sábado, 18 de agosto de 2012

El porqué

El grito desesperado de Janet sobresaltó a todo el local. La joven temblaba e histéricamente miraba hacia el suelo, agarrándose el pelo como si estuviera a punto de arrancárselo de un momento a otro. De pronto, salió corriendo a la calle, dónde no pudo aguantar más y vomitó de manera convulsiva en la acera.

Sus amigos hicieron un amago de ir apresuradamente hacia la puerta para  comprobar que le ocurría, pero Albert se adelantó:
-¿Estás bien?
Janet no contestó.
-¿Te encuentras bien?-insistió.
-No más preguntas.
-¿Disculpa?
-¡No más preguntas!
Janet se puso a llorar, no de forma escandalosa, sino con un ligero gemido, como cuando un gato ha sido abandonado de la camada y empieza a tener hambre.
-Juzgo. Lo juzgo todo. Las pocas cosas que deseo en seguida las pongo en duda. Ya no sé lo que me gusta y lo que no. No entiendo esos términos. No me preguntes si la última película que ví me gustó porque se me hace imposible. Estoy tan obsesionada intentando descomponer cada término para ver si lo entiendo y comprobando todo a ver si mi pensamiento es lo suficientemente lúcido como para poder analizarlo que algo como mis preferencias personales se quedan en un concepto vacío sin respuesta. Ya no siento. Sólo soy alguien en busca de formulaciones éticas.
-¿La ética tiene formulación?
-Tengo tanto miedo. Estoy cansada de intentar definir quién soy. Me siento incapaz dejarme llevar. Sólo puedo definirme como terrible.
-No eres terrible.
-¡No lo sabes! Estoy tan confundida que últimamente he hecho un  montón de cosas horribles por dejarme llevar. Digo lo que la gente creo que quiere que diga. Y no sé si están bien o mal. Veo los acontecimientos como meras escenas y estoy tan pendiente de comprender los detalles con comprobaciones que no soy capaz de sacar un juicio global al respecto. La simple idea de intentarlo hace que piense que no lo voy a lograr. Por lo tanto hace que últimamente mi vida sea de lo más caótica y que haga cosas contradictorias, generando una actitud que hace un par de años habría sido impensable para mí. Analizo cada detalle, por meramente automático que sea para muchos y siempre intento sentir lo que se supone que debería sentir en un momento determinado, generando una actitud robótica y artificiosa. Mi vida es pura tensión constante y de lo único que pienso cuando una emoción auténtica cruza mi mente, es de escapar.
-Pero...¿De qué tienes miedo?
-Hubo una época que creía en Dios. Hasta que llegó un momento que me costó seguir creyendo en él. Hubo una época en la que creía que mis padres y en general los adultos velaban por mí y que sabían más que yo, por lo que me relajé. Pero ahora soy adulta. Soy una adulta con una mente solitaria con un grupo de adultos solitarios y abandonados, que creen no obstante tener un sentimiento de colectividad ilusorio. Mi cerebro está solo. Si alguna vez le pasa algo, no podrán ayudarme. La interpretación de la realidad depende de mí en todo momento. Todo lo que es llamado "entendimiento" es mi mente. ¿Y si falla? ¿Quién va a ayudarme? Estoy sola. Nací sola. Moriré sola. Y sé que estoy mezclando otra vez "realidad" con "interpretación" siendo dos caras de la misma moneda, al hablar de un concepto tal como la soledad ¿Ves lo que te digo? Esto es una locura. A veces solo desearía que alguien me protegiera, que alguien me jurara que todo va a salir bien. No puedo soportar tanta alerta. Ya no puedo juzgarme más. Ya no puedo estar tan pendiente de la mente de los demás hacia mi persona. Estoy cansada de estar obsesionada con mi propio proceso metacognitivo. Estoy muy cansada, muy cansada...- Janet lloró esta vez más desesperadamente.
-Confía en mí.
Janet frenó en seco.
-¿Cómo?
-Confía en mí. No puedo prometerte grandes cosas. Pero solo te diré una cosa: Yo jamás te voy a juzgar.
-¡Todos juzgan, todos juzgan, todos juzgan!-Janet movía de un lado a otro la cabeza-tu interpretación de la realidad genera un procedimiento crítico. Por mucho que busques la objetividad, la objetividad no existe, salvo aquella que tiene una validación compuesta por un grupo grande de personas. Y tampoco sé si esto que estoy pensando es correcto, porque yo dudo de cada idea que cruza mi mente y...
-¡Eh, escúchame! Haré todo lo posible, todo lo que esté en mi mano para no juzgarte nunca.-Albert acercó su cara a la de ella y la miró penetrantemente a los ojos mientras agarraba sus hombros.
-¿Por...por qué harías eso?- a Janet le temblaba el mentón, conteniendo otro torrente de lágrimas próximo.
-Porque...porque te quiero.

viernes, 13 de julio de 2012

Disociación

Ayer se definió como agua y se justificó diciendo:
 No puedes contener agua en una reja, a menos que esta se hiele por completo.
 Hoy se da cuenta que enteramente no es agua y se pregunta:
 Si la parte líquida se separa de la sólida escurriéndose por los barrotes ¿la parte sólida acabará en su encierro transformándose el polvo?

Bisagra


Anoche estuve mirando la puerta del bar continuamente. Esperando que alguien se manifestara. Las posibilidades de que esto ocurriera eran prácticamente nulas, pero no perdí la esperanza ni un segundo. No era una persona en particular pero sabía que si esa presencia abría la puerta del bar, me daría cuenta, lo detectaría al vuelo.
Eché de menos ese ser que podría haber hecho la noche perfecta. Esa persona conocida que sin embargo me cuesta ponerle un rostro definido. Aquella que todos sabemos quién es pero que nadie recuerda el nombre ni el color de su voz. La misma que hizo que cada ondulación de mi pelo se definiera para romper con la jaula de angulosas esquinas. Y entonces... al salir vi mi reflejo de refilón en un vaso. Y lo entendí todo, aliviada.





domingo, 17 de junio de 2012

Admitir

Errores. Demasiados errores.
Me lo merezco. Esta grotesca ciudad holográfica es solo obra mía.
Ahora...tengo que empezar a reconstruir. Intentaré derrumbar el menor número de torres posible.

martes, 5 de junio de 2012

Rodeando el laberinto.


Jorge era un hombre ciego que vivía en un humilde barrio y que, como cada día, daba su paseo matinal. No obstante, la dirección de hoy era diferente a la de otros días: se había enterado, por su hermano mayor Matías, que había una mesa redonda sobre un tema muy interesante. No le había dicho que tema en concreto era. Pero aseguró que la temática era para gente muy intelectual y “conocedora de mundo”. Se mofó de Jorge, diciendo que una mente tan carente de miras (odioso el juego de palabras por cierto) sería incapaz de enterarse ni de una palabra de ese encuentro de opiniones.

Él sabía como llegar al Centro Cultural El Duque, pues se conocía cada posición de los setos y farolas de su entorno cercano y, con ayuda de su bastón y unas meras aproximaciones mentales, no tuvo dificultad alguna.
Una vez en la sala principal, intentó con el bastón buscar la 2ª puerta a la derecha. Había ya asistido un par de veces a ese centro, pero no se acordaba mucho y no le apetecía pegar un par de gritos para que alguien le diera las ceñas necesarias para situarse.

Sus cálculos no fueron los esperados: se tropezó con una mesa. Al tacto se dio cuenta de que encima de ella había algo: auriculares. Varios cascos auriculares inhalámbricos. De fondo podía oír unos murmullos. ¡Realmente no iba tan desencaminado! Simplemente se había desviado un poco hacia la izquierda. Volvió a tocar los aparatos. Curioseando cogió unos y se los puso en los oídos. Le pareció escuchar más claro y alto los murmullos que habían a través de la puerta. ¡Claro! Eran auriculares para no perder detalle de lo que se dijese en la mesa redonda. Cogió unos sin dudarlo.

Abrió la pesada doble puerta y se introdujo discretamente. No le fue difícil encontrar asiento próximo; posiblemente muchos hubiesen preferido ver en un plano más cercano a los asistentes, pero para él eso no era un problema. Le sorprendió que varias personas estaban hablando a la vez. Era difícil de entender. De repente, uno de los presentes levantó la voz por encima del resto:

-¡Voy a decir cosas rimbombantes! ¡Voy a emplear palabras raras que hagan al público enmudecer! Escuchadme, escuchadme. ¡Existo! ¡Existo, miradme, miradme!

Después, su voz se perdió entre la suciedad auditiva permanente.

Jorge frunció el ceño ¿Qué se supone que era todo esto? La voz de una señora fue la que ahora se hizo oír:

-Levanto la cabeza, asiento lentamente mientras escudriño la mirada para darme una porte de entendimiento. Así, así, muy bien. Que parezca que lo estoy escuchando. Me toco el pelo sensualmente para ver si le distraigo un poco. Pestañeo doble por mi parte...¡ajá! Veo reacción en su cara.-la voz de la mujer fue bajando en intensidad hasta perderse entre las demás voces de nuevo.

Jorge no salía de su asombro. Pero estaba deseoso de oír la siguiente voz por encima del resto, cosa que no tardó mucho en presenciar:

-Tengo razón. ¡Vaya que si la tengo! Joder, esto es la puta realidad. La gente es una inconsciente ¿Cómo no se puede dar cuenta de esto? Me dan unas ganas de prenderle fuego a todos esos idiotas que se atreven a llevarme la contraria. ¡Inconscientes, que lo son! A Dios doy gracias por otorgarme esta lucidez que me caracteriza.

El ciego se rascó la cabeza. Pero a su vez sintió un poco de orgullo y amor propio al estar entendiendo lo que se decía. ¿O quizás tenia otro sentido oculto, metafórico o en clave? Puede que las jergas bohemias habían llegado a unos límites de pura incomprensión para él. Siguió prestando atención:

-Tengo miedo a errar con lo que pienso. ¿Cómo debería responder? ¿Y si me vuelvo tonto de golpe? Tengo que demostrarme a mí mismo que mi mente funciona con cordura. Pero, Dios, es tan agobiante esto. Debería centrarme en lo que estoy hablando y no en el proceso de lo que debo pensar para poder hablar. No lo soporto. Me siento tan solo, tan bicho raro. ¿Y si me centrara en ese pensamiento de sentirme bicho raro para una conversación posterior que me hiciese sentirme más acorde mente-palabras? Pero claro, esto que acabo de pensar es un pensamiento que ha tenido un proceso de...¡¡Aaaaaah, por Dios!!

Ahora estaba claro que eso no era una mesa redonda sino una obra de teatro. Tenía que serlo. Pero no había nexo entre los participantes. Parecía como si no se escucharan entre ellos. ¡Qué poca delicadeza! Otra voz sobresalió:

-¿Cómo era esa canción que oí en la radio al venir? Esto...¡Sí, coño! Que lo tenía en la punta de la lengua. Joder, con el plasta ese hablando ahora no me acuerdo. Era algo así como “sorry but I love you, baby...”¡Diablos, no no era así! ¿Por qué la mayoría de las canciones ochenteras y noventeras tienen un “baby” de por medio?

A pesar de lo entendible, el desorden era evidente y el caos interpersonal empezaba a atosigarle. Jorge desisitió de seguir allí y salió de la sala como pudo. Se quitó los cascos y los depositó en la zona dónde estaba situada la mesa. Notó un golpe secó. Tanteó. Había botado los cascos al suelo: la mesa ya no estaba. Volvió a tantear para reencontrar los auriculares. Los cascos...tampoco se encontraban ya.




miércoles, 30 de mayo de 2012

Ventana en noche cerrada

El problema no consiste en que yo mire amaneceres y la otra persona atardeceres. El problema es que no le interese y rechace el Sol.

domingo, 1 de abril de 2012

Difracción


Cuando tenía 10 años, me perdí en el monte ese que puedes divisar desde la azotea de tu casa, el de los pinares secos. Recuerdo que corrí entre los árboles por mero aburrimiento y cuando me di la vuelta, ya no veía a mis padres y tampoco recordaba el camino de regreso. Por no ver, no veía ni el sendero por el que se supone que tendrían que pisar mis pies. En vez de quedarme quieto y esperar a que me encontraran, seguí caminando lo que se supone que había caminado, con la esperanza de ver algo conocido. A pesar de que la situación podía ser algo tensa, yo extrañamente permanecía muy tranquilo.

Después de estar perdido durante un par de horas, encontré a una joven que contemplaba algo entre la hierba. Ella era pálida como la nieve y el Sol se reflejaba en su piel de manera que parecía que tenía luz propia. Permanecía agachada, como ausente. Sin esperármelo, de pronto se levanta y me mira, con sus ojos azules como el hielo y una sonrisa tan cálida como esa melodía de piano que suena cada mañana desde la casa de tus vecinos.
-¿No es maravillosa?
-¿El qué?
Señaló entre la maleza. Había un montón de hierbajos.
-No veo nada.
-Flor....
Así lo dijo. Sin un artículo que lo apoyara, sin una descripción que lo sustentara. Ahora ya la veía: era la flor más raquítica que había visto: muy debilucha y fea, con unos pétalos oscurecidos, aún no se había abierto siquiera. Y no pintaba bien que fuera a mejorar cuando lo hiciera. En cambio, a mi alrededor habían muchas hermosas flores abiertas, mucho más vistosas y grandes. Esas sí que valían la pena.
Yo tenía la manía de ser a esa edad muy bruto, sobretodo cuando no entendía algo, haciéndome el enterado para que se atisbara mi coherencia a la hora de formular argumentos:
-¡Bah, esa cosa es feísima! ¿No ves la cantidad de flores que hay en comparación? Yo que tú, hasta la arrancaba: está poniendo feo el paisaje.
De repente, su sonrisa se apagó. Una vela apagada. Me miró fijamente, con una pena que pesaba el alma. Y de sus ojos brotó sangre.
Lloraba y a su vez sus ojos comenzaron a condenar. Creo que la había ofendido. ¡Pobre de mí! ¡Esa tipa estaba loca!
La primera gota de sangre que cayó de sus ojos formó un fuego inflamable y sobrenatural. La hierba empezó a prender y a extenderse con una velocidad abismal. Sus ojos, totalmente blancos ahora, sin una pupila que definiera hacia qué miraba, seguían expulsando ese líquido mártir carmesí. Y cuando la cosa no podía ponerse peor, comenzó a girar sobre sí misma. Más rápido. Más rápido. Más. 
Mientras giraba, gotas de sangre eran expulsadas como si de un aspersor se tratara. Gota que tocaba, gota que incendiaba. Y el cielo, el cielo que era azul claro...se tiñó del color de las llamas.
 Los pájaros de los alrededores, en vez de huir, comenzaron en bandadas a formar un círculo a su alrededor envolviéndola en esta danza cíclica infernal. 
Ahora las lágrimas brotaban de mis ojos, saladas y transparentes.
-¿Por qué haces esto?- chillé asustado.
Entonces, paró en seco. Y las llamas pararon su movimiento en seco también, como si el tiempo se detuviera.
-Dijiste que la arrancara.
-La flor, no yo.
Ella ladeo la cabeza a modo de incomprensión. Todos los pájaros que había a su alrededor se posaron en los árboles cercanos y giraron también su cabeza, con sus picos dirigidos a mí. Cientos de pájaros juzgándome. Miré a la asquerosa flor. Esa maldita, fea, miserable... ¿Qué le estaba brotando del centro de ese raquítico capullo sin abrir? ¡Lágrimas! Lágrimas cristalinas. Hoy era un día de lloros. Esa tipa lloraba, yo lloraba, la flor lloraba....Sin embargo, y no sé por qué pude llegar a tal determinación, lo supe:
-Yo soy esa flor.

No sé si quiero volver a ese monte. No es por temor a volver a encontrarme a la mujer, ni por el fuego que quedó en el recuerdo de mis padres como un producto de mi desbordante imaginación infantil. Es la flor: Algo me impide volver para descubrir en qué se ha convertido una vez que se ha abierto. Si es que...si es que ha llegado a abrirse alguna vez.
Probablemente no me creas. Pero te diré una cosa: hubo un tiempo que el cielo era azul. No me mires así. Es verdad. Puede que tú recuerdes siempre el cielo de ese color anaranjado perpetuo. No te culpo: todos lo recuerdan así. Pero te puedo asegurar que hubo un tiempo en que era diferente.