
Me encantaba obtener la aprobación y
alabanzas de mis profesores y compañeros de clase. Escribía relatos
ocurrentes y conseguía ganar algún que otro premio de literatura
infantil.
Según mi concepción, mi imaginación
no tenía límite alguno. Era cómo un poder sobrenatural que no
atendía a las leyes de la física, que se nutría de una energía
extrasensorial y que fluía en mí cómo una conductora,
manifestándose en el exterior.
Conservo un diario que escribía cuando
tenía 8-10 años. En él no paro de quejarme de cuando las cosas me
iban mal, de aquel niño que me gustaba y que no me hacía caso...Y
hablaba que todo eso se difuminaba porque era portadora de un don
creativo maravilloso que muy pocos tenían (¡chincha revincha!).
¿Engreída? ¿Vanidosa? ¿Arrogante? No de manera manifiesta, pero de manera implícita en ese aspecto concreto, sí. Para algo que se me daba bien... ¿Exagerada? También, también. :P
El problema surgió cuando empecé a
tener miedo ¿Y si mi poder, aquel que me hace ser especial, lo
pierdo? ¿Quién seré entonces? Cuando me surgió este miedo, me
sentí incapaz de crear. Mi poder no me reaccionaba. Estaba tan
pendiente de comprobar si mi creatividad funcionaba que no podía
funcionar.
Esto me recuerda a una entrada que escribí aquí hará un par de años. En ella comentaba mi problema
al hablar (todavía me pasa algunas veces, qué putada XD), teniendo
a menudo problemas para comunicarme coherentemente cuando estoy pendiente
del propio procedimiento de hablar.
En este caso, el proceso divertido de
crear se había convertido en una prueba autoevaluativa de ver si
conservaba mi potencial. Sin pasión no hay creación. Esto que
parece una auténtica gilipollez, no lo es en absoluto. Los miedosos
crean leyes generales absolutistas para aplicarlas en todos los casos
y controlar la realidad. Pero en el proceso, esterilizan lo nuevo, las
posibilidades. Para un acto creativo escrito, no te sueles ceñir al objetivo de la creatividad en sí mismo; las cosas que más emocionan son aquellas que fueron creadas mientras el creador se emocionaba verdaderamente. Es un
proceso tan enigmático cómo la esencia de la vida; se respalda en
unas normas básicas (las palabras, la estructura escrita) para
configurar algo que en determinados sentidos no tiene barreras, ni
normas. El proceso creativo es hacerle un corte de mangas a lo
establecido para adentrarte en mareas profundas.
Entré pues en una crisis creativa.
Hasta que me mentalicé de que no era creativa. Había perdido el
don. Fue entonces cuando huí de la opinión ajena. Me dijeran lo que
me dijeran siempre era malo:

-Si me decían que un relato mío era una maravilla, al principio me alegraba pero luego salía huyendo, ya que tarde o temprano se daría la persona cuenta de que se había equivocado o que fue un golpe de suerte y no podía soportar su cara de posible decepción (yo creo que es peor una cara de desilusión que una cara de hastío inicial).
Hay que tomar en cuenta que en ningún momento tomaba en consideración la posibilidad de mejorar. Los dones o se tienen o no se tienen. ¡Toma castaña!
Pero, años más tarde, me encaré a la
opinión ajena escribiendo en la red. Las opiniones escritas duelen
menos que las cara a cara. Son sólo personas que escriben
letras unidas, que casualmente tienen un significado. Sin tonalidades
de voz, sin caras raras, sin observar las reacciones ajenas. Una
aportación minimalista de la realidad. La procedencia de esas
palabras quedaba reducida porque me daba tiempo suficiente de
mentalizarme y planear una estrategia mental defensiva para darme
ánimos. Las palabras esperan. Las personas, no.
Pero los concursos de relato ¡Eso es
otro cantar! Seres que se sientan detrás de una mesa con aires de
gran sapiencia, valorando con intensidad tu historia. Se las dan de
eruditos y te adjudican un premio si está a la altura de las
expectativas. Y si no lo está, no te van a decir por qué: Se
limitan simplemente a tirarlo a la basura. Y seamos realistas: cuando envías el
relato no lo envías por motivación intrínseca: Lo envías para ver
si puedes ganar. El objetivo son los otros.
Creo que me da más miedo ganar que perder. Porque me da miedo ilusionarme con algo que la próxima vez será decepcionante. Sin embargo alguna vez me arriesgo. Cuanto más miedo me da, más me arriesgo ¿Que algo me da miedo? ¡Ni de coña! Así fui superando mi timidez en su momento.
Creo que me da más miedo ganar que perder. Porque me da miedo ilusionarme con algo que la próxima vez será decepcionante. Sin embargo alguna vez me arriesgo. Cuanto más miedo me da, más me arriesgo ¿Que algo me da miedo? ¡Ni de coña! Así fui superando mi timidez en su momento.
Bueno, la cosa es que quedé finalista
el año pasado en un concurso de relato corto y hoy recibí la
publicación del librito con el ganador y los finalistas. No me lo
esperaba. Fue un relato improvisado y sin estructuración pensada
previamente.
Yo contaba que me darían sólo un ejemplar para el recuerdo, pero me dieron 25 libritos.

A una amiga le dije que no me dijera si
le gustaba o no; que lo leyera y simplemente me dijera en qué podía
mejorar ¿Por qué le dije eso? ¿Todavía no he aceptado mi problema
con las críticas? Yo creo que, al vincularlo con un concurso, me entró
la vena tonta, pues el tema de los concursos no lo asimilo bien aún.
Y eso que me he presentado a varios concursos ya ¿Todavía con esas?
Raquel, te voy a tirar de las orejas. ¬_¬.
Estoy por decirle que olvide lo que le dije: que opine lo que le dé la gana, sin cortarse un pelo. Y, con respecto a los concursos, voy a presentarme a tantos cómo pueda, hasta que pueda soportar bien el rechazo. Y lo más importante: hasta que pueda soportar bien los premios.
Estoy por decirle que olvide lo que le dije: que opine lo que le dé la gana, sin cortarse un pelo. Y, con respecto a los concursos, voy a presentarme a tantos cómo pueda, hasta que pueda soportar bien el rechazo. Y lo más importante: hasta que pueda soportar bien los premios.