Errores. Demasiados errores.
Me lo merezco. Esta grotesca ciudad holográfica es solo obra mía.
Ahora...tengo que empezar a reconstruir. Intentaré derrumbar el menor número de torres posible.
domingo, 17 de junio de 2012
martes, 5 de junio de 2012
Rodeando el laberinto.
Jorge era un hombre ciego que vivía en
un humilde barrio y que, como cada día, daba su paseo matinal. No
obstante, la dirección de hoy era diferente a la de otros días: se
había enterado, por su hermano mayor Matías, que había una mesa
redonda sobre un tema muy interesante. No le había dicho que tema en
concreto era. Pero aseguró que la temática era para gente muy
intelectual y “conocedora de mundo”. Se mofó de Jorge, diciendo
que una mente tan carente de miras (odioso el juego de palabras por
cierto) sería incapaz de enterarse ni de una palabra de ese
encuentro de opiniones.
Él sabía como llegar al Centro
Cultural El Duque, pues se conocía cada posición de los setos y
farolas de su entorno cercano y, con ayuda de su bastón y unas meras
aproximaciones mentales, no tuvo dificultad alguna.
Una vez en la sala principal, intentó
con el bastón buscar la 2ª puerta a la derecha. Había ya asistido
un par de veces a ese centro, pero no se acordaba mucho y no le
apetecía pegar un par de gritos para que alguien le diera las ceñas
necesarias para situarse.
Sus cálculos no fueron los esperados:
se tropezó con una mesa. Al tacto se dio cuenta de que encima de
ella había algo: auriculares. Varios cascos auriculares
inhalámbricos. De fondo podía oír unos murmullos. ¡Realmente no
iba tan desencaminado! Simplemente se había desviado un poco hacia
la izquierda. Volvió a tocar los aparatos. Curioseando cogió unos y
se los puso en los oídos. Le pareció escuchar más claro y alto los
murmullos que habían a través de la puerta. ¡Claro! Eran
auriculares para no perder detalle de lo que se dijese en la mesa
redonda. Cogió unos sin dudarlo.
Abrió la pesada doble puerta y se
introdujo discretamente. No le fue difícil encontrar asiento
próximo; posiblemente muchos hubiesen preferido ver en un plano más
cercano a los asistentes, pero para él eso no era un problema. Le
sorprendió que varias personas estaban hablando a la vez. Era
difícil de entender. De repente, uno de los presentes levantó la
voz por encima del resto:
-¡Voy a decir cosas rimbombantes! ¡Voy
a emplear palabras raras que hagan al público enmudecer! Escuchadme,
escuchadme. ¡Existo! ¡Existo, miradme, miradme!
Después, su voz se perdió entre la
suciedad auditiva permanente.
Jorge frunció el ceño ¿Qué se
supone que era todo esto? La voz de una señora fue la que ahora se
hizo oír:
-Levanto la cabeza, asiento lentamente
mientras escudriño la mirada para darme una porte de entendimiento.
Así, así, muy bien. Que parezca que lo estoy escuchando. Me toco el
pelo sensualmente para ver si le distraigo un poco. Pestañeo doble
por mi parte...¡ajá! Veo reacción en su cara.-la voz de la mujer
fue bajando en intensidad hasta perderse entre las demás voces de
nuevo.
Jorge no salía de su asombro. Pero
estaba deseoso de oír la siguiente voz por encima del resto, cosa
que no tardó mucho en presenciar:
-Tengo razón. ¡Vaya que si la tengo!
Joder, esto es la puta realidad. La gente es una inconsciente ¿Cómo
no se puede dar cuenta de esto? Me dan unas ganas de prenderle fuego
a todos esos idiotas que se atreven a llevarme la contraria.
¡Inconscientes, que lo son! A Dios doy gracias por otorgarme esta
lucidez que me caracteriza.
El ciego se rascó la cabeza. Pero a su
vez sintió un poco de orgullo y amor propio al estar entendiendo lo
que se decía. ¿O quizás tenia otro sentido oculto, metafórico o
en clave? Puede que las jergas bohemias habían llegado a unos
límites de pura incomprensión para él. Siguió prestando atención:
-Tengo miedo a errar con lo que pienso.
¿Cómo debería responder? ¿Y si me vuelvo tonto de golpe? Tengo
que demostrarme a mí mismo que mi mente funciona con cordura. Pero,
Dios, es tan agobiante esto. Debería centrarme en lo que estoy
hablando y no en el proceso de lo que debo pensar para poder hablar.
No lo soporto. Me siento tan solo, tan bicho raro. ¿Y si me centrara
en ese pensamiento de sentirme bicho raro para una conversación
posterior que me hiciese sentirme más acorde mente-palabras? Pero
claro, esto que acabo de pensar es un pensamiento que ha tenido un
proceso de...¡¡Aaaaaah, por Dios!!
Ahora estaba claro que eso no era una
mesa redonda sino una obra de teatro. Tenía que serlo. Pero no había
nexo entre los participantes. Parecía como si no se escucharan entre
ellos. ¡Qué poca delicadeza! Otra voz sobresalió:
-¿Cómo era esa canción que oí en la
radio al venir? Esto...¡Sí, coño! Que lo tenía en la punta de la
lengua. Joder, con el plasta ese hablando ahora no me acuerdo. Era
algo así como “sorry but I love you, baby...”¡Diablos, no no
era así! ¿Por qué la mayoría de las canciones ochenteras y
noventeras tienen un “baby” de por medio?
A pesar de lo entendible, el desorden era evidente y el caos interpersonal empezaba a atosigarle. Jorge desisitió de seguir allí y salió de la sala
como pudo. Se quitó los cascos y los depositó en la zona dónde
estaba situada la mesa. Notó un golpe secó. Tanteó. Había botado
los cascos al suelo: la mesa ya no estaba. Volvió a tantear para
reencontrar los auriculares. Los cascos...tampoco se encontraban ya.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Ventana en noche cerrada
El problema no consiste en que yo mire amaneceres y la otra persona atardeceres. El problema es que no le interese y rechace el Sol.
domingo, 1 de abril de 2012
Difracción
Cuando
tenía 10 años, me perdí en el monte ese que puedes divisar desde
la azotea de tu casa, el de los pinares secos. Recuerdo que corrí
entre los árboles por mero aburrimiento y cuando me di la vuelta, ya
no veía a mis padres y tampoco recordaba el camino de regreso. Por
no ver, no veía ni el sendero por el que se supone que tendrían que
pisar mis pies. En vez de quedarme quieto y esperar a que me
encontraran, seguí caminando lo que se supone que había caminado,
con la esperanza de ver algo conocido. A pesar de que la situación
podía ser algo tensa, yo extrañamente permanecía muy tranquilo.
Después
de estar perdido durante un par de horas, encontré a una joven que
contemplaba algo entre la hierba. Ella era pálida como la nieve
y el Sol se reflejaba en su piel de manera que parecía que tenía
luz propia. Permanecía agachada, como ausente. Sin esperármelo,
de pronto se levanta y me mira, con sus ojos azules como el hielo y una sonrisa
tan cálida como esa melodía de piano que suena cada mañana desde
la casa de tus vecinos.
-¿No
es maravillosa?
-¿El
qué?
Señaló
entre la maleza. Había un montón de hierbajos.
-No
veo nada.
-Flor....
Así
lo dijo. Sin un artículo que lo apoyara, sin una descripción que lo
sustentara. Ahora ya la veía: era la flor más raquítica que había
visto: muy debilucha y fea, con unos pétalos oscurecidos, aún no se
había abierto siquiera. Y no pintaba bien que fuera a mejorar cuando
lo hiciera. En cambio, a mi alrededor habían muchas hermosas flores
abiertas, mucho más vistosas y grandes. Esas sí que valían la
pena.
Yo
tenía la manía de ser a esa edad muy bruto, sobretodo cuando no
entendía algo, haciéndome el enterado para que se atisbara mi
coherencia a la hora de formular argumentos:
-¡Bah,
esa cosa es feísima! ¿No ves la cantidad de flores que hay en
comparación? Yo que tú, hasta la arrancaba: está poniendo feo el
paisaje.
De
repente, su sonrisa se apagó. Una vela apagada. Me miró fijamente,
con una pena que pesaba el alma. Y de sus ojos brotó sangre.
Lloraba
y a su vez sus ojos comenzaron a condenar. Creo que la había
ofendido. ¡Pobre de mí! ¡Esa tipa estaba loca!
La
primera gota de sangre que cayó de sus ojos formó un fuego
inflamable y sobrenatural. La hierba empezó a prender y a extenderse
con una velocidad abismal. Sus ojos, totalmente blancos ahora, sin
una pupila que definiera hacia qué miraba, seguían expulsando ese
líquido mártir carmesí. Y cuando la cosa no podía ponerse peor,
comenzó a girar sobre sí misma. Más rápido. Más rápido. Más.
Mientras giraba, gotas de sangre eran expulsadas como si de un
aspersor se tratara. Gota que tocaba, gota que incendiaba. Y el cielo, el cielo que era azul claro...se tiñó del color de las llamas.
Los
pájaros de los alrededores, en vez de huir, comenzaron en bandadas a
formar un círculo a su alrededor envolviéndola en esta danza
cíclica infernal.
Ahora las lágrimas brotaban de mis ojos, saladas
y transparentes.
-¿Por
qué haces esto?- chillé asustado.
Entonces,
paró en seco. Y las llamas pararon su movimiento en seco también,
como si el tiempo se detuviera.
-Dijiste
que la arrancara.
-La
flor, no yo.
Ella
ladeo la cabeza a modo de incomprensión. Todos los pájaros que
había a su alrededor se posaron en los árboles cercanos y giraron
también su cabeza, con sus picos dirigidos a mí. Cientos de pájaros juzgándome. Miré a la
asquerosa flor. Esa maldita, fea, miserable... ¿Qué le estaba
brotando del centro de ese raquítico capullo sin abrir? ¡Lágrimas!
Lágrimas cristalinas. Hoy era un día de lloros. Esa tipa lloraba,
yo lloraba, la flor lloraba....Sin embargo, y no sé por qué pude
llegar a tal determinación, lo supe:
-Yo
soy esa flor.
No
sé si quiero volver a ese monte. No es por temor a volver a
encontrarme a la mujer, ni por el fuego que quedó en el recuerdo de
mis padres como un producto de mi desbordante imaginación infantil.
Es la flor: Algo me impide volver para descubrir en qué se ha convertido una vez
que se ha abierto. Si es que...si es que ha llegado a abrirse alguna
vez.
Probablemente no me creas. Pero te diré una cosa: hubo un tiempo que el cielo era azul. No me mires así. Es verdad. Puede que tú recuerdes siempre el cielo de ese color anaranjado perpetuo. No te culpo: todos lo recuerdan así. Pero te puedo asegurar que hubo un tiempo en que era diferente.
lunes, 19 de marzo de 2012
Podio vacío
No me importa que no sepas nada del mundo.
No me importa que no tengas trabajo.
No me importa que no tengas estudios.
No me importa que nunca hayas destacado en algo a nivel social.
No me importa que tengas miedo.
No me importa que tengas ganas de llorar.
No me importa que tengas ganas de reír.
No me importa que no tengas nada que decir.
No me importa que no tengas nada que crear.
No me importa que a veces te hayas sentido insignificante.
No me importa que te sorprendas sintiendo pereza, gula, ira, avaricia, celos, envidia, lujuria.
No me importa que te repitas hasta la saciedad.
No me importa que te equivoques mil veces.
No me importa que tu memoria falle.
No me importa que te contradigas.
No me importa que estés sano.
No me importa que estés enfermo.
No me importa que seas torpe.
No me importa que seas muy analítico
No me importa que seas muy emocional.
Tienes derecho a ser respetado. Tienes derecho a ser feliz. :)
No te voy a exigir nada. Aunque...reconozco que deseo sólo una cosa. Una cosa pequeñita: Intenta respetar a los demás tanto como te respetas a ti mismo. Eso es todo.
No me importa que no tengas trabajo.
No me importa que no tengas estudios.
No me importa que nunca hayas destacado en algo a nivel social.
No me importa que tengas miedo.
No me importa que tengas ganas de llorar.
No me importa que tengas ganas de reír.
No me importa que no tengas nada que decir.
No me importa que no tengas nada que crear.
No me importa que a veces te hayas sentido insignificante.
No me importa que te sorprendas sintiendo pereza, gula, ira, avaricia, celos, envidia, lujuria.
No me importa que te repitas hasta la saciedad.
No me importa que te equivoques mil veces.
No me importa que tu memoria falle.
No me importa que te contradigas.
No me importa que estés sano.
No me importa que estés enfermo.
No me importa que seas torpe.
No me importa que seas muy analítico
No me importa que seas muy emocional.
Tienes derecho a ser respetado. Tienes derecho a ser feliz. :)
No te voy a exigir nada. Aunque...reconozco que deseo sólo una cosa. Una cosa pequeñita: Intenta respetar a los demás tanto como te respetas a ti mismo. Eso es todo.
jueves, 26 de enero de 2012
El paso.
Tengo miedo. Por supuesto que sí. Pero a pesar del frío, el agua de la piscina me sentará bien.
Amor e inseguridad. No se puede amar por tener inseguridad. Aunque si se puede tener inseguridad porque se ama.
Cuando actué, sentí un sudor frío y una palpitación por todo el cuerpo. ¡Mi cajita! ¿Dónde está mi cajita, aquella que me protege, que me otorga un autoconcepto adecuado? Pero ahora siento tranquilidad. Una extraña tranquilidad: esa que te concede el saber que solo has obrado de manera inevitable. Al menos, mi "bipolaridad situacional" se toma una tregua. Vivir desde el otro lado. Para generar un cambio.
Cambios. Me gusta esa palabra.




