo una experiencia estupenda, pues por un momento entré en un trance jamás experimentado. El segundo acto fue un monólogo de humor en un pub bastante pijo. Aquí vino mi indignación.
La decoración del local era impecable: mezcla de aspectos clásicos setenteros, cómo la típica bola de discoteca; unido a aspectos retro y bohemios, cómo sillones rimbombantes, geniales para una película sobre la nobleza del siglo XIX.
El promedio de los usuarios eran de una edad comprendida entre los 30 y 50, vistiendo muy elegantemente, con una copa en mano de gran glamour (eso de pedirse una Heineken, impensable), riendo de forma ruidosa y pomposa.
Cuando empezó el monólogo (un cómico del Club de la Comedia), una parte considerable del público siguió a lo suyo, hablando y riendo de sus cosas (no de lo que decía éste) con gran estruendosidad. El monologuista en cuestión, un poco cortado por la situación, pidió un poco de silencio pues, a pesar de tener un micro, el ruido era tal que ni se podía oír a sí mismo. El público de las primeras filas callaron y escucharon con atención, pero los que estaban más atrás, pasaron de todo, hablando incluso más alto, cómo un acto de rebeldía. Algunas mujeres miraban con desdén; cómo diciendo "Yo aquí mando, hago lo que quiero y los demás deben servirme ¡Faltaría más!"
Yo, mientras tanto, tenía unas ganas tremendas de meterme debajo de la mesa, de la vergüenza ajena que estaba pasando. Me da mucha impotencia la situación.
El monólogo (que estaba genial, por cierto, no veas cómo me reí después de que se me pasara un poco el cabreo) era gratis, cosa que, para ser sincera, en Tenerife no abunda demasiado. Y además, hay que ser conscientes de que vivimos en una islita con unos recursos culturales muy limitados (por mucho que digan los nacionalistas canarios que aquí hay mucha cultura y bla, bla, bla). Si cada vez que nos proporcionan un acto, hay más de uno que se cree que es cómo Moisés, que son tan importantes que las aguas se tienen que dividir cuando ellos pasan por el mar; lo único que estamos haciendo es espantar aún más a las personas que se toman la molestia de viajar hasta aquí. Bien es cierto que el acto estaba pagado por el pub. Pero haber: la moraleja que están proporcionando estos individuos es que, para nada se gastan el dinero en un acto si los usuarios pasan de él cómo de la mierda. Por suerte sólo eran una cuarta parte. Pero no obstante, se hacían notar.
Aunque no lo parezca, en Tenerife hay personas que quieren disfrutar de otras cosas, aparte de mirarse el ombligo. Bastante mosqueo tengo estando encerrada en una isla en la que se me limitan un montón de fuentes (la cantidad de conciertos, artículos y obras teatrales que nunca llegan a las islas son una barbaridad) para que encima lo fastidien un par de snob con demasiado dinero en la cartera pero muy poco sentido de la empatía y la consideración.
Quizá esté llevando esto demasiado al extremo. Quizá he depositado mi frustración en estas personas porque me da coraje dos cosas: la falta de respeto y las limitaciones.

jueves, 30 de septiembre de 2010

¡Este miedo no estaba antes!

En psicología presumen de ser capaces, mediante condicionamiento, de extinguir el miedo a alguien. E incluso, si se lo proponen, crear un miedo a alguien.

¿Condiciona...qué?
Partimos de la idea de que nuestras
conductas son en su mayoría generadas por el ambiente, no por la genética. A parir de ahí, las experiencias conforman nuestra manera de interactuar con el mundo.

Imagina que una persona tiene una respuesta positiva a un estímulo (ej.: un abrazo de un ser querido). A su vez, tiene respuesta neutra a otro estímulo (una habitación). Si emparejamos repetidamente el abrazo con la habitación, llegará un momento que cuando entremos en la habitación (sin recibir abrazo de por medio) sintamos cierto grado de satisfacción por ese lugar. Hemos condicionado la respuesta hacia un objeto o lugar que era neutro en un principio.

Paulov lo probó con perros: Sabemos que el perro saliva normalmente cuando ve una chuleta. ¿Verdad? Pues emparejó el estímulo "chuleta" con el sonido de una campanita (que no generaba una respuesta para él). Después de varias sesiones, Paulov tocó la campanita, sin chuletón a la vista. El perro, automáticamente, se puso a salivar.Lo mismo pasaría con un objeto neutro y un objeto negativo: el emparejamiento de ambos creará posteriormente un condicionamiento aversivo hacia un objeto que en principio era neutro.

¿Y si tienes una aversión hacia un objeto, animal o cosa? Pues puedes cambiarlo, con
contracondicionamiento. La cuestión es emparejar la causa que te da un sentimiento negativo (por ejemplo, miedo) y emparejarlo con un estímulo positivo (ej.: caricias). Por supuesto, en este caso sería enfrentarse al objeto negativo de forma paulatina y no de golpe, porque, si no ¡Podría la persona desarrollar aversión a las caricias!

¡Watson entra en combate!

Watson experimentó sobre las bondades y no tan bondades del condicionamiento (al igual que otros muchos, cómo Paulov).
A Watson se le conoce también por la investigación que hizo con dos niños: Peter y Albert.

-Peter y su miedo a los conejos:
Un niño de tres años tenía mucho miedo a los conejos. Watson, procedió:

1) Puso el conejo a una distancia prudencial.
2) Cada vez que aparecía el conejo, el niño obtenía leche con galletas.
3) En cada sesión, cada vez el conejo estaba más cerca, siendo, no obstante, la recompensa la misma.
4) Resultado: el niño fue capaz de tener el conejo en su regazo e incluso acariciarlo, sin que se alarmase.
Había superado el miedo.

-Albert y el gran debate:

Watson ayudó a un niño a mitigar el miedo a los conejos mediante el condicionamiento. Pero ¿Sería capaz de
infundir miedo mediante el procedimiento inverso? ¿Hasta qué punto generalizaría dicho miedo? ¿Cuánto tiempo duraría? Más allá de que pudiera resultar cruel generar miedo, la curiosidad fue más fuerte.
A Albert, un niño sano de 9 meses, no le daban miedo los animalitos peludos. Pero sí le aterraban los ruidos fuertes.

1) Cada vez que aparecía un ratón blanco, el experimentador generaba un ruido muy fuerte, haciendo llorar a la criatura.
2) Resultado: el niño no sólo tuvo miedo a ese ratoncillo en particular: generalizó su miedo a perros, ratas, peluches y prendas de lana.

La cosa es que Watson no implantó nunca a Albert la fase en la que quitaba al niño el miedo por los seres peludos. Algunos dicen que fue porque su madre retiró al bebé de los experimentos. Otros aseguran que fue debido a que el plazo máximo para que Watson entregara los resultados del estudio eran muy próximos, lo cuál se debió a una falta de tiempo.

Nunca se supo con seguridad si el miedo desarrollado en el pequeño continuó el resto de su vida. Esto generó bastante controversia, ya que existía posibilidades de que al niño lo hubiesen “desagraciado” de alguna manera.

Hace poco tiempo se descubrió que la vida del pequeño fue muy corta: Douglas Merritte (el verdadero nombre del niño, puesto que "Albert" era un seudónimo), murió con tan sólo 6 años de hidrocefalia, probablemente a consecuencia de una meningitis.


Visión propia.
Muchas veces tenemos miedo irracionales. No sabemos cuando los hemos adquirido, pero sabemos que nos asustan. Dicen que cuando un miedo es adquirido muy tempranamente es más difícil de eliminar. La adquisición tanto de estímulos aversivos cómo atractivos se genera con mayor facilidad a corta edad. ¿
Muchas fobias habrán sido debidas a experiencias condicionadas? No es fácil saberlo. Pero sería interesante planteárselo en fobias cómo el miedo a los payasos, a determinados animales inofensivos o incluso a determinadas piezas musicales.

Pero claro
¿Cómo hallar la raiz? Después de todo, no sabemos el grado de generalidad que ha tenido una determinada fobia. Por ejemplo, si tenemos miedo a subir en ascensor, no necesariamente es que hallamos tenido una experiencia traumática relacionada con los ascensores. A lo mejor es que tenemos miedo a sitios cerrados. Y a su vez, tenemos miedo a sitios cerrados porque tenemos miedo a que nos falte el aire. Buscar la raiz de un miedo no siempre es fácil.

Además, considero que si determinados estímulos son la raiz para desarrollar otros (los ruidos fuertes para generar la fobia en Albert), eso implica que
existen unos miedos que son engendrados de manera innata, quizá por años de evolución. La pregunta ¿Qué miedos son innatos y cuáles no? Aquí hay posturas para todos los gustos. Algunos dicen incluso que el miedo a las arañas es innato, mientras que otros lo niegan en suma.

Ojo: innato no implica que aparezca justo al nacer. Algunos miedos se desarrollan de manera innata a lo largo del tiempo, igual que la capacidad de adquirir fácilmente el lenguaje a una determinada edad.

Me apasiona el tema del miedo. Y a la vez me aterra ¡Cómo no!

sábado, 4 de septiembre de 2010

Ese machismo...XD


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jueves, 2 de septiembre de 2010

Escarcha sumergible


Cuando estás en un estado dañino, llega un momento que te acostumbras. Te acostumbras de tal manera que salir de ahí te resulta no menos que insoportable.
Desde fuera, a ojos externos, tu actitud resulta incontenible. Pero tú estás muy a gusto. Tiempo ya pasó en la que llegar al ruedo fue un sufrimiento. Pero una vez alcanzado el círculo de la circunferencia, todo ya es silencioso. La rutina ha alcanzado su cenit.
El problema es cuando intentas salir de ahí. Es cómo estar sentado en un sofá durante muchas horas seguidas: La pereza te impide levantarte, aunque el agradable calor del sol vespertino podría regalarte gran parte de sus beneficios. El proceso es lo enmarañoso. Una vez estás en el ojo del huracán, todo cambia. Es lo que pasó aquel jueves de septiembre. Que salí del círculo. Digo septiembre por decir un mes, chivado de un ser a quién quiero mucho. Digo jueves por decir un día, que curiosamente simboliza el planeta Júpiter, el más grande, el que se lleva una pequeña parte conmigo (o eso dice la simbología astral). Lo importante es que fue importante. Y me arriesgo a decir que sobran las palabras cuando digo esto.
Fue la sensación más maravillosa que jamás soñé. Después de la pesadilla más grande inimaginada.
¿A qué ámbito estoy aplicando esto? A cualquiera. Que el lector use su imaginación. Se sentirá identificado en algún aspecto. Quizás porque una de las moralejas de la vida en muchos seres humanos consiste en eso: todo estado tiene su paraíso, hasta aquel estado que parece externamente un desequilibrio oscuro. Sólo hay que estar un tiempo largo ahí, para darse cuenta de la realidad. Por supuesto, hay estados que necesitan un trámite de adaptación más grande que otros. Y por supuesto esto se llega si has olvidado comparar tiempos mejores. Por eso la felicidad es relativa. Porque, si no hay comparación que valga, es el único estado existente.
No obstante, mi presente no lo cambiaría por nada. No, mentira. Puede que lo cambie. Pero no volvería al pasado. A ese pasado que consideraba el único. Sí, eso está mejor.

jueves, 19 de agosto de 2010

Contra la gravedad


Me llamo Elisa y he tratado de intentar suicidarme 10 veces. No hay que confundir el intento de suicidio con el intento de intento de suicidio. Son diferentes. El primero consiste en intentar matarse. El segundo es intentar estar cerca de la muerte, pero sin llegar a nada.
EL intento de intento de suicidio es un arte. Un proceder meticuloso que exige numerosa información para no pasarse. La idea es estar lo más cerca de la muerte sin llegar a ella. Cuanto más cerca, mejor. Pero si tocas la línea del Inframundo, has perdido. Es muy similar a jugar al tejo de mesa.
Quiero estar dónde nadie más ha estado, tocar con las yemas de mis dedos algo que nadie ha tocado.
Supongo que el comienzo de toda esta obsesión surgió de una de las preguntas más universales que existen: ¿Existe Dios?
La clase de Religión en el colegio da lugar a un sin fin de debates al respecto. Te empiezas a preguntar qué es verdad y qué no, intentando concretar que hay de cierto y que hay de falso en todo lo que te dicen y por qué hay algún “por qué” que no tiene respuesta. La incertidumbre me acompañó durante un largo tiempo. Teniendo en cuenta que estaba en un colegio de monjas y curas, las jaquecas mentales eran más persistentes.
Cuando tenía 12 años, murió una chica de mi clase de una enfermedad que ningún profesor tuvo el valor de revelar el nombre. Hicieron un funeral, quizá por compromiso, quizá con conciencia de causa; y el tema se zanjó. No se volvió a hablar de esa alegre niña de trenzas que estuvo con nosotros tantos años en el aula. Cómo si nunca hubiese existido. ¿De que tenían miedo? Me daba la sensación de que dudaban de lo que ellos mismos defendían.
Mi madre es católica acérrima. Pero tiene tanto miedo a vivir que no pude evitar añadir a mi lista de incongruencias su marchita existencia, relacionándola con la religión.
Entonces ¿Qué existe? ¿La vida es una mierda, es un milagro, que coño se supone que es? ¿Mi existencia sirve para algo o soy una casualidad? Admitámoslo: estaba decepcionada.
El 21 de octubre del año en el que tenía 16 años fue un día demasiado intenso a nivel espiritual. O al menos yo lo considero como el principio de algo grande en ese sentido.
Me había fugado de la misa escolar. No era la primera vez, ni tampoco fue la última. Pero ese día pasó algo. Me atropellaron. Fue un coche rojo. No recuerdo el modelo. Fue tan rápido que ni me acuerdo. Pero si recuerdo lo que sentí después. Paz.
Se acabaron las preguntas. Se acabó la incertidumbre. Allí no existía nada. Sólo dicha. Y silencio. Mucho silencio. Era feliz. Había encontrado el paraíso.
Desperté en un hospital. Según me dijo la enfermera, estuve en coma durante 3 días. Extraño. A mí me parecieron 2 minutos. O quizás menos. Fue maravilloso.
Tuve la certeza de que había pisado la eternidad. Que había estado en un sitio dónde nadie había estado para contarlo después en vida. No había un señor con barbas blancas, no había un montón de angelitos enseñando su pomposo culito blanco con alas de paloma. Era más simple. Me había convertido en una investigadora.
Y puede que sea eso. Todo lo hago en pro de la investigación. De la investigación y de la dicha. Porque daría lo que fuera por volver a sentir lo que sentí. Y, tengo la sensación de que, si estoy incluso más cerca todavía de la muerte pero sin morir, podré hacer dos cosas:
1) Experimentar cosas nuevas.
2) Poder contar mis experiencias al mundo.
Cada intento de intento de suicidio que he hecho ha sido cuidadosamente planeado y redactado posteriormente en un cuaderno que llevo conmigo a todas partes. Es mi biblia. La biblia más cercana al mundo científico que existe. Y yo soy su autora.
Las maneras en las que he intentado matarme han sido múltiples. Pero las más efectivas a nivel de control, son las pastillas.
Sé calcular cuales son las dosis exactas para crear un estado de casi muerte si llegar a ello, cuales son aquellas que causan menos dolor en el intento y cuál es la dosis aumentativa que debo seguir, en caso de tolerancia. Reconozco que, alguna vez, he tenido que hacer uso del ensayo error. Eso lo hace más peligroso. Pero también emocionante, que demonios.
Mi madre está bastante preocupada, para que negarlo. Y mis profesores. Es pura ignorancia. O incluso envidia. Ellos no serían capaces de hacer lo que yo hago. Además, viven una mentira, en la que piensan que el juzgar sigue presente en el otro mundo. Mi valor no lo tiene todo el mundo. Y eso me hace sentirme poderosa ¿Soy mala persona por sentirme bien teniendo el poder? A la mierda.
Con esas tres palabras se lo dije al cura cuando me dijo que quitarme la vida era obra del diablo: A la mierda. Él no tiene ni puta idea de lo que es el paraíso ni de mi superación personal. A él jamás le dejaré leer mi cuaderno, como siga en ese plan.
Quiero ser la persona viva que más cerca ha estado de la dicha infinita después de la muerte.
El otro día, un médico amigo de mi hermano me dijo que realmente esa dicha es imaginaria de las endorfinas que segrega nuestro cerebro para afrontar el dolor y que, sí muriera, eso no existiría. No habría nada de nada. Que es similar a tomarse una droga. ¡Ya, claro! Él no sabe la cantidad de mierdas que me he metido. Es una de las consecuencias inevitables de experimentar: tienes que poner tu cuerpo al límite, de cualquier manera. Para ver también si existen muchos tipos de paraísos, dependiendo de la manera en la que casi acabas con tu vida.
La pena es que de la decena de veces que he hecho las “prácticas experimentales”, sólo dos veces he conseguido estar en ese estado. El mismo estado, con la misma intensidad, no un sucedáneo barato. La segunda vez que pude acceder, vi algo extra, me acerqué aún más. ¡Vi una figura! ¡Pero fue muy rápido, joder! ¿Qué demonios sería eso?
He de seguir investigando. Sin dar un paso en falso. Sería mortal. Je,je,je. ¿Juego de palabras demasiado simple? Esa es la idea.

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Este relato ficticio se me ocurrió un día que estaba viendo un capítulo de A dos metros bajo tierra. No tiene nada que ver con el caso de Elisa; pero el hecho de ver a una familia trabajar en una funeraria, tan cerca de la muerte, es el combustible perfecto para despertar la imaginación en esta temática que, incluso hoy en día, muchos catalogan de tabú. He de pulirlo un poco, pues hay partes que faltan por profundizar. Próximamente lo retocaré, haciendo una versión más visceral del mismo.