jueves, 23 de agosto de 2012
martes, 21 de agosto de 2012
Cloro, sol y presencia (Primera parte)
Tenía 23 años y se llamaba Noelia.
Aprendió a escribir y a leer y después sus manos jamás volvieron a
posarse en un lápiz. Pasaba todo el día en el Parque Acuático de
su adinerado padre. Éste comprobó cuando su hija tenía 7
primaveras que tenía un don especial: allá dónde estuviera,
contagiaba de alegría a los visitantes. Esas personas que pudieron
mezclar el frescor del agua con las risas de la pequeña, siempre
regresaban.
Su presencia generaba leyenda: pocas no habían sido las personas que se preocuparon por el bienestar de la pequeña y quisieron llevársela de allí. Pero el dinero calla al más charlatán y es capaz incluso de emborronar el código moral más resistente. Creo recordar que al final pusieron como excusa una extraña enfermedad de la que no he oído en ningún otro contexto.
Las cámaras la vigilaban en todo
momento; más de una vez algunos habían intentado raptarla o
simplemente curiosear sobre su vida. En una ocasión, ya adolescente,
dicen que un periodista intentó seducirla para crear un buen
reportaje. Todo quedó en papel mojado: fue arrestado y la condena
fue dura.
Lo curioso del caso es que su padre la
mantenía al margen de todo mal: Su hija debía permanecer en esa
burbuja de entretenimiento sin conocer los peligros: ya se
encargarían sus protectores a la sombra de frenar cualquier posible
escándalo. Para protegerla aún más, lanzaban numerosos rumores
sobre su apariencia de forma contradictoria: llegué a oír desde que
tenía un cabello dorado hasta que su piel era negra como el carbón
y tenía descendencia africana. Después de todo, su madre también
era otra mujer sin rostro, que falleció tan pronto dio a luz.

Después de observar pacientemente descubrí de quién se trataba, quién estaba allí siempre; desde que abrían el parque hasta su cierre. Y fui hipnotizado por su embrujo. Es más: no sólo repetí una vez sino que lo que empezó con una visita mensual, se convirtió con el tiempo en una por semana. Podía estar solo una hora, pero si la veía, ya tenía bastante.
La tradición había durado años, desde que tenía unos 10. Crecimos juntos, pero separados por la distancia invisible de poder hablar, ya fuera por mi timidez o por su indiferencia. Cuando pude tener coche, ya no tuve que soportar los comentarios jocosos de mis padres, por mi insistencia por volver al parque acuático, aún cuando era invierno.
¿Qué cómo era ya? Pues, su pelo no era brillante como el de las
musas de los cuadros renacentistas; tampoco sus ojos eran los típicos
de un ángel. Su piel curtida al sol, su pelo estropeado por los
hombros y sus ojos azabaches ligeramente enrojecidos le daban una
apariencia de lo más humana. Pero su sonrisa...los que presumen de
haber conocido personalmente la enigmática sonrisa de La Mona Lisa
en el museo son unos pobres ignorantes al no haber conocido el
desprendimiento emocional de la chiquilla, que pasado el tiempo, ya
no fue tan chiquilla.
Lo que si notaba era algo llamativo
pero comprensible a la vez: solía estar sola. No frecuentaba la
compañía de otros de una forma muy prolongada. Era muy hiperactiva
y saltaba de atracción a atracción, como si fuese la primera vez
que pisara ese lugar; era una gacela sin aparente dueño, un colibrí
persiguiendo una gota de rocío.
Siempre quise hablar con ella pero
sabía que era imposible. El destino y por supuesto su voluntad hizo
que fuera viable: ella lo decidió.
Transcurría el mes de agosto y la afluencia de visitantes se había incrementado incluso más que en julio. Como era mi costumbre, volvía al parque: me relajaba ver el optimismo de aquella zona recreativa y de paso, podía echar un vistazo, a ver si la veía. Me preocupaba de que lo mío se estuviese convirtiendo en una obsesión. Pero ya no lo hacía solo por ella: era el ambiente que se respiraba, el ver ese montón de desconocidos olvidarse por un momento de sus problemas para poder experimentar tanto un poco de adrenalina como de una dosis de relax. O eso era lo que me repetía, para acallar mi inseguridad a la hora de valorar mis actos.
Transcurría el mes de agosto y la afluencia de visitantes se había incrementado incluso más que en julio. Como era mi costumbre, volvía al parque: me relajaba ver el optimismo de aquella zona recreativa y de paso, podía echar un vistazo, a ver si la veía. Me preocupaba de que lo mío se estuviese convirtiendo en una obsesión. Pero ya no lo hacía solo por ella: era el ambiente que se respiraba, el ver ese montón de desconocidos olvidarse por un momento de sus problemas para poder experimentar tanto un poco de adrenalina como de una dosis de relax. O eso era lo que me repetía, para acallar mi inseguridad a la hora de valorar mis actos.
Entonces ella se me acercó. Pensé que se trataba de un espejismo. Permanecía recostado en la tumbona que daba a una gran piscina. La silueta dibujada mientras el sol cuidaba su espalda hacía que me resultara muy difícil ver la expresión de su rostro.
Se agachó y se puso a mi altura,
mientras yo me incorporaba con cierta perplejidad.
-Eres...¡Eres tú!
Qué parquedad de palabras me salen cuando el nerviosismo se apodera de mí.
Su cándida mirada hizo que mi tensión desapareciera de golpe.
-Eres...¡Eres tú!
Qué parquedad de palabras me salen cuando el nerviosismo se apodera de mí.
Su cándida mirada hizo que mi tensión desapareciera de golpe.
Y fue entonces cuando pude visionar
levemente el alcance de sus pensamientos...y jamás podré olvidarlo.
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA.
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA.
sábado, 18 de agosto de 2012
El porqué
El grito desesperado de Janet sobresaltó a todo el local. La joven temblaba e histéricamente miraba hacia el suelo, agarrándose el pelo como si estuviera a punto de arrancárselo de un momento a otro. De pronto, salió corriendo a la calle, dónde no pudo aguantar más y vomitó de manera convulsiva en la acera.
Sus amigos hicieron un amago de ir apresuradamente hacia la puerta para comprobar que le ocurría, pero Albert se adelantó:
-¿Estás bien?
Janet no contestó.
-¿Te encuentras bien?-insistió.
-No más preguntas.
-¿Disculpa?
-¡No más preguntas!
Janet se puso a llorar, no de forma escandalosa, sino con un ligero gemido, como cuando un gato ha sido abandonado de la camada y empieza a tener hambre.
-Juzgo. Lo juzgo todo. Las pocas cosas que deseo en seguida las pongo en duda. Ya no sé lo que me gusta y lo que no. No entiendo esos términos. No me preguntes si la última película que ví me gustó porque se me hace imposible. Estoy tan obsesionada intentando descomponer cada término para ver si lo entiendo y comprobando todo a ver si mi pensamiento es lo suficientemente lúcido como para poder analizarlo que algo como mis preferencias personales se quedan en un concepto vacío sin respuesta. Ya no siento. Sólo soy alguien en busca de formulaciones éticas.
-¿La ética tiene formulación?
-Tengo tanto miedo. Estoy cansada de intentar definir quién soy. Me siento incapaz dejarme llevar. Sólo puedo definirme como terrible.
-No eres terrible.
-¡No lo sabes! Estoy tan confundida que últimamente he hecho un montón de cosas horribles por dejarme llevar. Digo lo que la gente creo que quiere que diga. Y no sé si están bien o mal. Veo los acontecimientos como meras escenas y estoy tan pendiente de comprender los detalles con comprobaciones que no soy capaz de sacar un juicio global al respecto. La simple idea de intentarlo hace que piense que no lo voy a lograr. Por lo tanto hace que últimamente mi vida sea de lo más caótica y que haga cosas contradictorias, generando una actitud que hace un par de años habría sido impensable para mí. Analizo cada detalle, por meramente automático que sea para muchos y siempre intento sentir lo que se supone que debería sentir en un momento determinado, generando una actitud robótica y artificiosa. Mi vida es pura tensión constante y de lo único que pienso cuando una emoción auténtica cruza mi mente, es de escapar.
-Pero...¿De qué tienes miedo?
-Hubo una época que creía en Dios. Hasta que llegó un momento que me costó seguir creyendo en él. Hubo una época en la que creía que mis padres y en general los adultos velaban por mí y que sabían más que yo, por lo que me relajé. Pero ahora soy adulta. Soy una adulta con una mente solitaria con un grupo de adultos solitarios y abandonados, que creen no obstante tener un sentimiento de colectividad ilusorio. Mi cerebro está solo. Si alguna vez le pasa algo, no podrán ayudarme. La interpretación de la realidad depende de mí en todo momento. Todo lo que es llamado "entendimiento" es mi mente. ¿Y si falla? ¿Quién va a ayudarme? Estoy sola. Nací sola. Moriré sola. Y sé que estoy mezclando otra vez "realidad" con "interpretación" siendo dos caras de la misma moneda, al hablar de un concepto tal como la soledad ¿Ves lo que te digo? Esto es una locura. A veces solo desearía que alguien me protegiera, que alguien me jurara que todo va a salir bien. No puedo soportar tanta alerta. Ya no puedo juzgarme más. Ya no puedo estar tan pendiente de la mente de los demás hacia mi persona. Estoy cansada de estar obsesionada con mi propio proceso metacognitivo. Estoy muy cansada, muy cansada...- Janet lloró esta vez más desesperadamente.
-Confía en mí.
Janet frenó en seco.
-¿Cómo?
-Confía en mí. No puedo prometerte grandes cosas. Pero solo te diré una cosa: Yo jamás te voy a juzgar.
-¡Todos juzgan, todos juzgan, todos juzgan!-Janet movía de un lado a otro la cabeza-tu interpretación de la realidad genera un procedimiento crítico. Por mucho que busques la objetividad, la objetividad no existe, salvo aquella que tiene una validación compuesta por un grupo grande de personas. Y tampoco sé si esto que estoy pensando es correcto, porque yo dudo de cada idea que cruza mi mente y...
-¡Eh, escúchame! Haré todo lo posible, todo lo que esté en mi mano para no juzgarte nunca.-Albert acercó su cara a la de ella y la miró penetrantemente a los ojos mientras agarraba sus hombros.
-¿Por...por qué harías eso?- a Janet le temblaba el mentón, conteniendo otro torrente de lágrimas próximo.
-Porque...porque te quiero.
Sus amigos hicieron un amago de ir apresuradamente hacia la puerta para comprobar que le ocurría, pero Albert se adelantó:
-¿Estás bien?
Janet no contestó.
-¿Te encuentras bien?-insistió.
-No más preguntas.
-¿Disculpa?
-¡No más preguntas!
Janet se puso a llorar, no de forma escandalosa, sino con un ligero gemido, como cuando un gato ha sido abandonado de la camada y empieza a tener hambre.
-Juzgo. Lo juzgo todo. Las pocas cosas que deseo en seguida las pongo en duda. Ya no sé lo que me gusta y lo que no. No entiendo esos términos. No me preguntes si la última película que ví me gustó porque se me hace imposible. Estoy tan obsesionada intentando descomponer cada término para ver si lo entiendo y comprobando todo a ver si mi pensamiento es lo suficientemente lúcido como para poder analizarlo que algo como mis preferencias personales se quedan en un concepto vacío sin respuesta. Ya no siento. Sólo soy alguien en busca de formulaciones éticas.
-¿La ética tiene formulación?
-Tengo tanto miedo. Estoy cansada de intentar definir quién soy. Me siento incapaz dejarme llevar. Sólo puedo definirme como terrible.
-No eres terrible.
-¡No lo sabes! Estoy tan confundida que últimamente he hecho un montón de cosas horribles por dejarme llevar. Digo lo que la gente creo que quiere que diga. Y no sé si están bien o mal. Veo los acontecimientos como meras escenas y estoy tan pendiente de comprender los detalles con comprobaciones que no soy capaz de sacar un juicio global al respecto. La simple idea de intentarlo hace que piense que no lo voy a lograr. Por lo tanto hace que últimamente mi vida sea de lo más caótica y que haga cosas contradictorias, generando una actitud que hace un par de años habría sido impensable para mí. Analizo cada detalle, por meramente automático que sea para muchos y siempre intento sentir lo que se supone que debería sentir en un momento determinado, generando una actitud robótica y artificiosa. Mi vida es pura tensión constante y de lo único que pienso cuando una emoción auténtica cruza mi mente, es de escapar.
-Pero...¿De qué tienes miedo?
-Hubo una época que creía en Dios. Hasta que llegó un momento que me costó seguir creyendo en él. Hubo una época en la que creía que mis padres y en general los adultos velaban por mí y que sabían más que yo, por lo que me relajé. Pero ahora soy adulta. Soy una adulta con una mente solitaria con un grupo de adultos solitarios y abandonados, que creen no obstante tener un sentimiento de colectividad ilusorio. Mi cerebro está solo. Si alguna vez le pasa algo, no podrán ayudarme. La interpretación de la realidad depende de mí en todo momento. Todo lo que es llamado "entendimiento" es mi mente. ¿Y si falla? ¿Quién va a ayudarme? Estoy sola. Nací sola. Moriré sola. Y sé que estoy mezclando otra vez "realidad" con "interpretación" siendo dos caras de la misma moneda, al hablar de un concepto tal como la soledad ¿Ves lo que te digo? Esto es una locura. A veces solo desearía que alguien me protegiera, que alguien me jurara que todo va a salir bien. No puedo soportar tanta alerta. Ya no puedo juzgarme más. Ya no puedo estar tan pendiente de la mente de los demás hacia mi persona. Estoy cansada de estar obsesionada con mi propio proceso metacognitivo. Estoy muy cansada, muy cansada...- Janet lloró esta vez más desesperadamente.
-Confía en mí.
Janet frenó en seco.
-¿Cómo?
-Confía en mí. No puedo prometerte grandes cosas. Pero solo te diré una cosa: Yo jamás te voy a juzgar.
-¡Todos juzgan, todos juzgan, todos juzgan!-Janet movía de un lado a otro la cabeza-tu interpretación de la realidad genera un procedimiento crítico. Por mucho que busques la objetividad, la objetividad no existe, salvo aquella que tiene una validación compuesta por un grupo grande de personas. Y tampoco sé si esto que estoy pensando es correcto, porque yo dudo de cada idea que cruza mi mente y...
-¡Eh, escúchame! Haré todo lo posible, todo lo que esté en mi mano para no juzgarte nunca.-Albert acercó su cara a la de ella y la miró penetrantemente a los ojos mientras agarraba sus hombros.
-¿Por...por qué harías eso?- a Janet le temblaba el mentón, conteniendo otro torrente de lágrimas próximo.
-Porque...porque te quiero.
viernes, 13 de julio de 2012
Disociación
Ayer se definió como agua y se justificó diciendo:
No puedes contener agua en una reja, a menos que esta se hiele por completo.
Hoy se da cuenta que enteramente no es agua y se pregunta:
Si la parte líquida se separa de la sólida escurriéndose por los barrotes ¿la parte sólida acabará en su encierro transformándose el polvo?
No puedes contener agua en una reja, a menos que esta se hiele por completo.
Hoy se da cuenta que enteramente no es agua y se pregunta:
Si la parte líquida se separa de la sólida escurriéndose por los barrotes ¿la parte sólida acabará en su encierro transformándose el polvo?
Bisagra
Anoche estuve mirando la puerta del bar
continuamente. Esperando que alguien se manifestara. Las
posibilidades de que esto ocurriera eran prácticamente nulas, pero
no perdí la esperanza ni un segundo. No era una persona en
particular pero sabía que si esa presencia abría la puerta del bar,
me daría cuenta, lo detectaría al vuelo.
Eché de menos ese ser que podría haber hecho la noche perfecta. Esa persona conocida que sin embargo me cuesta ponerle un rostro definido. Aquella que todos sabemos quién es pero que nadie recuerda el nombre ni el color de su voz. La misma que hizo que cada ondulación de mi pelo se definiera para romper con la jaula de angulosas esquinas. Y entonces... al salir vi mi reflejo de refilón en un vaso. Y lo entendí todo, aliviada.
Eché de menos ese ser que podría haber hecho la noche perfecta. Esa persona conocida que sin embargo me cuesta ponerle un rostro definido. Aquella que todos sabemos quién es pero que nadie recuerda el nombre ni el color de su voz. La misma que hizo que cada ondulación de mi pelo se definiera para romper con la jaula de angulosas esquinas. Y entonces... al salir vi mi reflejo de refilón en un vaso. Y lo entendí todo, aliviada.
domingo, 17 de junio de 2012
Admitir
Errores. Demasiados errores.
Me lo merezco. Esta grotesca ciudad holográfica es solo obra mía.
Ahora...tengo que empezar a reconstruir. Intentaré derrumbar el menor número de torres posible.
Me lo merezco. Esta grotesca ciudad holográfica es solo obra mía.
Ahora...tengo que empezar a reconstruir. Intentaré derrumbar el menor número de torres posible.
martes, 5 de junio de 2012
Rodeando el laberinto.
Jorge era un hombre ciego que vivía en
un humilde barrio y que, como cada día, daba su paseo matinal. No
obstante, la dirección de hoy era diferente a la de otros días: se
había enterado, por su hermano mayor Matías, que había una mesa
redonda sobre un tema muy interesante. No le había dicho que tema en
concreto era. Pero aseguró que la temática era para gente muy
intelectual y “conocedora de mundo”. Se mofó de Jorge, diciendo
que una mente tan carente de miras (odioso el juego de palabras por
cierto) sería incapaz de enterarse ni de una palabra de ese
encuentro de opiniones.
Él sabía como llegar al Centro
Cultural El Duque, pues se conocía cada posición de los setos y
farolas de su entorno cercano y, con ayuda de su bastón y unas meras
aproximaciones mentales, no tuvo dificultad alguna.
Una vez en la sala principal, intentó
con el bastón buscar la 2ª puerta a la derecha. Había ya asistido
un par de veces a ese centro, pero no se acordaba mucho y no le
apetecía pegar un par de gritos para que alguien le diera las ceñas
necesarias para situarse.
Sus cálculos no fueron los esperados:
se tropezó con una mesa. Al tacto se dio cuenta de que encima de
ella había algo: auriculares. Varios cascos auriculares
inhalámbricos. De fondo podía oír unos murmullos. ¡Realmente no
iba tan desencaminado! Simplemente se había desviado un poco hacia
la izquierda. Volvió a tocar los aparatos. Curioseando cogió unos y
se los puso en los oídos. Le pareció escuchar más claro y alto los
murmullos que habían a través de la puerta. ¡Claro! Eran
auriculares para no perder detalle de lo que se dijese en la mesa
redonda. Cogió unos sin dudarlo.
Abrió la pesada doble puerta y se
introdujo discretamente. No le fue difícil encontrar asiento
próximo; posiblemente muchos hubiesen preferido ver en un plano más
cercano a los asistentes, pero para él eso no era un problema. Le
sorprendió que varias personas estaban hablando a la vez. Era
difícil de entender. De repente, uno de los presentes levantó la
voz por encima del resto:
-¡Voy a decir cosas rimbombantes! ¡Voy
a emplear palabras raras que hagan al público enmudecer! Escuchadme,
escuchadme. ¡Existo! ¡Existo, miradme, miradme!
Después, su voz se perdió entre la
suciedad auditiva permanente.
Jorge frunció el ceño ¿Qué se
supone que era todo esto? La voz de una señora fue la que ahora se
hizo oír:
-Levanto la cabeza, asiento lentamente
mientras escudriño la mirada para darme una porte de entendimiento.
Así, así, muy bien. Que parezca que lo estoy escuchando. Me toco el
pelo sensualmente para ver si le distraigo un poco. Pestañeo doble
por mi parte...¡ajá! Veo reacción en su cara.-la voz de la mujer
fue bajando en intensidad hasta perderse entre las demás voces de
nuevo.
Jorge no salía de su asombro. Pero
estaba deseoso de oír la siguiente voz por encima del resto, cosa
que no tardó mucho en presenciar:
-Tengo razón. ¡Vaya que si la tengo!
Joder, esto es la puta realidad. La gente es una inconsciente ¿Cómo
no se puede dar cuenta de esto? Me dan unas ganas de prenderle fuego
a todos esos idiotas que se atreven a llevarme la contraria.
¡Inconscientes, que lo son! A Dios doy gracias por otorgarme esta
lucidez que me caracteriza.
El ciego se rascó la cabeza. Pero a su
vez sintió un poco de orgullo y amor propio al estar entendiendo lo
que se decía. ¿O quizás tenia otro sentido oculto, metafórico o
en clave? Puede que las jergas bohemias habían llegado a unos
límites de pura incomprensión para él. Siguió prestando atención:
-Tengo miedo a errar con lo que pienso.
¿Cómo debería responder? ¿Y si me vuelvo tonto de golpe? Tengo
que demostrarme a mí mismo que mi mente funciona con cordura. Pero,
Dios, es tan agobiante esto. Debería centrarme en lo que estoy
hablando y no en el proceso de lo que debo pensar para poder hablar.
No lo soporto. Me siento tan solo, tan bicho raro. ¿Y si me centrara
en ese pensamiento de sentirme bicho raro para una conversación
posterior que me hiciese sentirme más acorde mente-palabras? Pero
claro, esto que acabo de pensar es un pensamiento que ha tenido un
proceso de...¡¡Aaaaaah, por Dios!!
Ahora estaba claro que eso no era una
mesa redonda sino una obra de teatro. Tenía que serlo. Pero no había
nexo entre los participantes. Parecía como si no se escucharan entre
ellos. ¡Qué poca delicadeza! Otra voz sobresalió:
-¿Cómo era esa canción que oí en la
radio al venir? Esto...¡Sí, coño! Que lo tenía en la punta de la
lengua. Joder, con el plasta ese hablando ahora no me acuerdo. Era
algo así como “sorry but I love you, baby...”¡Diablos, no no
era así! ¿Por qué la mayoría de las canciones ochenteras y
noventeras tienen un “baby” de por medio?
A pesar de lo entendible, el desorden era evidente y el caos interpersonal empezaba a atosigarle. Jorge desisitió de seguir allí y salió de la sala
como pudo. Se quitó los cascos y los depositó en la zona dónde
estaba situada la mesa. Notó un golpe secó. Tanteó. Había botado
los cascos al suelo: la mesa ya no estaba. Volvió a tantear para
reencontrar los auriculares. Los cascos...tampoco se encontraban ya.
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