jueves, 24 de febrero de 2011

Cazatesoros

Principios del Siglo XVIII, zona costera, verano.

-Una pregunta ¿por qué todos los mapas legendarios tienen un tono amarillento? ¿No hay ningún mapa que tenga una calidad reciente?

- Si fuese reciente su creación, no se llamaría “mapa legendario”.

-....

-...Aunque este lo hice yo hace pocos meses.

-¿¡Qué!?

-Creía que así despertaría más tu interés. Muy logrado ¿verdad?

-¡¡Pero que coño estás diciendo!! ¡Me prometiste un tesoro!

-Y es cierto. Tendrás un tesoro. Es sólo que necesitaba a un marinero que me acompañara en mi aventura. Y digamos que había que “decorar” un poco los datos para que fueran más atractivos a la vista. Un vendedor de ultramarinos viejo cómo yo cuenta muchas historias, tiene muchos conocidos, pero, cuando se presenta una ocasión cómo esta, todo el mundo le da la espalda. Tienen su vida hecha, sus familias les atan a la costa y su necesidad de aventura se ha apagado.

-¿Y me viste con tan poca falta de motivación en la vida cómo para persuadirme?

-No. El anuncio lo puse para todo el mundo. Tú lo elegiste. Tú te has delatado solito.

-Esto es indignante.

-¿No me has oído, jovencito? Tendrás tu tesoro.

-Pero el mapa es una farsa ¡Lo has hecho tú, seguro!

-Premio. Pero créeme, hay un tesoro.

El joven marinero refunfuñó y maldijo por lo bajo, pero siguió al anciano, que iba cargado con un par de palas y una sonrisa. Su ímpetu y energía podrán haber dejado asombrado a cualquiera, teniendo en cuenta la escuálida complexión que poseía.

Sólo habían navegado hasta un islote cercano a la costa. Pero para el marinerito había sido toda una azaña, pues su superior jamás lo sacaba a alta mar: permanecía limpiando los barcos cuando embarcaban y ayudando a cargar la mercancía de importación-exportación, así que lo de “marinero” era un decir, pues lo de “mar” casi que sobraba. A pesar de tener un padre conocido cómo Gran Capitán, el hecho de marearse a la más mínima era toda una deshonra.

Dejando una muy desgastado bote atrás, se adentraron entre la maleza. Fue entonces cuando el jovencito se dio cuenta.

-Espera....¿No es en este islote dónde enterraron a más de una docena de muertos, hace ya bastantes años?

-De repente tus dotes de geografía se avispan. Te felicito por ello.

La maquinaria mental de chaval, al igual que su ritmo de voz, se aceleró:

-¡Vamos a profanar tumbas! ¡Iremos derechos al Infierno! Madre tenía razón: esto no era una buena idea.

-¿Aún siguiendo los consejos de la que te parió? ¡El día que dejes de hacerlo, te saldrá al menos algo de pelusa en esa cara deslavada que tienes!

Pararon en seco. Habían llegado. Ni lápidas, ni un cartel ni nada. Pura intuición que aquí estuvieran un grupo de cadáveres en fase parcial o total de descomposición. ¿Era sugestión o el joven Martin podía oler cierto tufillo mortecino?

Cómo de un perro a punto de marcar el territorio, el viejo dio rodeos entre cada pequeño sector de la zona hasta que se paró en una parte concreta de la parcela, dónde empezaban a crecer algunos tímidos hierbajos.

-Aquí.

Contrariado, Martin comenzó a cavar. Comenzó y continuó. Porque la cosa estaba más onda de lo que había imaginado. Algo duro paro la pala. ¿Buena señal?

Un ataúd ¿Cómo no?

-Es...el tesoro.- los ojos del vendedor se abrieron tanto que Martin temió que alguno saliera disparado de la cuenca de un momento a otro.

El  ataúd fue abierto. El chico se quedó sin respiración.

La joven más bella jamás vista se encontraba allí. Su tez era tan pálida y suave que sería la envidia de la porcelana, si esta tuviera conciencia. Sus cabellos eran negro ébano, y era tan sedoso...Vestía con un hermoso camisón rosa pálido. Su expresión era serena, aunque seria. No olía a muerte. Olía a jazmines. Cómo esos que su madre traía los domingos del mercado y depositaba en un jarrón en el salón. Los jazmines duraban sólo unos días, antes de que perdieran sus pétalos. Pero aquella joven no había perdido ni uno ¿O sí?

Estaba tan fascinado el joven que tardó en darse cuenta que el anciano se estaba quitando la ropa....¡Un momento! ¡¡¡Se estaba quitando la ropa!!!

-¡¡¿Pero que haces, pedazo de animal?!!-bramó escandalizado- ¿Vas a practicar la necrofilia con esta hermo....ehmmmm....con esta señorita? ¡Debería darte vergüenza, viejo!

Sebastián lo miró con ojos llorosos y una amplia sonrisa:

-Si me disculpas...desearía un poco de intimidad. Será cuestión de un momento.

Horrorizado a más no poder, el joven salió corriendo, sintiéndose embaucado por un viejo verde que ultrajaba el respeto por la muerte, con acciones tan grotescas cómo esas. Pues ahí se quedaba el anciano, él volvía a su casa. Sólo de visualizar esa encorvada y arrugada figura...

Fue entonces cuando oyó a lo lejos:

-¡Martin! ¡Martin! ¡Ya puedes venir!

-¡Ni lo sueñes, viejo vicioso!-chilló-¡Lo que acabas de hacer tardaré años en borrarlo de mi mente! ¡Felicidades, viejo!

-Te prometo que todo tiene una explicación. Ven y si aún cuando vengas no estás satisfecho, te dejaré irte sin problemas.

Eso de “satisfecho” le revolvía un poco el estómago, pero dejando a un lado su adolescente mente sucia, caminó con gran pesadez hacia el punto en el que se encontraba su compañero de aventuras.

Asombrosamente, el viejo ya se había vuelto a vestir (¡qué rapidez, aunque un tanto que mejor!) y Martin le dedicó una mirada de desconfianza.

-Observa el milagro.- Sebastián señaló a la mujer, cuya postura había cambiado ligeramente, pero mantenía su belleza habitual, en un estado inmóvil.

Entonces lo vio: los labios de esa hermosa figura se movieron suavemente, hasta alcanzar una dulce sonrisa. ¡No podía ser! No sabía que le daba más miedo: que una difunta estuviera moviéndose o el motivo por el que se había movido ¿Qué clase de artillería pesada había usado el viejo?

Segundos después, el proceso fue muy rápido: la joven empezó a descomponerse a una velocidad insólita. Su cara, su pelo, su cuerpo: Estaba presenciando una parte del ciclo de la vida y estaba a punto de darle un patatús del susto. Finalmente, quedó reducida a un montón de polvo.

Martin quería decir algo. Quería preguntar muchas cosas. Pero sus palabras quedaban atascadas en la garganta, por lo que le era imposible pronunciar lo más mínimo. El anciano depositó una mano en el hombro del chico y con una tierna sonrisa le dijo:

-Mi futura esposa murió de una extraña enfermedad hará ya 45 años. Ella tenía mucho miedo a los hombres no quería que ninguno la tocase. Sólo después de conocerme y de pasar largos años juntos, me dijo que quería unirse a mí. Realmente no hice nada. Simplemente no la presioné.

Martin escuchaba en silencio, sin dejar de mirar a los ojos del anciano.

-Ella deseaba experimentar esa sensación que nunca había sentido, que algún hombre llegase a tocarla, a rozarla y sentir a alguien dentro de ella. Nos comprometimos y empezamos los preparativos de la boda. Pero lo máximo que pude hacer fue cogerle la mano. Antes de morir. Fue muy precipitado. Al parecer estaba enferma desde hacía tiempo. No me lo había dicho. Cuando me enteré, estaba a punto de dar su último suspiro. En aquel entonces viajaba bastante, buscando nueva mercancía para mi tienda. ¡Tonto de mí! Antes de morir, me dijo: “ de lo único que lamento en esta vida es de no haberme unido a ti”.

-Puede que lo hubiese dicho en sentido figurativo-interrumpió Martin- ya sabes, a nivel de matrimonio.

-Quizás. Pero este saco de huesos que te está hablando piensa que la unión física también es importante. Somos animales, Martin. Somos animales. Algún día descubrirán que verdaderamente lo somos. No tengo un cura para unirnos en matrimonio. Ningún párroco permitiría la unión de una difunta que no termina de descansar en paz y un pobre anciano que ha perdido la ilusión por casi todo. Fue la única manera que se me ocurrió.

-Parece que funcionó.

-Sí. Y ahora viene tu tesoro. Pues el mío ya casi lo he recibido.

-¿Mi tesoro?

Sebastián le entregó un sobre bastante grueso.

-Jovenzuelo....gracias.

Sebastián sacó un puñal y antes de que Martin pudiese impedirlo, el vendedor de ultramarinos, el señor de los sueños ya cumplidos; se lo clavó a la altura del cuello, en una zona dónde la muerte estaba asegurada.

Martin corrió a socorrerlo, pero Sebastián lo paró con un gesto.

-¡No! Déjame....déjame morir. Prosigue tu camino. Si sales ahora, llegarás al pueblo antes del anochecer.

Martin bajó la cabeza. Estaba en estado de shock. Dio la vuelta y empezó a alejarse lentamente, sin saber a ciencia cierta si estaba haciendo lo correcto. Mientras caminaba abrió el sobre. Dejó de caminar. Dentro habían unos papeles de certificación: Sebastián cedía la pertenencia de la tienda de ultramarinos a Martin.
 Cuadro: El bote (Jorge Duarte Diaz)

4 chispas coloridas:

Cristo dijo...

...¬¬U

Mente Policromada dijo...

Lo sé. Es un relato raro y un pelín grotesco. :P

rainman dijo...

Es interesante, me gusta la idea de la mujer que no puede descansar en paz, aunque la causa y el resultado sean un poco chocantes xDD

La ambientación está muy bien.

Mente Policromada dijo...

jejejej.
Lo cierto es que empecé a escribirla sin saber cómo acabaría. Fuí la primera que se sorprendió del resultado.jejeje
Y he de decir que me he reído mucho escribiéndolo. Necesitaba una ducha de agua fría cómo esta. :)

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