miércoles, 14 de julio de 2010

Vagando


Solsticio de verano ¿Qué me traes a este lado de la pradera? Yo no camino porque vaya a algún lugar. Yo camino porque me llevan, vete a saber dónde, ya lo he olvidado. Primero fui a una casa de acogida. Después fui a ver un hogar abandonado. Luego otro. Luego otro más. Pero ya no las suelo llamar "casas". Son paredes con techo. Una casa implica que tenga un raciocinio y significado sobre lo que implica ese habitáculo. Mi mente está en blanco para tales asociaciones. Es algo oscuro. De oscuridad parcial a oscuridad parcial. Tan simple como eso.

A veces, por un momento, me atrevo a preguntarme a donde voy. Es solo un momento, como si fuera una chispa relampagueante. Y luego vuelvo a mi letargia habitual. Sí, no podría haberlo expresado mejor: letargia. Me cogen de la mano y me guían a mi destino. No tengo que hacer nada.

Las caras que pasan por mi vida se me antojan de sombras, imperceptibles. Demasiado ruidosas para mi gusto eso sí. Desearía a veces que se sumieran en el silencio total, para que la presencia que implican para mí fuera congruente con el sonido que desprenden. Pobres figuras rotas.
A veces, veo una pared y tengo una irresistible tentación de golpearme contra ella. Para ver si puedo salir de este estado de perpetua ceguera. Pero, me pesa tanto el cuerpo, que el hecho de realizar tal acción supone un esfuerzo que no estoy dispuesta a hacer.

Así se debe sentir alguien en el vientre materno ¿no? Dónde existe todo pero a la vez no existe nada. Donde podría moverme o no pero ¿Cambiaría eso algo? O quizás no. Quizás implica también una unión de un hogar, dónde uno se siente seguro. Entonces ni eso. No es que ansíe un hogar. En absoluto. Ni remotamente. Es que ni me lo planteo. Ya no. Hace tiempo que he dejado de plantearme cosas. Sólo vuelvo a la realidad cuando levanto la vista y el sol casi me ciega con sus rayos. Es entonces cuando me doy cuenta, de que hay algo más grande que yo, más grande que una casa, más grande que un pueblo (u otro, u otro, o Dios sabe cuantos pueblos más, en los que yo ya he estado). Cuando pienso que hay algo más grande que todo eso, que es tan influyente pero a la vez, está tan lejos, es cuando siento por primera vez respeto. Y eso, es sentir algo. Por fin.

3 chispas coloridas:

MetaLan dijo...

En este mundo tan banal, lo menos importante son las personas o las cosas. Pero mirar a los cielos y comprender lo que nos rodea es el primer paso. Ser parte de ello y ayudar en su funcion es el ultimo paso. Y hasta que descubramos como, los demas pasos seguiremos inventandolos dia a dia.

Córdoba dijo...

Hay personas que no tienen más hogar que el cielo estrellado. Eso genera una sensación de extrañamiento con los grupos establecidos, con las personas que se sienten seguras y que pertenecen a su grupo de amigos, a su familia, etc. Pero, como tú muy bien has descubierto, perteneces a algo mucho más grande y más inmenso. Y ése es tu verdadero hogar. Besos.

Mente Policromada dijo...

-MetaLan: El camino de la conciencia de nuestro lugar en el mundo necesita un tiempo. Mientras tengamos la oportunidad de inventar los pasos del recorrido hasta nuestra conciencia útlima, tal como dices, nuestra realización como seres humanos será satisfecha en parte, pues ya estamos cada vez más cerca de ese interrogante. ^_^
-Córdoba: Sí, cierto es. Aunque yo no fui a ninguna casa de acogida ni nada por el estilo (esto es un relato), durante un largo tiempo, he sentido que nada es mi "hogar", en el sentido que sentía que no tenía ni voz, ni voto en mi entorno, como si fuera una hojita a la deriba de los soplidos de la gente. Los cambios los decidían otros. Pero, la cosa es, que llegado un momento todo me daba igual. A veces, el hogar de uno no es solo dónde vives. La convivencia de tus propias decisiones pueden ser familiares de tu propio hogar.
Mi madre sentía algo parecido con la casa en la que vivíamos antes. Antes de mudarnos a nuestra casa actual, vivíamos en un chalet en la zona norte. Cuando nos mudamos, ella sentía que lo hizo por obligación, lo que le causaba tristeza y paralización. Estuvo una gran temporada sin hacer nada (salvo trabajar y obligaciones diversas), incómoda, como un pájaro enjaulado Un día, me llamó desde la otra punta de la casa. Recuerdo que era el ocaso. Yo acudí, alarmada por la urgencia e impetú que mostraba. Ella me dijo:
-Raquel, mira el cielo.
Observé sin saber que decir.
Ella me dijo:
-El cielo nunca es dos días seguidos igual ¿Verdad?
-Cierto.
-Pero es el mismo cielo. El mismo que el del chalet. Eso significa...que aunque aparentemente todo esté lleno de cambios, hay algo más grande que permanece. Que hace que, vayamos donde vayamos, estemos en casa.
-Y...ahora solo tienes que acomodar tu casa, que es el mundo.-añadí sonriente.
-Puedo amueblar mi vida. Ya estoy en casa.-fueron sus palabras.
Y así fue.

Publicar un comentario