sábado, 3 de diciembre de 2011

Cielo fundido


Recuerdo esos anocheceres en los que frecuentaba estar apagada. Cogía mi discman e iba a la plaza que está al lado del auditorio. Por aquel entonces esa plaza solía estar desierta, salvo por algún transeúnte osado que paseaba a su perro, saliéndose de la rutina con aires de suficiencia innovadora. Me encantaba ver el mar que se divisa desde allí. Me asomaba al murito y podía ver el agua. Era una presencia tranquila, siempre estaba en calma. En los momentos en los que el mar puede actuar con todo su esplendor de olas, es un señor que grita imponiendo su presencia, con fortaleza y bravura. Cuando el agua está tranquila, cambia de género, siendo una mujer tranquila que te mira con complacencia y cariño. Son un matrimonio que se manifiesta dependiendo el movimiento.

Me sentaba con las piernas hacia el mar y lo contemplaba, totalmente hipnotizada. Escudriñaba la mirada y observaba más allá del fondo. Quizás buscando una solución en el fondo de las aguas, que en ocasiones de tornaban tan turbias que desesperanzaban el intento con sólo un vistazo.

Volvía a poner la canción número 12. Mientras a nivel externo sólo se percibía unos cascos recitando su discurso entonado, mi cabeza estaba imaginando historias. Historias que concordaban en acción con cada fragmento de la melodía; que hablaban de príncipes y princesas, de mujeres que luchan por salir adelante, de ninfas que tocan la luna y de manos que inundan de calor otras más frías. Y visualizaba estas narraciones cómo una película, en la que la parte más intensa de la canción correspondía con fuegos artificiales, rayos dorados que inundaban todo mi ser y ríos fluyendo después de grandes sequías.

Me echaba boca arriba y contemplaba el cielo. Siempre me ha recordado a una manta gigante, que nos envuelve y nos refugia de un mundo más allá de él mismo, cómo si no estuviéramos preparados aún para tanta complejidad y nos estuviese poniendo un filtro de protección infantil.

Y, mi consejero-el viento-, hacía su aparición estelar, preguntando. ¿No habéis notado cuando el viento pregunta? Su intensidad no tiene nada que ver con la fuerza del viento; a veces las preguntas más insistentes son los más dulces susurros, esos que hacen que los pelos de la nuca se ericen. Pero hay veces que no hace falta contestar a sus preguntas. Respondes con una mirada y todas las dudas se le disipan, soplando de manera diferente, en señal de haberlo entendido.

Es entonces cuando cierro los ojos, aún estando boca arriba en el borde del mirador y deposito mis manos en mis brazos. “A un lado está el mar, al otro la tierra. A un lado está la seguridad, al otro lo indefinible, lo bello pero a la vez que peligroso. Un movimiento brusco y no habrá vuelta atrás”.

He de decir que, en esos momentos, nunca me planteé girarme hacia las aguas. Puede que hubiese quedado muy bonito en una novela trágica, pero estamos hablando de unos sucesos que ocurrieron en la vida real, y la chica que se hubiese planteado su muerte en las profundidades marinas no sería yo. No obstante, sí podía casi rozar la muerte con mis dedos, la muerte de una chica que no había aprendido a nadar hasta la fecha. Los cambios más drásticos estaban en la palma de mi mano. Cada vez que lo hacía volvía a sorprenderme, era increíble cuanto poder de decisión había en un simple movimiento. Podía permanecer un buen rato sopesando las diferencias, con respeto y sin perderme detalle alguno de las sensaciones que me trasmitía. Volvió a acabar la canción número 12.

Me incorporaba, con la vista y mis extremidades hacia tierra y con energía tocaba mis pies en el duro suelo, generando un sonido hueco. Echaba un último vistazo al mar, vislumbrando una sonrisa sincera en lo que dejaba atrás. Y yo era extrañamente feliz. Volvía a casa.