lunes, 29 de noviembre de 2010

Evaporada

Estaba lloviendo. Ni siquiera tenía paraguas y los mechones de su pelo revuelto caían por su rostro. Podría esperar a que parara. Al menos de esta manera, no sería todo tan absurdamente dramático, cómo sacado de un novela rosa. No. Ahora o nunca.
La luz encendida. Sólo esperaba que su presencia no fuera percibida.
Aún no había escrito nada en la carta. Fue algo que necesitó en el momento. La sensación de un nudo en la garganta que la asfixiaba era algo ya intolerable.
Cada paso era un sufrimiento. Una llaga que rozaba. Ya estaba casi en la puerta. Se sentó en el escalón de la entrada. Cogió el bolígrafo y el papel. Estaba arrugado, húmedo. Un papel cuadriculado, de cuaderno escolar. Mediocre. Cómo aquella noche. La mano le temblaba:

“Supe desde el primer momento que te vi que nunca estarías a mi lado. Eras demasiado bueno para mí. No puedo escuchar ninguna melodía, pues rompo a llorar. Mira lo que me has hecho. Antes vivía en un estado de vacío cerebral y emocional. Era una ignorancia atrevida pero al que le sacaba beneficio utilitario. Pero tú: maldito seas tú. Tú has hecho que descubra que puedo sentir los sentimientos más hermosos jamás imaginados. Y el sufrimiento más horrible al no poder tener la felicidad a mi lado. Verla cómo en un escaparate. Soy esa huérfana que mendiga pan en una esquina. Espero que estés satisfecho.
No sé que me cautivó de ti. Tu mirada penetrantre no creo que sea el motivo. Demasiado simple. Esa seguridad que posees, tampoco. La seguridad siempre me ha atemorizado. ¿Qué es lo que tienes que hace que hasta una sopa de letras se confabule contra mí para generar tu nombre? Sólo sé que cuando te veo, mi corazón grita. Puede que, cómo dijo aquel filósofo “deseamos lo que no poseemos”. Me gustaría creer que, si te consiguiera, no se vería todo tan hermoso. De verdad que sí. Entonces ¿Por qué no me lo creo?

Me temo que jamás volveré a enamorarme cómo lo he hecho contigo. Nunca he rozado tus labios. Nunca te he dicho “te quiero”. Y ahora, ni siquiera por escrito te lo diré, pues el sentido implícito supone ya de por sí un esfuerzo sobrenatural. Yo...”


Arrugó la cara. Una gran cantidad de lágrimas resbalaron por su rostro. Verdaderamente el dolor era insoportable. Arrugó el papel con fuerza. Esperó unos segundos, aguantando de nuevo el peso de la agonía, mordiéndose el labio inferior. Alisó el papel. Estaba gran parte escrito. Sólo faltaba un huequito en blanco. Rompió el papel dejando sólo ese cachito de papel sin escribir en sus manos. Miró hacia el cielo, cómo pidiendo fuerzas:

“Felicidades en tu boda”.

Firmó, con esas características iniciales diminutas, cómo la presencia que tenía en el mundo. Lo puso debajo de la puerta. El resto del papel lo guardó en el bolsillo. Sus sentimientos no tuvieron ni siquiera la oportunidad de salir del cascarón. Se alejó con el mismo paso abatido con el que había llegado.

7 chispas coloridas:

marco dijo...

Muy bueno raque me a gustado.

Mente Policromada dijo...

Me alegro. :)

Cristo dijo...

¿Crees que mas adelante volvera a amar a alguien mas completamente?

Mente Policromada dijo...

Tal vez. Es difícil saberlo, a la vez que también lo es cuál es el punto máximo que una persona es capaz de amar. Un misterio. Despues de todo, hay cosas que escapan a nuestro control.

Cristo dijo...

Segun mi experiencia no hay techo, quizas las personas llegan a un punto maximo pero estoy seguro que siempre hay un mas arriba. Muy bonito tu relato, me ha gustado mucho, con un final sorprendente.

nicol dijo...

hola

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Un saludo.
c

Mente Policromada dijo...

aaah...¡ok!

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