domingo, 1 de abril de 2012

Difracción


Cuando tenía 10 años, me perdí en el monte ese que puedes divisar desde la azotea de tu casa, el de los pinares secos. Recuerdo que corrí entre los árboles por mero aburrimiento y cuando me di la vuelta, ya no veía a mis padres y tampoco recordaba el camino de regreso. Por no ver, no veía ni el sendero por el que se supone que tendrían que pisar mis pies. En vez de quedarme quieto y esperar a que me encontraran, seguí caminando lo que se supone que había caminado, con la esperanza de ver algo conocido. A pesar de que la situación podía ser algo tensa, yo extrañamente permanecía muy tranquilo.

Después de estar perdido durante un par de horas, encontré a una joven que contemplaba algo entre la hierba. Ella era pálida como la nieve y el Sol se reflejaba en su piel de manera que parecía que tenía luz propia. Permanecía agachada, como ausente. Sin esperármelo, de pronto se levanta y me mira, con sus ojos azules como el hielo y una sonrisa tan cálida como esa melodía de piano que suena cada mañana desde la casa de tus vecinos.
-¿No es maravillosa?
-¿El qué?
Señaló entre la maleza. Había un montón de hierbajos.
-No veo nada.
-Flor....
Así lo dijo. Sin un artículo que lo apoyara, sin una descripción que lo sustentara. Ahora ya la veía: era la flor más raquítica que había visto: muy debilucha y fea, con unos pétalos oscurecidos, aún no se había abierto siquiera. Y no pintaba bien que fuera a mejorar cuando lo hiciera. En cambio, a mi alrededor habían muchas hermosas flores abiertas, mucho más vistosas y grandes. Esas sí que valían la pena.
Yo tenía la manía de ser a esa edad muy bruto, sobretodo cuando no entendía algo, haciéndome el enterado para que se atisbara mi coherencia a la hora de formular argumentos:
-¡Bah, esa cosa es feísima! ¿No ves la cantidad de flores que hay en comparación? Yo que tú, hasta la arrancaba: está poniendo feo el paisaje.
De repente, su sonrisa se apagó. Una vela apagada. Me miró fijamente, con una pena que pesaba el alma. Y de sus ojos brotó sangre.
Lloraba y a su vez sus ojos comenzaron a condenar. Creo que la había ofendido. ¡Pobre de mí! ¡Esa tipa estaba loca!
La primera gota de sangre que cayó de sus ojos formó un fuego inflamable y sobrenatural. La hierba empezó a prender y a extenderse con una velocidad abismal. Sus ojos, totalmente blancos ahora, sin una pupila que definiera hacia qué miraba, seguían expulsando ese líquido mártir carmesí. Y cuando la cosa no podía ponerse peor, comenzó a girar sobre sí misma. Más rápido. Más rápido. Más. 
Mientras giraba, gotas de sangre eran expulsadas como si de un aspersor se tratara. Gota que tocaba, gota que incendiaba. Y el cielo, el cielo que era azul claro...se tiñó del color de las llamas.
 Los pájaros de los alrededores, en vez de huir, comenzaron en bandadas a formar un círculo a su alrededor envolviéndola en esta danza cíclica infernal. 
Ahora las lágrimas brotaban de mis ojos, saladas y transparentes.
-¿Por qué haces esto?- chillé asustado.
Entonces, paró en seco. Y las llamas pararon su movimiento en seco también, como si el tiempo se detuviera.
-Dijiste que la arrancara.
-La flor, no yo.
Ella ladeo la cabeza a modo de incomprensión. Todos los pájaros que había a su alrededor se posaron en los árboles cercanos y giraron también su cabeza, con sus picos dirigidos a mí. Cientos de pájaros juzgándome. Miré a la asquerosa flor. Esa maldita, fea, miserable... ¿Qué le estaba brotando del centro de ese raquítico capullo sin abrir? ¡Lágrimas! Lágrimas cristalinas. Hoy era un día de lloros. Esa tipa lloraba, yo lloraba, la flor lloraba....Sin embargo, y no sé por qué pude llegar a tal determinación, lo supe:
-Yo soy esa flor.

No sé si quiero volver a ese monte. No es por temor a volver a encontrarme a la mujer, ni por el fuego que quedó en el recuerdo de mis padres como un producto de mi desbordante imaginación infantil. Es la flor: Algo me impide volver para descubrir en qué se ha convertido una vez que se ha abierto. Si es que...si es que ha llegado a abrirse alguna vez.
Probablemente no me creas. Pero te diré una cosa: hubo un tiempo que el cielo era azul. No me mires así. Es verdad. Puede que tú recuerdes siempre el cielo de ese color anaranjado perpetuo. No te culpo: todos lo recuerdan así. Pero te puedo asegurar que hubo un tiempo en que era diferente. 
 

4 chispas coloridas:

CAPÉ; dijo...

Wow!

Dicho.
besos:)

Utah dijo...

Hubo un tiempo en que...

:-)

Mente Policromada dijo...

CAPÉ: jejeje ¡muchos besos! ^_^
Ultah: ;-)

Cristo dijo...

De lo mejor que he leído tuyo, sin duda.

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